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odiado, l il loro, jadeante, caminaba uv la plaza procurando hurtar el cucrjjo, corriendo al principio, andando lentamente después, como resignado al sacrificio, como convencido de su impotencia, con sus húmedos ojos mirando con recelo á todas partes, con su Icn. síua babeante peudiendo del hocico. Pero de pronto se crgiiía; de un salto cruzaba vertí trinosamente el esiíacio que le separaba de un infeliz que se había descuidado, y i ay de él! Aquel ¡jalaba toda la rabia que Cariñoso había ido acumulando; con los afilados cuernos, con las patas, con la boca, el torazo le hería, le mac; ullaba, le mordía; y en balde entonces le pinchaban con facas y con chuzos y en balde se esforzaban por arrancarle su presa; Cariñoso no se separaba nunca de su viclima, dejando un hombro muerto; abandonaba sólo un píní -ajo sangriento, un informe montón de carne... iíntonces era cuando más le quería el tío Ramón... lintonces era cuando con más cariño le cuidaba, cuando le abrazaba lloroso, dedicándole sus más tiernas i) alabras... i Qué se habían figurado? Que no iba su Cariñoso á defenderse? ¿Que il) a á estar aguantándolo todo sin aprovechar una ocasión para devolver á un bonibrc solo lo ue entre todos le habían dado... ¡Bien, Cariñoso, bien... ¡Hoy te has portado como un hombre! i d toro parecía entenderle. Su instinto le decía uc el mayoral era amor y ue las lazas eran odio. Y cu cuanto salía de los pueblos, en cnanto rcspi. ral) a el aire de los cami) os, seguía mansamente su camino, despreciando olímpicamente á los muchachos que le hostigaban con sus gritos, y deiándosc acariciar por los ue, desconociendo su nombre, ya famoso en la huerta, se acercaban al rodeo á contratar alguna corrida con el tío Ramón. Por las noches el mayoral armaba su tenderete de campaña y Cariñoso se echaba á su lado, interceptando con su enorme cuerpo la entrada. Lamía con su ási) era lengua las manos del viejo, le contenqdaba largamente con sus ojos delicuesccines, llenos de candido cariño... Fd tío Ramón le rascaba con fuerza y el animal doblaba sonmoliento la cabeza asesina al dulce cosquilleo ue el viejo (lcsi) ertaba en su frente. Medio enlazados les sorprendía el sueño v, cuando despertaba al romper el alba. Cariñoso tenia ue permanecer inmóvil largo rato para no hacer daño con sus patazas aJ tío Ramón ¡uc, dormido, aijoyaba su caljcza solire el peclio del animaí. Una noche fué á! a torada un guarda do camino con nn recado del alcalde del i) ueblo pré) ximo. Acpiel! a tarde Cariñoso había hecho una de las suyas, y les mozos pretendían vengar á su compañero el Mo (jut, muerto i) or el torazo. A las doce de la noche, armados de escoi) etas, habían convenido en ai) ostarsc sobro los árboles que crecían junto al abrevadero y disparar desde allí hasta acabar con Cariñoso. Ei tío Ramón se enfureció. Qué cul a tenía el toro? Los causantes de todo aquel mal eran los mozos y él. El, que por ganarse malamente la vida, ilia de pueblo en pueljlo, conduciendo su torada famosa, para que, á cambio de unas cochinas i esetas, los brutos de los pueblos saciasen sus malas asi nes en el cuerpo de los toros. Y también los mozos, rué limpiaban su sangre de odios hundiendo sus eh. uzos y sus picas y sus facas, desde seguro casi siempre, en las carnes del impotente animal... La avaricia de él y la cobardía sanguinaria de a ucll s granujas tenían ia culiia. Gracias á los toros, á Cariñoso ¡rincipalniente, él iba viviendo v los pueblos tenían algún chicarrón menos en presidio... i Qué importaba ue hubiese alguno más en el cementerio... Pero los toros no tenían nada que ver con esto, y era un crimen hacer armas cor, tra ellos. Si Carihoso hab. ía salido aquel día á la plav: a fué porcino los del i uebIo lo uisieron. Su toro era ya vicio, él lo quería mucho y no