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-Viniendo de tierra adentro- -decía el piloto- -no se ptiede ser atrón de barca, tío Muérdago, auu ue rae lo jm cn por la mismísima Viriren de los Roblcdíücs. -Así lo ensé y o pero vete á la casa de Rodenas y verás ante la portalada, en el di ue seco, una lancha es ucra ue están carenando, y dimc si entre el humo de las calderadas de aUjuitrán no iiarece con toda su jarcia un bcrg- antí: i en miniatura, -Con ue el i úlpito tenga paño y el cura no sepa decir el sermón... -Quien hace un butiue sabe ponerlo al rumbo. Alaliciosillo eres. -Razones tengo. -i Y tú qué sabes de él? ¿P e r o no le ha visto? ¿Tiene el hombre trazas de haber pisado el puente de un buque? Salones de sucio charolado no digo que no, 3 cro de eso á tm panel hay distancia. Va á llegar el (kuiue 1- -dijéronme- -y vi que el palacio de Suéneles, cerrado á piedra y lodo, se abría á la luz y que se buscaban en C a n b a l e s las mozas más garridas para doncellas, y alegráronse las cuadras con los relinchos de los caballos y arribaron los automóviles atontándonos con sus flatitines, semejantes al canto de un pavo real, y vinieron al fin el du uc y la dutiucsa; y el señor F avana se iniso el sombrero de copa, y salió la charanga y liiibü cohetes y se dijo que en la otoñada veríamos regatas de balandros, y en Septiembre vinieron señoriticos que se calaron tmas medias muy gordas sobre unas piernecillas muy flacas y unas blusas en el sitio en uc debían tener el pecho y tinas gorras de color bastardo... ¿y cjué hubo? Pues c ue los mozos de aquí se metieron en los balandros y corrieron bordadas y ellos se marcharon tan ternes hablando de la copa; allá se las entiendan! lluego salimos con que el señor duc ue, que había lidiado becerros y ha sido i elotari un mes y dos semanas automovilista, se hace patrón de lancha, como un deporte más. A eso no me resigno, tío Muérdago, que la mar es muy seria y hay que tratarla con respeto. Tierra allá, que se desboquen y corran y vuelen por los aires como murcícíagos, pero al llegar á la co. sta, ciuc se santigüen y nos dejen á nosotros los hombres de mar con el agua bravia en la lucha de siempre, ¿Y á ti qné te importa? ¿Tienes coto allá dentro? -i Tío M u é r d a g o -Metete en lo tuyo, que cada santo tiene su hueco en él almana iic, y mientras no te; hurguen no digas tú por ué. Esa lancha es la más marinera de Cambrales y ese duque sabe de la mar ta, nto como tú, y hago punto que cabalmente acjiíí llega y le podrás echar al jiaso tu triunfo. Tío Muérdago y el piloto se sc araron para dejar un trecho al duque, porriuc no ignoraban que el que manda ó brilla debe pasar por en medio. El aristócrata era hombre joven, de regular estatura y cara de pez, signo de especial distinción. Elevaba chaqueta y pañolillo al cuello y una boina pequeña que parecía recién caída, por casualidad, sobre aciuel cráneo de pingüino, Al ver á los hombres de m a r levantó la cabeza y aventó el aire, mientras exclamaba con aire de suficiencia: -i Buenas tardes, señores i ¡Felices, señor duque! -respondió el ío Muérdago apretando el tabaco en su pipa, -líl tiempo se malea y esta noche tendremos mar dura, ¿no le parece á usted, piloto? -Si el señor duque lo i) ermitc le diré que esto no es viento, sino brisa, y no empuja al agua, sino (jue la roza. Puede ser- -añadió mirando al tío Muérdago iue le guiñaba el ojo- (lUc esto cambie y haya galerna. -Sí, ¡me lo temo, me lo temo! -añadió el aristócrata dilatando sus ojos apagados y grises bajo el ciclo azul. ¿Pía navegado mucho vuecencia? -preguntó el piloto con cierta achniración, viendo al duque sscoger dos excelentes upjiian para regalar uno á i Iuérdago y otro á él. -i tie si he navegado! Muérdago, que no sabía nada, miró al piloto como diciéndole: ¡M u c h í s i m o! -l i e tenido un yath- -prosiguió el du ue -he recorrido los mares del globo; he naufragado en las costas de Argelia; he pasado junto al Taelstrom de I- offoden; me ha cogido una tromba en el Indico. El piloto lanzó un i ah! uc era un ¡yo i) e ué! -Y ahora- -preguntó Muérdago, ¿cuándo se hace vuecencia á la m a r? E n cuanto mi bu uc esté listo y vengan á Cambrales mis amigos de M a d r i d hemos le echar buenas redadas, ¡x- ro todo para los pobres, no se le olvide á usted decírselo. ¡Dios le pague á vuecencia la buena intención! El piloto, confuso, tecleó con los labios una alabra c uc no ¡nido salir. Al clía siguiente, al caer el sol, viéronse llegar al palacio de Suendes rayas azules, verdes y encarnadas y ruedas que pasaban como abanicos de oro y hombres y mujeres ue il) an en lo alto grit a n d o ¡All rifjht! ¡Forívad! l ran los niaild coch y los autos de los amigos de Madrid, Ea partida estaba próxima. El m a r durmió sosegadamente aquella noche y el piloto dijo para s í ¡A t e usted cabos con el v i e n t o! El F uenclara se hizo á la mar. Su tri ulación se componía del marqucsito de La Uente, célebre por la selección qtic había hecho en sus puneys; el conde de Medarda, campeém del brid e: César 01i m ia, mtiy conocido en el mundo de los deportes Valluccas Sa: itíbar; el de los O r e j o n e s Valbalaopcra y el conde polaco Donwestn. Todos llevaban calzón, medias de estambre y zapatos bajos de ciclista. No había señoras, César Olimpia iba al timón. El duque pensaba en Nclson. Valluccas y el conde de Aledarda bebían zvisky á imitación de los marinos ingleses, 0 h! ¿Q u é pensarían de su arrojo las ilustres damas que habían dejado en el muelle, hablando de Tosca y de la aplicac- ón de las pieles de marta para los abrigos de invierno? El peque: o buque marchaba destrenzando el agua, apenas movida, sin balanceo alguno. E n un bote cjuc iba á la zaga. Muérdago, Ci cogido sobre su pipa, decía al piloto ¡Ya no. c echa sus primeras bocanadas el m a r 1 ¡El baile ciapieza!