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V r i. o N o acababa de decir esto, cuando el Fucnclara, cogido por la primera ola, hundió su bajamar rofimdamente, levantándose luego. U n grito hendió los aires y vióse de pronto virar al lanchón yéndose contra los cantiles. ¿Qvíé es eso? -gruñó Muérdago fijando sus remos en los estrovos y forzando mucho p a r a acercarse cuanto antes. El iloto remaba con creciente ardor. El lanchón enderezó nuevamente el rumbo y se ciñó al viento, dando entonces una virada espantosa que estuvo á punto de tumbarle. Arreció el vocerío. ¡Rayos, tío Muérdago, ya ve usted si tenía razón I ¡E n t r e esa gente no hay quien sepa maniobrar y están en la boca del ü u e r t o -P e r o no hay peligro. -i P a r a ellos sí! Fuerza de remos! E n aquel instante toda la tripulación gritaba asomándose dcsesi eradamente á las bordas. ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Ah del bote! ¡Que escoramos! -i Que viene la galerna! -gritaba el duque poseído del más vivo espanto. ¡Quietos, señores! -ordenó Muérdago con burlona voz. -i E s que no podemos! Que nos vamos á pic ue! ¡Acuérdese del maelstrom, señor ducjue, y largúenos un cabo si p u e d e N o un cabo, sino mi rollo de cal: les cayó j u n to al bote, y Muérdago y el i iloto consiguieron hacer virar por completo al Fuenclara en medio de la tranquilidad de la ría. ¿E h? ¿Q u é le parece el patrón, tío Muérdago? -decía el piloto. Sabe de m a r? El botccillo atracó al buque y ambas embarcaciones navegaron de conserva. ¿H a visto usted, señor Muérdago? -exclamó el duque con terrible nerviosidad. ¿Pía visto usted, señor piloto, qué mala suerte? ¿Cómo se ha j) uesto el mar? -P e r o señor, si está encalmado como ima boya! -E s o lo creen ustedes porque no han salido tanto como nosotros... -L o siento por los pobres- -exclamó Iuérdago con sorna, -de esta vez se cjuedan sin pesca... -N o no lo crean ustedes- -balbució el duque -quédense con la lancha y con el aparejo 3 con todo, pues n o faltaba más 1 De irsted es la lancha y ellos tendrán su pesca. -P u e d e que ahora sí- -respondió el tío Muérdago. Aquella misma noche cl duque de Sucndes cxi) edía el telefonema siguiente: Carlos P uiz Pontes de Soto Ruiz de Grijalba ATartínez de Cisneros GcMnez Parleta. Madrid. ¡Chico, peligro inmenso á. la altura de Suéneles! Buque tocó bajo hundiéndose de p r o a Mcdarda, Valluecas, unos héroes. Yo, ideal. Salvónos mi presencia ánimo. Aluevc periódicos. AmaJarico. Así llegó á ser automovilista, aeronauta, lidiador de toros y marino ac uel gran ducpae de Gerolsteim. LEOPOLDO L Ó P E Z DE SAA. RVP- DAÑO U Oc T p