lo expor ia con gusto á las brutalidades de los inozos. No i) ensaba venderlo nunca; se morn- ia de viejo á su lado, eso sí; pero en adelante, el que quisiera to- rearle, el ne uisiera hacerle daño, lo había de pagar nuiy bien. Por lo demás, que le diera las gracias al alcalde por el aviso, pero él no se iba de allí. Estaba contratado para cinco tardes, y él no se marchaba hasta que quedase ultimado su compromiso. Si los mozos iban, ellos res ondcrían de lo que ocurriera. Habían querido Cariñoso, y Cariñoso habían tenido. Si aquella noche buscaban al tío Ramón, encontrarían al tío Ramón. Pero que fueran prevenidos; él y sus dos gañanes tenían también escopetas y en las cananas postas y balas, y antes de llegar al abrevadero había una plazoleta en donde su torada podría ensayar una corrida, sin el aquel de los tablados y los burladeros... i Que fueran; que fueran... No fueron... i Qué habían de ir! VA lío Ramón tomó en balde precauciones. I os del pueblo, que sin duda supieron que el mayoral estaba revenido, no realizaron su anrenaza. A la mañana siguiente recibió el tío Ramón una visila. Una comisión de mozos fué á verle con la liretensíón de que Cariñoso volviese á salir acjuella tarde. Si uc era temible, pero daba mucho juego. I os demás resultaban muy sosos. Cariñoso era un criminal muy grande, pero animaba la plaza; el miedo daba alas á los chicarrones, y las mozas se reían á más y mejor, entre los estremecimientos del peligro, cuando los tenidos por más valienlcs, ciegos de pavor, troiiezaban huyendo del loro, ue á veces cistaba al otro extremo de la plaía. Además, lo pagarían bien. lüitre todos habían reunido cinco ó seis duros y allí los llevaban para dárselos en seguida si accedía á su pretensión. El tío llamón no estaba del todo conforme... Aquel interés de los mozos, designes de lo ocurrido 1 a vispera y de las amenazas de fusilar al Cariñoso durante la noche, le extrañaba mucho. líHos insistieron, asegurándolo ue aquello fué la explosión de un momento; una mala idea uc se le ocurrió al tio Picrnabé, lleno de furor i) orque el Cariñoso le hal) ía dejado á su hija soltera para siempre. Y recalca. l) a. n esta frase, y reían socarronamente... I or lo den. iás, el Mogut tuvo la culpa de que le cogiese el toro. ¡Si no hubiese salido l) orraclio á la i) laza... Cariñoso no necesitó correr nuiclio ara engancharle. Y diciendo lodo esto, los mnchacJios liacían linlinear el dinero que llevaban en nn pañuelo, l il tío Ramón se dció convencer. Miró á Cariñoso, echado sobre un nionlóu de hierba seca, y estuvo á punto de volverse atrás, pero va tenía el dinero en la mano, Hizo un esfuerzo, y exclamó: ¡Trato hecho... I os mozos se miraron sonriendo maliciosamcnle y se fueron á poco canturreando hacia el puebío; de cuando en cuando so oían sus carcajadas locas, cada voz más débiles. El mayoral no estaba satisfecho... No deliía haber accedido. Afpiella tarde los mozos vengarían la nntci te del Mogut castigando con mayor crueldad uc de costumbre á su pobre Cariñoso... Pero tampoco había- motivo para tomar la cosa tan á i: echos. El toro infundía mucho miedo: s; d) a guardarse, iioniéndose á distancia, cuando le laslim- ban con exceso y no habia carne á la vista, v si se I -icerca 1) an mucho, tenía un buen p; ir de alfileres i- a deíenrlcrse. Además, él pensaba ir á la plaza. Orílinariamcnte enviaí) a á sus zagales, noríiuc á él le dolía mnelio ver cómo maltrataban á sus i) o1) rcs bestias, y parecía que le clavaban dentro, muy adentro, todos los pinchos que herían á siis toros; pero a uella tarde quería velar por su Cariñoso. Su presencia impondría á los mozos y no se atreverían, á abusar demasiado de su crueldad. Y el tío Ramón, algo descarga Io del peso de aquel conato de remordimienlo, se acercó á Cariñoso prodigándole sus más delicadas v efusivas caricias.