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i- ímQ REVISTA ILUSTRADA W EXv F J L T í l Ó r í D ccordaréis eada uno en vuestra historia, ílos ó tres tardes de esas de crepúsculo largo en que el sol, bruñendo la tierra al despedirse, parece enipcfiarse en dar i las cosas inanimadas un trazo de vida intensláimo haciéndolas brillar mucho en muy poco ticmj o. A lo lejos se vbia Cambralcs como un manchón Manco al principio i! e la sierra de ocre; á la derecha, en un salto Ie color prodigioso, veíase la isla con sus tonos varios de verde y blanco, el de los jardines y el de sus tapiales; más allá el camino bordeado de olmos, y después, las nubes con color de incendio que iban perdiéndose en una gradación difusa, En la ría, tonos rosaílos y agrupaciones de ovas, como manchones de un verde grasicnto que, rotos por la brisa, iban á tenderse en la plava amarilla, sobre la que se destacaban los tonos vivos de las ropas de los pescadores puestas á secar, ó los de los vestidos de las mujeres que acechaban! a retirada de la marea para llenar sus capachos de moluscos y conchas y por úUímo, el mar inmenso donde podía esparcirse la vista sín detenerse en los estrechos linii- ÍS de un paisaje. Siguiendo las sinuosidades di abra, iban hacía el muelle, en animada conver ion, el tío Muérdago, de brillante hiíitoria en ia mar, y el piloto del puerto, hombre todo ma a, con rostro ale zaUo y sanchcsco y piernas cortas y dura? como las rocas de ba- alto que se veían desde allí. El piloto, buen gallego, hablaba de prisa y con mucha vivacidad en los ojos; el marinero, hombre escarmentado, tenia calma hasta para m i r a r prefería dar largos chupetones á su pipa de Dover,