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altiva y proporcionada, y cl cutis de su cuello, finísimo. Podía decirse que era de terciopelo al cuello de la americana. Madame Taft hubiera sido feliz á no tener un antiguo padecimiento del estómago que l: i obligaba a sufrir agudos dolores de vez en cuando. Esta enlermedad dábala aspecto huraño. Pero fuera de eso v de sus excentricidades, la yanqui, al presentarse sola, como siempre lo hacía, en cualquier salón, causaba un movimiento de curiosidad. Madame Taft era una de las invitadas al baile de la límbaiada de X. Iic- Pcry- Gut lo sabía y preparaba su plan. También preparaba su camisa almidonada, que por cierto le hacía bastantes arrugas. ¡Había que ver á Nicanor de etiqueta! III Los salones de la Embajada de X estaban brillantísimos. Lo más chic y distinguido del mundo diplomático se había dado cita en aquellos recintos. Nic- Perj -Gut pascaba como uno de tantos sportmans, tirándose á cada paso de las mangas del frac. A los pocos momentos, la embajadora de X reconoció al distinguido policía y preguntóle: ¿Qué decís de mis invitados, querido Pery... -Pues que hay cada gachí que quita el hipo- -repuso Pérez con exquisita galantería. Nadie podía, dadas las maneras y el lenguaje de nuestro detective sospechar de él. Parecía un embajador más en aquel aristocrático laberinto Precisamente esta confusión era aprovechada por Pérez para vigilar desde su observatorio. Sus miradas inquisitivas no se apartaban de madame Taft, que aquella noche lucía un magnífico aderezo. En varias ocasiones, elegantes caballeros vestidos de frac se habían aproximado á la yanqui. Nicanor iba tañando á aquellos socios y fijándose en ellos uno por uno. Cuando ya la fiesta tocaba á su término, pudo Pérez deslizarse hasta las proximidades de la norteamericana, á quien en voz baja hablaba un joven que á Nic le pareció uno de los de la aristocrática banda de ladrones de frac. Esta cuadrilla no le era á Pérez muy conocida. Había sí oído liablar de ella, pero lo único que sabía era que uno de los que la componían se dedicaba á robar por el tirón encajes finísimos y puntillas de g -an valor. Nicanor sospechó si aquel joven sería el tal puntillero de la cuadrilla, y se acercó al grupo. La ambición de Pérez era sorprender á los ladrones en el momento de meter mano á las joyas le madame Taft, objeto indudable del golpe de aquella noche. Nic tan sólo nudo sorprender un trozo de conversación. -Estoy mal, me retiro- -decía la americana. -Pero, ¿os duele mucho? -objetaba el joven algo preocupado. A Nic le pareció observar que el sujeto en cuestión hacía señas á otros tres ó cuatro caballeros que en el salón se encontraban. La cosa iba poniéndose seria. Las joyas de madame Taft brillaban con brillo deslumbrador. El jovencito no se apartaba de ella. De vez en cuando miraba hacia el grueso collar que pendía del cuello de la yanqui. Con pretexto de tomarla el pulso, había poco antes el citado caballero acariciado la gruesa pulsera que madame Taft llevaba en la muñeca. La j anqui dio unos pasos hacia la puerta... De pronto exhaló un grito y caj ó al suelo fuertemente empujada por la avalancha de invitados que en busca de la salida se dirigían. ¡Me muero! -exclamó con triste acento- ¿Y mis perlas... ¿Dónde están mis perlas... Pronunciadas estas palabras, perdió el sentido. Nic- Pery- Gut no quiso oír más, y sacando un revólver del bolsillo, empuñóle con presteza y gritó, dirigiéndose al grupo de invitados: -i Todo el nnuido quieto... A 1 que se mueva lo abraso... I a estupefacción de los concurrentes fué enorme. Las señoras caían desmayadas, los diplomáticos i rotcstaban y madame Taft seguía en el stielo sin volver en sí. -Que se lleven á esta señora á la casa de socorro- -dijo por fin Nicanor. Dcs ués (lió dos silbidos. Y su gente, ia gente c uc tenía ai) ostada (y casi perdida) en la calle, subió á toda prisa. Los esbirros empezaron á atar caballeros y á encerrarlos en el despacho lel embajador. Las protestas eran terribles. Todos amenazaban á Nic con reclamaciones internacionales. -Tengo C ne cachearos- -decía Pérez sin hacerles caso. -Las j) erlas de madame Taft han de i areccr esta misma noche. ¡Ya os arreglaré yo, bandidos I Por fin, el cacheo se verificó sin éxito alg; uno. Pérez empezal) a á palidecer. I as frases uc los diplomáticos le dirigían no eran ciertamente muy diplomáticas. Sin embargo, Nicanor rccordü. ba rpie en los relatos de las aventuras de otros detectives, jamás habían éstos sido vencidos. Aun ue la realidad se pusiese en apariencia contra ellos, el ti iunfo era suyo si sabían resistir. Aleccionado ix; estas lecturas, Nic- Pcry no se (lió por vencido y encerrando á los detenidos en el despacho en que se liallaban, llevóse la llave consigo y aconr ¡aña (lo de un hombre de su confianza dirigióse á escape á la casa de socorro, IV Cuando Nicanor llegó al ¡gabinete clínico, la americana era ya una americana vuelta... en sí. Yarios practicantes la rodeaban. Nic se acercó ansioso, y di jola en seguida: -Vuestras perlas no han arecido hasta ahora, iero no tardarán en estar en mi poder. ¿Queréis decirme cuántas eran... ¿Mis i) erlas... ¡Ah, sí... I l cro ya no merece la ena de ue usted se moleste. Estoy mucho mejor. Al caer desvanecida por este maldito dolor de estómago, pregunté instintivamente or mis perlas, ñor mis buenas perlas de éter, que siempre llevo conmigo y que me sientan á maravilla, mas sin duda me vi rivada de sentido antes de poder sacarlas de mi bolsita y liacer uso de ellas. Ahí deben estar, pero ya afortunadamente me son inútiles. Sin embargo, os diré que eran cinco, ya ue queréis saber su número. Nicanor no pudo responder palabra. Para no caer redondo tuvo que apoyarse sobre la mesa de operaciones del benéfico establecimiento. Su hombre de confi- anza le esperaba en la habitación inmediata, á pie firme y debajo de un irrigador que del r nro pendía. Pérez vio acabada su carrera. Los diplomáticos le encarcelarían i) ara toda la vida. ¡Y pensar que los tenía encerrados bajo llave... No obstante, nuestro policía recobró su sangre fría. Nic dio un triste silbido y su hombre apareció a! punto. Reservadamente le entregó la llave y dióle la orden de poner en libertad á los presos. -Acaso me valga esto una gratificación- -dijo el sabueso á su jefe- -No te quei) a duda- -contestó Nic. -En cuanto abras la puerta del despacho y salgan los detenidos, ten la seguridad de que te darán lo tuyo. Y dichas estas palabras, Nicanor corrió á su casa con ánimo de quitarse el frac v de esconderse debajo de la cama... Por el detective, LUIS DE T A P I A