Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
paseaba con mis niños al borde del río, aspirando el fresco del agua, cuando vi, entre una cañas, m u y cerca, á la maldita, que nos íjaba, que nos enviaba su fétido aliento... La cerda estaba criando de su seno, colgante y negruzco, pendía su retoño, que lo cíiupaba ansiosamente. Mis servidores la quisieron alejar. ¿N o sabes- -la dijeron- que debes guardar siempre una distancia de noventa varas cuando pasa un n o b l e? Y uno de ellos, con una pértiga, desde lejos, la golpeo. El muñeco rompió á llorar... i Qué amenaza en los ojos de la impura, de la que come viandas sangrientas! En vez de huir, se acercó m á s llegó á tocar á mi hijo con su mano infame... Al día siguiente, mi hijo enfermaba... ¡Y o sabía que tus medicamentos no le salvarían! E n vano combatí la supersticiosa idea. Pasó una semana y me avisaron para el hijo segundo de Kandyra. N o pude menos de sentir alguna I) rcocupación al ver que se moría, lo mismo que su hermano, de meningitis fulminante. L a madre se retorcía en el suelo; al quererla auxiliar, sus lágrimas candentes abrasaban las manos donde caían. ¿Lo ves, extranjero? -repetía. ¿Lo ves? Así que el enfermito no dio señales de vida, la madre, alzándose solemne y grave, me suplicó: -N o me c ueda más que uno ya. E s preciso que no muera, y el único medio es llamar á esa carroña vil y que deshaga el c o n j u r o que adopte á mi hijo... ¿Quieres encargarte de traer aquí á la maldecida? No me atrevo á fiar esta comisión á los sirvientes. Sentirían Iiorror! ¡El heredero díl raja de Visapura adoptado por la K c r c g a r e s a! porque se había retirado hacia su montaña nata temerosa sin duda de las iras de la poderosa dama. Gracias á las noticias de algunos pescadores ribereños pude descubrirla, y gracias á algunas dádivas, decidirla á acompañarme. N o he visto jamás cosa más repugnante que aquella hembra. La higiene en los países cálidos es el baño, y como á estos parías se les prohibe contaminar los ríos, el hábito de la suciedad ha venido á ser naturaleza en ellos. La maternidad, sicm re tan hermosa, i) arecía en ella repulsiva, y el niño que se agarraba á su pecho tenía los ojitos llenos de moscas, que la madre ni aun se cuidaba de apartar con la mano. Sostuve una lucha para obligarla á asearse un poco y á limpiar á su crío, y después de varias fricciones, la humanidad reapareció en las dos caras semibestiales, de pómulos salientes y párpados oblicuos, porque estos pueblos, anteriores á la llegada de los árlanos, son realmente mongoles. Después de la toilette, nos dirigimos á casa de Kandyra. L a altiva dama recibió á la Koregaresa con una sumisión, una dulzura que me asombró... E s decir, no debiera a s o m b r a r m e j era madre K a n d y r a! Colmó de obsequios á la salvaje; la regaló arroz, aceite, rupias de oro, un collar de cobre, c ue estas tribus estiman m u c h o y hechas las aces, aplacado el numen, la tendió el niño de seis meses, ¡el único que quedaba vivo! para obtener el supremo favor, lo que había de prevenir tocia desdicha y todo mal, la adojjción por medio de la leche... La cara de sufrimiento de Kandyra 31 á ¡i S 3 I sfV íC i Mamando de su leche inficionada! Ah! ¿P o r qué no me habrán permitido subir á la hoguera, acompañar á mi esposo? E n fin, ve tú, extranjero, tú que no temes al contacto de ningún nacido. -Claro que no lo- temo- -respondí, aprovechando la ocasión para moralizar un poco. -Esa Koregaresa, y tú, Kandyra, y yo, el cristiano, somos lo m i s m o somos hijos de un mismo padre. L a respuesta á mi homilía fué una mirada inexplicable de hondo, de terrible desprecio... Al punto trató de corregirse, humilde, y me imploró: -Espero en ti... Salva á mi niño de pecho. I Si él se muere no viviré 3 o... ¿Q u é quería usted que hiciera? Cumph el encargo y busqué á la mujer á quien tanto temía K a n d y r a N o fué fácil al pronto dar con ella, cuando su hijo llevó la boca al seno inmundo, al seno infecto, no puede describirse; era un poem a! E n cambio, la salvaje se ufanaba, se engreía. Aquella criatura había dejado de pertenecer á la raza superior, á la de los amos y vencedores. Poi la leche y la adopción, por una pulserilla de hier r o que acababa de ceñirle al puño, el pequeñuclo aristócrata, de dorada y fina piel, estaba bajo la protección de la diosa tutelar de? a tribu vencida- -la gran Tari Eolia, la sanguinaria. -Y la Koregaresca. dirigiéndose al hijo de Kandyra, repetía: ¡Y a eres nuestro! ¡Ya eres K o r e g a r ¿Y vivió ese niño? -pregunté curiosamente. -Vivió y vive... E s el raja de Visapura... Su madre sí que no tardó en morir, agobiada por el horrible secreto de que el futuro raja era un paria... L A CONDESA DE P A R D O B A Z A N ü; t: u CS DE M V. -Z DRl GA.