Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
gar á que se hable mal de ella. ICstc santo temor preside á todos los actos de nuestra viíla. Pues lia: el favor de decirme, Consuelo (lucrida, si te puedes ex licar ue una mujer celosa cíe su b iena fama se esfuerce en aparentar que gasta lo ne no tiene, sin cpie se le i) asc por la imaginación que da con ello sobrado motivo á que se dude de la honradez de los medios que logran este im osiblc. Lo más triste es que además de jrroducir la ruina y la difamación de las familias modestas, resulte frustrado, después ÍLC todo, este aiietito ciego de competir con las privdlegiadas de la fortuna. Engolfadas éstas en una coniíjeteucia de ostentación, en mi record, como ahora decimos, de lucir lo que más dinero cuesta, la llamada elegancia ha alcanzado mías pro orcicnes verdaderamente inaccesibles para las ¡uic no (losean su riqueza. ¿Recuerdas á tus vecinas, las scñorila. de Pitiminí. como las llamaban los muchachos por sus (Umiiiutas pro orciones? ¡Cuántas veces os habéis reído de su afán de figurar sin medios para ello 1 ¡Qué trajes aquéllos tan estrafalarios i) ara dar á los retazos de los saldos ai) ariencias de toilettes lujosas! ¡Qué sombreros ac uél! os, pichones caseros con pretensiones de águilas imperiales! ¿Has olvidado lo ue de ellas decíamos? ¿Pero estas pobres cursis creerán (pie engañan á nadie? Con la tercera parte de lo r. e gastan v trabajan para estar ridiculas, podrían vestir decorosamente si fueran sencillas. Pues algo de lo que á aciuellas iiobres muchachas! es ocurría con nosotras, les ocurre á todas las iie se sacrifi. can por aparentar unos medios (pie no tienen. Todo es relativo y es cuestión de grado. Al lado de aquellas á quienes quieren igualar y coii las que pretenden competir, resultan señoritas de Todo el mundo sabe al dedillo lo que cuestan las cosas, V la que cree deskimbrar á la gente, únicamente se engaña á sí mismas como los que se tiñen el pelo. ¡Pobres víctimas del quiero y no puedo, cuan estériles son sus esfuerzos y sus sacrificios que tan caros les cuestan en todos sentidos I Pos antiguos reyes dictalia. n leves suntuarias para contener la fiebre del lujo: el Estado moderno no uede ya atreverse á tanto y la enfermedad se agrava y se extiende, Quién inventaría una vacuna eficaz para esta terrible epidemia del lujo ruinoso? J. eo estos días en libros de escritores franceses muy nota. bles, y partidarios además del feminismo, análogas quejas que suelen terminar con profecías consoladoras. Idegará día. según ellos, en cpie las mujeres se convencerán de que é, a pasión de lo caro á tod. o trance es insostenible y reaccionarán v sucederá con el traje femenino lo que aconteció con el masculino dcsds la revolución francesa. En la fastuosa época de los J iises, el traje de un hombre costaba más caro ue el de su mujer, y de aquellas casacas bordadas, de acniellos encajes, de aquel lujo de la. indumentaria masculina se ha llegado á las modas actuales, que al más elegante y distinguido no le cuestan en un año lo que un traje de mujer para una noche. ¿lis que la elegancia de la iiiuicr está llamada á desaparecer? Xo, tranquilicémonos: la elegancia, la distinción y el buen gusto podrán existir aunque las telas, los enca. jes. los bordados antiguos y las pieles no nos cuesten una fortuna. Mirando al precio, V) odrá humillar á la rosa la orquídea más fea y más rara: mirando á la belleza, no podrá igualar n. uiica la orquídea más cara á la baratísima rosa. Phicuentras largo el sermoncito, C uerida Consuelo? ¿Te parece severo en demasía para tu cidpa? Claro que lo sería si á tu levísimo pecado se refiriera liero no hay tal cosa; censuro el lujo, no porque tú hayas incurrido en él, sino precisamente iiara que conozcas la enfermedad y te preserves de ella ahora que estás á tiem io. Mi padre, que. como sabes, era médico de fama, decía siemiire que contra las enfermedades físicas y morales c ue atormentan á la humanidad, no había mejor defensa ue la higiene, porque mientras curarlas es muv difícil, evitarlas es muv fácil. Cuídate. Consuelo, y robustece tu espíritu contra decaimientos tan injustificados como el que te asaltó con motivo de los lujosos trajes c u. e has visto en tu primer baile. Tii ibas muy bien para tu posición, y nadie C ue tenga Inien gusto pudo criticar tu traje por cursi ni i) or ridículo. Que habla otros que valían más dinero? ¡Y c ¡ué- le vamos á hacer I Una de dos: ó las f ¡ue los lucían tienen más bienes de fortuna que tú ó tienen menos. lüi el iirimer caso, sería tonto que el que tiene un palacio se crea desdichado porque otro tiene tres, y en el se. gundo. sería absurdo creerse de peor condición de los que gastan más de lo c ue pueden. Xo me puedo resignar á verte mortificada por el valor de los trapos- de las que tantos motivos tienen ara envidiarte á t i! ¡Ay, Consnclito, si como nos vemos los trajes, nos viéramos las almas, cuántas hubieras visto que se entristecían al contemplarte! Cree á tu tiita Clara, que es más clara que d agua; tú tienes c ue agradecer á Dios una belleza nada común, esa figura y esa distinción que te hace estar elegante con el más sencillo adorno, v si esas cosas que tú tienes se pudieran comprar en las tiendas á peso de oro, ¡cuántas de las que admiras venderían sus galas v sus iovas para adquirirlas! El tiempo ¡ue has gastado en admirar lo que las otras aparentan, pudiste haberlo emiileado en dar gracias á Dios por lo que tienes. Ya sabes que para Tuzgar á las personas no me ciega el cariño, ni aun siendo tan grande como el que te profesa tu tiíta Clara. Por la copia, CARLOS L U I S DE CUENCA.