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ilesa; una especie de garrotín escocés con vistas de hilo. Cuando todos estos sucesos se desarrollaban, el tranvía llegaba á la altura de la calle de Jardines. Eran las nueve de la noche. Faltaban aún dos horas para, que el vehículo llegase á lo alto de la calle de la Montera. Nic no se apuraba, pues sabía que esto sucedía en tal calle con harta frecuencia. Camarón, lesdc el extremo opuesto de la plataforma, no quitaba ojo del detective ni quitaba el más mínimo portamonedas. Cuando el cobrador se acercó al tunante, éste sacó 20 céntimos del bolsillo y se los entregó diciendo -I- or el señor y por mí- -añadiendo luego por lo bajo de modo que sólo Nic lo escuchase. -Quiero convidarte, crro policía. Y aun te haré otra convidada en cuanto pueda. Pery sonrió desdeñoso y dejóse pagar el recorrido. Xicanor tenía esta buena costumbre de dejarse invitar. Era un Gorón en toda regla. Y hasta podía añadírsele una erre al nombre (leí policía francés para mejor adaptación á nuestro vivo detective. La noche, á to lo esto, había cerrado. El tranvíji deslizábase lento por las obscuras calles de Chamberí. En la plataforma quedaron solos el ladrón y el policía. Dentro del coche il) an dos hombres. Uno de ellos, era el hombre de confianza de Nic. El otro no era de confianza. Era de cumplido. Pasado el fielato, detúvose el carruaje. Camarón dio nn salto de tigre y alejóse diez y siete metros justos del detective. Este encendió otro cigarrillo, y dando un silbido vióse rodeado de su gente. (Su gente era aquel hombre que á todas partes le acompañaba, con objeto de sostener el diálogo en caso apurado. -Es preciso- -dijo Nic- -que sigamos á ese canalla. Nada bueno puede venir á hacer por estos barrios extremos. Nuestro detective y su acompañante pusiéronse en camino. Camarón se deslizaba como un reptil entre las sombras de la noche. De vez en cuando volvía la cara, como un novillero que entra á matar, con objeto de enterarse por sí mismo de qtie nadie le perseguía. Pery y su fiel sabueso seguíanle á distancia sin ser vistos. Pegados al suelo, se arrastraban por la tierra como serpientes. Nic, mientras se arrastraba, quiso encender tin cigarrillo, pero lo incómodo de la postura y el habérsele acabado el tabaco, se lo impidieron. Camarón, creyéndose libre de toda mirada, llegóse á la puerta de una miserable casucha, y después de permanecer indeciso unos segundos, dio dos golpes con una llave, tres palmadas, dos bastonazos y un silbido, que eran, por lo visto, la señal convenida. Mientras dicha señal era verificada por el misterioso personaje, Nic- Pery- Gut tuvo tiempo de colocarse á 50 ca distancia de Camarón. La puerta de la casucha no se abría y el criminal tuvo de nuevo que repetir las palmadas, los golpes, los bastonazos y el silbido. Los momentos eran solemnes. De pronto... la puerta giró sobre sus goznes, dejando apenas hueco por donde un hombre pudiera entrar. Camarón colóse rápidamente, no sin que Nic pudiera presenciar una cosa terrible. La puerta había sido abierta por una mano ensangrentada. Cuando la puerta húbose cerrado, Pery corrió hacia ella y aún pudo ver impresos en sangre los trazos fatídicos de los cuatro dedos que habían dado el portazo. Aquella huella sangrienta annnó á nuestro bravo detective y desanimó bastante á su hombre de confianza. -Rodeemos el edificio- -dijo Nic en voz baja. Y los dos hombres pusiéronse á dar vueltas con rapidez en torno de la casucha. -No hay que darle vueltas- -exclamó el agente. -Aquí hay una pequeila abertura en esta tabla, por DIBUJOS DE SANCH donde podemos ver lo ue en el interior sucede... Al intentar acercarse Nic, un quejido desgarrador escapóse de lo hondo del cobertizo, indudablemente, acababan de matar á alguien entre aquellos siniestros muros. Mr. f ery encendió un cigarrillo que le dio su secuaz y, valientemente, se ajiroximó á la abierta rendija. L. n hombre de menos tcm Ic que Nicanor hubiese caído atontado ante el espectáculo que se ofreció á sus ojos. lín el inmundo chamizo, débilmente iluminado por una linterna. Camarón y otros dos homljres de mala catadura inclinábanse sobre im abierto y ensangrentado cofre. -Ahora las tri as- -decía Camarón á uno de sus compañeros. Y el aludido llegaba con tm lío de quince metros de intestinos y los de Osítaba en el cofre. ¿ILibéis metido ya el corazón y los ríñones? -volvió á preguntar el sombrío personaje. -Todo está ya dentro- -contestaron los otros dos. -Piste ya tiene lo suyo. I e está bien empleado por cochino... Los tres hombres siguieron hablando fuerte y sin miedo á ser oídos, pues de aquella escena tan sólo era te itigo la linterna, y la linterna era sorda. No contaron los criminales con que Nic escuchaba desde fuera. El bravo detective, radiante de- satisfacción, por aquel descubrimiento macabro, encendió un cigarrillo y esperó tranquilo oculto detrás de un montón de basura de los que abundan por aquella barriada. A. los pocos momentos, el fúnebre convoy abandonó la casucha. Camarón llevaba á cuestas el cofre ensangrentado. Los dos criminales seguían á distancia. Nic contem laba la escena. El cortejo siniestro avanzó unos doscientos metros. De entre las sombras destacóse entonces un sujeto armado de grueso garrote. Cuchicheó este nuevo personaje con los que llevaban el cofre, y Nic pudo ver que uno de aquellos feroces asesinos deslizaba unas monedas sobre las manos del recién aparecido. Indudablemente se trataba de un soborno para enterrar el cofre misterioso. Nic no pudo resistir más, y, armado de la ürowing, avanzó resuelto. ¡Alto! -gritó poniendo el cañón del arma sobre el pecho de los cuatro criminales. -No tires- -dijo Camarón rápidamente. -Te enseñaremos el cofre y te daremos si- quieres un poco de embutido. A esto no se ha de oponer el señor, que es guarda de Consumos. Y abriendo el baúl, apareció á los ojos de Nic el cadáver despedazado de un hermoso cerdo que aquella noche pasaba de contrabando Camarón, valiéndose de las viejas artes tan usadas en casos tales. Níc- Pery- Gut contempló con sangre fría el cofre sangriento, sonrió mefi. stofélicamente, tomó un poco de asaúra y estuvo á punto de encender un cigarrillo... Por el detective. L U I S DE T A P I A