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FjLiei JK E M LOS T espués de la llanura pampeana, solitaria como un desierto, llana como el mar, el campo de Mendoza surge á la mirada del viajero revestido de la variedad j los contrastes que caracterizan á los paisajes ancianos. Acababa yo de cruzar la Pampa, huyendo del ruido de Buenos Aires, y apenas despertado del sueño, corrí á mirar por un cristal de la portezuela... Amanecía. Las lozanas vides se extendían en rayas paralelas y uniformes dentro de un cuadrilátero de chopos jóvenes y apretados. Corría el agua espesa y roja de las acequias, llevando el vigor á los sembrados. Mecíanse las campanillas blancas en los ribazos y las mariposas venían á volar sobre ellas, con su vuelo tembloroso é infantil. Tras el fondo obscuro de las primeras montañas, los picos nevados surgían á lo lejos en un cielo purísimo y transparente. E r a una mañana vibrante, gloriosa, divina. Bruscamente, el tren se metió por la boca de una barrancada con un violento impulso de coraje. Comenzaba la parte difícil de la carrera. Montañas á un lado, montañas al otro lado, y en el fondo el río de agua turbia y revuelta. La vegetación había huido completamente sólo algunos matojos querían escalar las vertientes de las montañas, y á la mitad del camino se detenían: allá arriba, en las cumbres, únicamente reinaba la soledad de los peñascos, la bravura de las torrenteras largas, profundas, terribles y trágicas como las cicatrices de un monstruo. Y en todo alrededor, silencio, soledad, vacío. Ni casas, ni sembrados, ni gente humana, ni siquiera pájaros. la vida se retiraba de aquella naturaleza trágica, de aquel tremendo conciliábulo de titanes mal avenidos. Tenían las montañas un mismo color cobrizo; todas eran igualmente rocosas y áridas. Producía aquel paisaje una sensación de rara angustia; el inimo se figuraba entrar en un campo de batalla después que la- pelea- ha terminado. Pero los combaííentes eran montañas inmensas, altísimas, numerosas; era un ejército colosal que había quedado muerto enteramente, inmóvil, petrificado. Subía el tren jadeando por el barranco arrilia, y cada vez se empinaban más los montes y hacíase más desolado el paisaje. ¿E n qué momento apocalíptico de las remotas edades ocurrió el pasmoso cataclismo que dio vuelta y forma á estas montañas? Desde entonces están r. brasánclose al sol ó helándose bajo la nieve. Un castigo sobrenatural condenó á estas montañas desde su nacimiento; están muertas desde su principio. No han venido á regocijarlas. los pájaros cantarines, las bulliciosas flores, los húmedos y tranciuilos árboles. El fuego interno las ha sacudido con- JLMIDE: S tinuamente en contorsiones epilépticas. No han tenido otra vida ue la volcánica. De tiempo en tiempo, las cumbres- se han abierto desesperadas, y entre un estrépito de temblores subterráneos, los volcanes han lanzado sus bocanadas de fuego. Sólo han venido á volar sobre sus crestas los cóndores, de vuelo lento y siniestro; naturaleza siniestra, naturaleza trágica; gigantescos Andes, malditos por un dios implacable desde el instante q? e sus cimas horadaron las nubes... Con un poderoso empuje, el tren remontó la última cuesta y se detuvo en seco. Estábamos en el punto que llaman el Puente del Inca, á 2.600 metros sobre el nivel del mar. Llegaba del puente una recia ráfaga de viento, y como llegaba encañonada en la angostura de la barrancada, su soplo era de una violencia muy grande y de una frialdad que atería las pobres carnes pecadoras. Pero como no encontraba ni árboles ni hierbas en que detenerse á gemir, pasaba el soplo del viento completamente silencioso. Ni el consuelo de oír gemir al viento restaba en aquel lugar desolado. Silencio, desolación, muerte. Ningún ser animado se atrevía á luchar con la naturaleza hostil de las alturas. El tren había embarrancado; los empleados, terminada su misión diurna, se amparaban en los barracones; los viajeros buscaban el abrigo de la fonda. Nadie bullía por el contorno. Y el viento, como un tácito mensajero que trae mucha prisa, bajaba de las cumbres, por el barranco abajo, hacia la llanura. Salí á la explanada y allí estuve de pie mucho tiempo. Sentía una agridulce impresión de terror y de entusiasmo ante ac uel espectáculo de muerte que el crepúsculo embellecía con una belleza extraña. De las cumbres rodaban una especie de glaciares, en que los pedruscos diminutos hacían las veces del hielo; eran unas extensas laderas, planas como un paredón perfectamente acabado. Las crestas ofrecían toda la variedad del amarillo, desde el ocre intenso hasta el amarillo tierno de los prados recientemente segados. Algunas cumbres semejaban ser de cobre pulido. La nieve blanqueaba en algunos picos ó descendía por las torrenteras hasta detenerse próxima al barranco. -Y moría la tarde. En el silencio y la desolación del lugar, la luz del sol muriente restaba mi vivo encanto á las montañas más altas, que se sonrojaban al par de las ligeras nubes. El valle, entre tanto, se cubría de vaga penumbra. Nunca recuerdo haber sentido una impresión tan grande de silencio, frío y muerte. Creía desvariar, y me figuraba vivir en un astro muerto. Pensé con terror en la posibilidad de que mi persona se hubiera transportado más allá (le la muerte y del sepulcro y que acababa de lleg ar á la resrión de donde nunca más se vuelve... JOSÉ M S A L A V E R R I A