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i W Iw S ÍW II Cuando llegó el tío Ramón, la plaza ofrecía un cuadro por demás pintoresco. Los balcones colgados de ricas colchas de damasco de vivos colores; los tablados, bordeando la plaza, revestidos con lien 08 rojos y amarillos; banderitas de papel, guirnaldas, cruzando el espacio en mil direcciones... En tablados y balconcillos y ventanas, una multitud clamorosa, luciendo lo mejorcito de sus vestidos, lo que con más cuidado se guardaba en el fondo del arca durante el resto del año. Las mozas, sentadas en las sillas de cuerda de los tablados, ofrecían á la luz los mil cambiantes de sus gigantescas peinetas doradas, cuajadas de esmeraldas y aljófar, y los colorines de sus pañuelos de vía; los muchachos, con sus camisas blanquísimas, de -mibrantcs, prendidas de encajes, y sus fajas de colores chillones, esperaban en los burladeros la llegada del toro, pasando y repasando por los angostos huecos que dejaba la fila de troncos que se erguían en medio de la plaza y en la rinconada de la iglesia. Arriba, el sol: un sol abrasador, echando sobre aquel hervidero bocanadas de luz que se quebraba en la peinetas y en las arracadas y se adormecía en los pecherines blancos y se tornaba llamaradas rojas y verdes v azules en los damascos y en las sedas. Mozas y mozos y viejos y chiquillos tenían la vista fija en la bocacalle por donde se vislumbraban los naranjales 3 los limoneros y el ancho río, y entraba el aromoso aliento de la vida campesina; pero acostumbrados al trato con la tierra, su esclava generosa y abatida, no sabían interpretar sus tenues rumores ni ver tampoco su belleza reposada tantas y tantas veces poseída con hastío, tantas y tantas maldecida, cuando la cosecha no había respondido á sus esperanzas... Miraban por la bocacalle sin ver la hermosura de los campos verdes, ansiando solamente columbrar la negra silueta del toro. De repente, un súbito clamoreo dio á entender á los que desde otros ámbitos de la plaza no podían enfilar la calleja, que Cariñoso se acercaba. Avanzó Cariñoso hasta el lugar más descubierto, paseó su mirada por todas partes y, de pronto, alegremente, como contoneándose, se dirigió hacia uno de los tablados. Allí, apoyado en los maderos que soportaban la trabazón del catafalco, estaba el tío Ramón que, sonriente y como agradeciendo el saludo, salió al encuentro del toro. Llamóle por su nombre con voz cariñosa, y el animal acudió confiado. Pero, en seguida, de un grupo de mozos que sigilosamente se le había acercado, y desde arriba del tablado próximo, le dirigieron certeDJBUJ. S CE REGÍ ros puyazos, recordándole que su misión no era allí de paz y de cariño, sino de crueldad y de lucha. Cariñoso, arrancado del idilio tan bruscamente, se revolvió furioso en el instante en que un mozo, más temerario, que los demás, clavaba la faca en sus ancas llenas de cicatrices; le persiguió con encono, con furia loca; corriendo tras él llegó á la rinconada de la iglesia, le alcanzó cuando ya el fugitivo había conseguido entrar en el burladero, le embistió ciego de coraje y hundió uno de sus cuernos en el cuerpo del infeliz; pero de tal suerte que, al pretender remover la cabeza para herirle nuevamente, con mayor saña, para morderle y patearle, se encontró atenazado entre los dos maderos, sujeto por ellos, preso por su enorme cornamenta, de la que aún pendía el cuerpo de su desdichado agresor. Al ver á Cariñoso vencido, sin fuerzas para desprenderse del potente lazo que le sujetaba, lanzáronse los mozos sobre él. Salieron las facas de sus vainas, hundiéndose en el cuerpo del animal; chuzos y pinchos y navajas y estoques se clavaron con saña en su piel una y mil veces, y la sangre corría á borbotones, y Cariñoso se retorcía mugiendo de impotencia, haciendo retemblar, en su última contorsión, los maderos que le atenazaban. El tío Ramón, congestionado, caído el sombrero de anchas alas, con el cabello blanco y reluciente destellando al sol, cruzó la plaza en carrera vertiginosa. Cariñoso... Intentó abrirse paso por entre el grupo que asesinaba á su único amigo, á su único amor; con los ojos llorosos de rabia y de pena, prorrumpió en una súplica que fué un solíozo indescifrable, mezcla de rugido y de plegaria... Nadie le oyó. Entonces, sólo entonces fué cuando el tío Ramón se arrojó sobre los mozos; entonces cuando desenvainó su vieja faca herrumbrosa y la blandió como un loco sediento de vidas... Pero fué! a suya la que huyó en holocausto de su amor á Cariñoso. Fué una orgía de sangre; tintas en la del torazo, las. facas se clavaron en la espalda del tío Ramón, que aún se atrevía á defender á aquella fiera... Como si no le hubieran pagado bien una vida que tantas lágrimas había hecho derramar... Y el tío Ramón cayó, sujetando con la crispada mano el arma no manchada, con los ojos abiertos, muy abiertos. Y rebotó su cabeza en el suelo de la plaza... Junto á él. Cariñoso le miraba con sus ojos húmedos, por última vez... Los mozos se saciaron de hundir los cuchillos en aquel cuerpo inerme... Fuera, en la cercana huerta, más. hermosa que nunca, entonaba la brisa de la tarde, al deslizarse por los naranjales, la canción de la tierra fecunda, la canción de la paz, del amor y del trabajo. JUAN B. PONT. DE NUBSTRO CONCURSO DE CUENTOS, L E M A LEVANTINA.