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EL SALÓN DE CONFERENCIAS f h el Salón de Conferencias... Para los muclios miles de españolea que no conocen el Congreso de los Diputados, el Salón de Conferencias debe ser algo grande, algo sagrado, algo imponente; lo que el tabernáculo para los hebreos, lo que el mihrab para los musulmanes... ¡Ni á la ventana te asomes! -como dicen ahora las gentes ocurrentes de los barrios bajos de Madrid. El Salón de Conferencias tiene algo de salón, muy poco de conferencias y nada de majestuoso, imponente ó sagrado... Los mini. stros, los diputados, los personajes políticos, en fin, conferencian en los pasillos, en los escritorios, en la cantina, en cualquier parte menos en el Salón de Conferencias. Es suntuoso, pero no rico artística ni materialmente. Retocado cien veces con colorines y purpurinas tiene escasa luz cenital y la indirecta de unas ventanas que dan á los pasillos, como los cuartos de las domésticas en la casa de vecindad. Si se le llamase Salón de Siestas ó siquiera de Murmuraciones, resultaría mejor bautizado. En sus divanes de rojo terciopelo, ricos criaderos de pulgas, amaestradas y todo porque sóÍo pican á los que por casuahdad se sientan en ellos para no dormir, pasan las horas muertas, mejor dicho, dormidas, muchos políticos jubilados, diputados que fueron un día y que hoy disfrutan de pase para frecuentar la casa y echar apacibles siestas. Cuando lean ustedes en los periódicos algún suelto que empiece diciendo, por ejemplo: En el Salón de Conferencias se decía ayer... fórmula que cmileamos los periodistas para justificar un rumor ó inventarle, no crean ustedes lo que se dice que se decía... En el Salón de Conferencias se dice poco. Se ronca mucho. Hay prójimo que sueña que es hombre iiolítico importante; le hay también que ve en sueños un duro sonriente descendiendo hasta su bolsillo, i Se ad- nna observando la cara que pone dormido y todo! No es calumniosa la insinuación, orque todo el mundo- -el mundo que frecuenta el Congreso- -conoce á los que allí esgrimen el sable hasta con la fórmula de: i lo que usted quiera! De uno de ellos se cuenta el reciente sucedido que sigue. Del Salón de Conferencias pasó al de Sesiones, situándose al pie de la tribuna presidencial entre otros ex diputados. El amable presidente envía jcajitas de caramelos á todos. Una envió á nuestro héroe, que se apresuró á aljrirla para ofrcí, cer golosinas á los que le rodeaban. Pero, i oh, bondadoso y caritativo presidente! Ea cajita, que había contenido caramelos, era portadora esta vez de un billete de cinco duros que hacia la felicidad del obsequiado. Le contrarió un poco! a ligereza de abrir el paquete á la vista de sus compañeros íde expectación, pero se guardó el billete y salió más contento que unas Pascuas. Pasaron días; nuestro hombre volvió al pie de la tribuna. Llegó á sus manos una nueva cajita, y esta vez el destinatario no la abrió, no; la guardó en un bolsillo, salió más que á 4: i escape del hemiciclo y procedió á abrirla en un pasillo. Pero, i ay! ¡esta vez la caja era de caramelos... Ahora se le ha dotado al Salón de Conferencias de calefacción por aire caliente. Hasta aquí sólo la tuvo por cuatro chimeneas en las que ardía leña. En su alrededor se formaban corros de murmuradores y algunas veces de periodistas ociosos que se acercaban en liusmeo de noticias. Pero, i nada! ó se encontraban á Nido y Segalerva hablando mal de Maura y diciendo todos los días lo mismo; ¡La cosa está que arde! ¡Estamos sobre un volcán! ¡La situación echa bombas! y allí no ardía ni había más volcán que la cliimenea de leña en llamas; ó veían al insigne Caldos rodeado de figuras que parecían arrancadas de sus libros, tomándolas en serio, y diciéndolas, verbi f ratia, que ha ganado en popularidad como político, pero que sus liliros se leen menos... Esos corrillos son en ocasiones observatorios de no escasa importancia, porque ante ellos desfilan los políticos que van al despacho de los ministros. -Curadle, va más escamado que un vendedor de yesca- -decía en una ocasión un ingenioso periodista al ver pasar, receloso, inquieto, llamado por el Cobierno, un ex ministro muy revoltoso v con frecuencia disidenteLa frase merece explicación. En Almería hav unos campesinos vendedores ce yesca, que llevan la mercancía col, a; ada de la espalda ó rodeando su cuerpo. Los chiquillos de la calle se complacen en acercarles cuando pueden una cerilla encendida á la yesca. Se comprende que aquellos modestos industriales caminen siempre escamados mirando á todas jiartcs. El moA- edizo personaje jjolitico acudía á la cita del Cíoliierno más escamado, efectivamente, que un vendedor de yesca. ¡Hola! ¿qué hay? Este es el saludo corriente en el Salón de Conferencias, y ese ¿qué hay? es el signo más expresivo de que no hay nada, de que no se sabe de qué halilar, de que vamos á dedicar unos cuantos minutos más á perder el tiempo. Porque eso es ante todo y sobre todo el Salón de Conferencias del Congreso, á pesar de la importancia que le damos en las informaciones políticas: el lugar donde más lastimosamente se pierde el tiem 0. No el salón donde se consultan y se resuelven los más arduos problemas de Estado, no el tabernáculo de los hebreos, no el mihrab de los árabes, sino el dormitorio de muchos desocupados y á lo sumo el escenario de algunos sainetes políticos. En él ocurre con frecuencia que dos diputados que en la sesicm se han injuriado y se han tirado los tra. stos á la cabeza, se abrazan y toman á chilindrina lo que el país creerá al siguiente día que ha sido tragedia casi sangrients. A GEI. M a CASTBT,