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flor que liabui en el huerto cercano á la casa, y ue asomaban sus frondosidades por soljre las bardas del tapial. Desde el pueblo á la casa del monte s i va por un estrecho sendero sombreado de olivos seculares. Más allá hay un espacio seco y abierto á la luz, desde el cual vuelve á verse el a retado y blanco caserío. TÍO Sindo cruzó preocupado el olivar. Por eso no hubo de oír la voz de Lesmes, el i) astor, ue le gritaba desde el sembrajo: ¿Del uebIo se viene, tío Sindo? De pagar la renta acaso... Pero la voz llegaba apagada i) or la distancia, y el pensó ser el rozar del viento entre el ramaje. -Miraile, como loco va; no se ue llegar á viejo. Y con esa cachazuda filosofía campesina sio uió su tarea de acabar el tosco zamarro, de niveas pieles de cordero hecho, cosidas con tripa seca. Tío Sindo llegó al erial, y mirando hacia el pueblo, allí donde estaba la casa del rico arrendador, cacique de aquellos contornos, alzó sus puños crisIJados y amenazadores. -i Ah, mal hombre sin entrañas, ya vería de jugársela! Siguió por la senda que conduce á la fuente del pueblo. Es ésta un manantial claro y murmurador, escondido entre a rctada e. S esura uc ahora estaba lozana y apacible con a uel su olor bravio de savia renovada, con su alegre policromía del verde en todos sus tonos- -el joyante del césped, el sombrío de las jaras, el intenso de los madroños y acacias, el plateado de los álamos blancos, -con su acordado rumor de las hojas cantarínas y juguetonas, con su frescura de arroyo reidor, con su man. so silencio de campo dormido en la sombra bajo la fiesta de luz de los cick) s esmeraldinos. Corre el arroyo bajo un sauce ue baña su melena de hojas en las aguas impolutas de cristal, sabe c! arroyo de frescas canciones serranas, reza el viento en la fronda, riza de notas arpadas el aire algún feliz cantor i) ajarico de la selva. Y se unen, se funden en una blanda sonata bucólica todos los rumores, todos los trinos, todos los silencios, todos los nuirmullos, rimando con el latir de la tierra húmeda el bello y eterno canto de la vida, así como se acuerdan el llanto del niño cada vez más dcl) il sol) re el regazo de la madre cuando ésta modula la dulce canción que duerme y le dice con los oios la canción más feliz de su alegría. ¡Qué bien se encuentra allí el afligido! AT llegar le ha saludado Sabina, ue llenaba su cántaro. -Venga con Dios, tío Sindo. -Dios te guarde, zagala. Sigue un diálogo lento, cansado, monótono. Tío Sindo se ha sentado en una peña, y ahora mira cómo la moza, que marchóse, deja la trocha cruzando el yermo, se interna por la vereda de los olivos que lleva al pueblo. En sus oídos batanea la frase de Mónica, la vieja criada: ¿No hubo arreglo, tío Sindo? Ño, que no le hubo ni podía haberlo con a (iuel alma de judío que no esperaba, ni ya le quería, porque no estaba en su ánimo pasar por más humillaciones ni bajezas. Se cumpliría el despojo, le arrojarían de la tierra que labraron su padre y abuelo, que labró él y la hizo fecunda con el esfuerzo de su brazo agarrado á la mancera y el sudor de su cuerpo antaño vigoroso. Antes bien puntual pagaba la renta, C ue él sabía arrancar á la tierra su jugo; pero ahora... ahora, señor, no podía... era muy viejo, estaba muy cansado. Si al menos viviera su Dimas, el qu 2 murióse, dejándole á Simona y sus dos babosos por toda herencia, otra cosa sería; pero él solo... Cualquiera diría que lloraba el viejo. ¿De qué sirve que Simona baje al pueblo á vender la escasa leche de sus tres cabras ni los contados frutos de su huerta... aquella huerta que presto dejará de ser suya si los barruntos se cumplen? El viejo mueve la cabeza dolorido. No hay remedio. Cala bien la monleui de pieles, cruza las manos s l) re la espalda, y así, uedo, silencioso, al) straído por coui leto en sus pensamientos, echa por el sendero de la derecha, or el ue al cabo de nuieha. vueltas y recodos se llega á la casita del monte. Aún no ha llegado á la blanca casita campesnia cuando se encuentra á Simona ue afana leña con C uc arreglar el modesto condumio. ¿Vio al señor, agüelo? -Sí que le vide, moza; pero antes hubián cegao mis ojos de verle. ¿Pues tan malas son las nuevas ue trai? -No tien nada de buenas. -i Ay, Señor, qué desgracia! -dice ella llevando los brazos robustos y morenos á la cabeza. -Bien afirman cpie nunca la desgracia viene sola. Dende ue murióse Dimas uc no han venido sino desgracias á esta casa. La Virgen de IMontemayor me valga. Llevando ella el brazado de retamas, liminándose él con el pañuelo de hierbas el sudor de la frente, marchan hacia la masía. Cerca ya de la casa, les salen al paso los nietos. Vienen g; ozosos, reidores, trinando sus voces infantiles como almas inocentes cpie son, que no han gustado lo amargo de los dolores de la vida. -Agüehto, ¿me trajo dulces del pueblo? -No los había, rapaz. ¿Y á mí los pendientes, agüelo? -Tampoco; yo te los mercaré i) ara feria. Simona se ha entrado por la portalada; tío Sindo se sienta á la vera del pozo, saca la cajilla de diez y ocho, cuelga el recio painel como lienzo de los labios teui 1) lones, y empieza cachazudo y caviloso la confección de un cigarro tamaño como un dedo. lín esta operación emplea siempre largo rato el ahora contrito viejo. Los rapaces se han tendido boca abajo en el sol. Sufren impávidos la llamarada de luz que abrasa sus cabezas. I os chi uillos son como las golondrinas y las marii) osas, amigos de la luz, del fuego, de todo lo ue brilla. -Quitarse d hai, demonios, que vais á derretirvos. Pero los i) e ueñüs no le oyen, y ídiora Bautista hostiga á un caracol que cogió en las hojas de una carrasca, cantándole: Caracol, col, col, saca los cuernos al sol... Cecilia, la equeña, se esfuerza en atarle un cin tajo al pescuezo. El chico protesta: -Aparta, indina, C ue as á ahogarle. Luego el chico quiere ver si el pe ucño animalejo podrá soportar un pesado pedrusco. Hasta que dando de mano su anterior filantroi) ía, acaba por triturarle. i Perminada la cena, solía el viejo en las crudas noches del invierno acercarse con los pec ueños hasta el hogar, y allí les contaba quiméricas historias campesinas, romances de la sierra, á más del cuento que tanto gustaba á Bautista. -Agüelo, cuente el de la princesa. Y la voz cascada del viejo Sindo decía asi. -Pues señor, érase que se era una princesita muy pulida y moza... Pero tú, condenao, ¿cuántas veces quieres que lo cuente? -Si es cjue me gusta mucho, agüelo. -Y á mí también- -apoyaba la pequeña. Seguía la voz gangosa; -La princesa tenía su castillo en la cima de mía montaña muy alta... ¿Más alta que el Pico de la Nieve? -Más, más entoavía. -Mía tú, como que era princesa. ...Si encontrar quisieres le felicidad, has de bajar al llano, cruzar la vega, pasar el río sobre un cisne de nieve que diz que es un príncipe encantado, y tras de aquella montaña que azulea á lo lejos, allí la encontrarás... ¿Y la encontró, agüelo?