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a iJScs J oj cartcude ÓRUaClara II u decepción. -Mi alarma. El lujo antipático. -Nada de d i a b l o predicador. Lo que yo llamo lujo. Una diadema y un somb r e r o -L o bello y lo caro. -La economía en el hogar. -Provocación á la maledicencia. -C e g u e d a d evidente. -Inutilidad de tanto sacrificio. -El lujo inaccesible. -Las s e ñ o r i t a s de Pitiminí. -P r o f e c í a s consoladoras. -Lo (lue fué y lo que es el lujo masculino. -i Desaparecerá nuestra elegancia? -Orquídeas y rosas. Resumen. -Higiene moral. -Lo que admiras y lo que tienes. falta de espacio, Q ueridísima Consuelo: Por escribir cruzado enpues ya conoces mi aversión á ¡as cartas, dejé de incluir en mi última un párrafo que decía: Por tu descripción veo lo precioso de tu traje de baile y me ocurre esta duda: ¿realzará traje tan elegante tu belleza, ó será tu belleza la que realce su elegancia? Bien ajena estaba yo de que en tu contestación ibas á comunicarme el disgusto que le ha proporcionado el dichoso trajecito, pues aunqi. e tú no me lo reveles explícitamente, bien claro lo veo por lo que me cuentas. Mi traje- -me dices, -que yo creía magnífico, resultaba el más modestito de todos los que había en el salón, y mi abrigo... me daba vergüenza ponérmelo en el vestíbulo. ¡Tan pobre parecía junto á los otros! i Válgame Dios! No puedes figurarte la pena que me produce tu contrariedad; pero como me he propuesto que en mis cartas resplandezca la sinceridad más completa, te voy á hablar muy clarito. Si me hubieras dicho que te encontrabas menos elegante que las demás, ó que tu traje y tu abrigo te parecían de peor gusto que los otros, hubiera yo visto en tus palabras un sentimiento de modestia exagerado, pero simpático después de todo; mas tu queja, la llamo así porque he percibido la amargura que liay en tu observación, tu queja, Consuelo de mi alma, sale de tu vanidad herida, puesto que te lamentas al sentirte humillada por el lujo de las demás. Ya me figuro que al leer esto dirás con cierta impaciencia ¡Qué cosas se le ocurren á mi tía! ¡Lo menos cree que estoy muerta de envidia! Si lo sé, no la cuento esta impresión de baile. Hubieras hecho muy mal en callármela, porque, sobre que yo estimo muchísimo la intimidad de tu confianza, solamente siendo tú conmigo absolutamente sincera, puedo yo darte á tiempo los consejos que reiteradamente me has pedido. Por lo demás, tranquilízate por completo. Me consta que no eres envi (liosa y que no has sentido la tristeza del bien ajeno, pero has experimentado la tristeza del mal propio, y ahí está el toque, querida sobrina, en que has sentido eso como un gran mal, lo cual no me parece un pecado grave, pero me revela en ti una tendencia ó por lo menos un germen de algo que me es profundamente antipático: la pasión del lujo. A pesar de los cientos de íeguas que nos separan, estoy viendo desde aquí la carita de asombro que has puesto al leer el final del nárrafo anterior. ¿Mi tía escribe esto? ¿Mi tía piensa esto? Se ha metido vy vsj mi tía á diablo predicador? No en mis días, asombradísinia sobrina; líbreme el Señor de todo lo diabólico (y, sobre todo, eií materia de sermones. ¿Qué rae quieres d e c i r? ¿Que siempre me (t gustó vestir bien? Pues yo 0 lo declaro y añado que toda- Ó vía me gusta y que probablemente me seguirá gustando toda mi vida, por lo cual, si yo te sermoneara isara que vistieras humilde y pobremente como ima monjiia, lo del diablo predicador estaría muy en su inmto. Pero no hay semejante cosa, porque yo no digo que tengo antipatía á la elegancia ni á la riqueza en el vestir, sino que abomino del lujo, que no es igual. A poco que en esto se fije tu claro entendimiento, comprenderás que empleo esta palabra en su verdadero sentido de execso y de desproporción, porque el lujo, sobrinita mía, es idea tan relativa que lo mismo ptiede existir en las cosas de gran valor que en las de moderado precio, siempre que éste exceda de los medios con que cuenta la persona que las luce. La diadema de brillantes de una millonaria no es lujo comparada con el sombrero de cien pesetas que lleve la mujer de un empleado sin otra renta que sus veinticinco duros al mes. Dejo á los moralistas la condenación del lujo por lo que el exceso. de la svmtuosidad pueda tener de soberbia; dejo igualmente á los psicólogos censurar esta pasión que convierte á la mujer en maniquí y hasta tal punto absorbe sus facultades, que sólo piciisa en los trapos, como si no hubiera para la mujer otros fines más altos r ue el ocuf arse en su adorno y c (Vinpostura, y solamente quiero hablarte hoy de la enorme desproporción entre el lujo de nuestros días v los medios de soijortarlo, para llamar tu atención sobre sus graves perjuicios en la economía y en la buena fama. Permíteme, Consuelo querida, y no lo tomes á petulancia, que de esto te hable muy en serio, pnes esta ceguedad se ha acentuado de tal suerte y se ha generalizado en tal cxiensión, que hoy constituye un peligro social grave y alarmante. Porque has de advertir ¡ue sobre la belleza de las cosas hemos puesto el dinero que valen, y hemos llegado á proclamar que lo únicamente elegante es lo que cuesta muy caro. Por esta terrible condición, el lujo moderno obliga á un gasto insostenible para los que no poseen una fortuna y, sin embargo, á poco que te fijes descubrirás entre las personas que conoces una porción que no tienen rentas ni suélelos que puedan soportar tales dispendios sin gravísimo quebranto, y, á pesar de eso. se 3 erecen por competir con las más lujosas. La mujer, que siempre ha sido en el hogar el espíritu del orden y la economía, ¿cómo ha llegado á convertirse en promovedora de su ruina? Mira si cegará esa pasión del lujo que de tal suerte cambia á personas que eran ordenadas y juiciosas. Pero hay una cosa que me asombra más todavía. La mujer virtuosa vive siempre alerta contra la maledicencia y desde niña se preocupa seriamente de no decir una palabra, de no hacer un gesto, de no permitirse una postura ni un ademán que pueda dar Ju- g Vv I N