Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Í ¿SP BERLINESA. EN LA FRIEDRÍCHSTRASSE C ada trc. set undos atraviesa un automóvil en cada una de las cuatro direcciones la ünterden- Lindcn y la Friedrichstrassc. Un polisei gordo y anzudo, con rancies bigotes rubios, reglamenta la circulación tocando de vez en cuando una trompetilla. Y los automóviles pasan constantemente desde las nueve do la mañana á las tres de la madrugada. A esta hora, el vértigo automovilista se ajilaca un poco, pero la animación en las calles continíia siendo la misma: los focos eléctricos lucen encendidos, cafés y rcstaurants permanecen abiertos... Aquí están los vendedores de periódicos ofreciéndoos en voz baja las últimas ediciones de los rotativos de mayor tirada. F. l Lokal- Aucciger, el Berlincr Tagcblatt. el B. Z. am Mitag... Unos señores muy graves, correctamente vestidos, extienden hacia vosotros las manos llcr. as de bouqueís de violetas y mucjiíct, con un gesto mudo... Son los florislas berlineses... De las ventanas e un caté, dos docenas de ojos femeninos se clavan sobre los transeúntes... Todas las ventanas del piso bajo están ocupadas por elegantes damas... Jamás se ve allí un hombre... Las señoras se pasan la vida en el café, comiendo pastelillos y atracándose de cacao... Cuando sotirien enseñan las doradas dentaduras... ¡Claro! ¡l d cacao! Por la calle, la gente va de prisa, muy de. prisa... Si os detenéis ínzcaníío por los escaparates, oís decir á vuestra espalda: ¡Se conoce que este señor tiene oco que hacer! En una esquina, un vicjccito fuma apoyado en la pared. Cubre su cabeza con una gorra colorada en la cpie se lee: Exprés 237 Es un mozo de cuerda berlinés... De vez en cuando da dos patadas sobre la acera, saca un frasquito de coñac y se echa un trago... Luego espera resignado la llegada del cliente. i Habrá que ver la velocidad de este c. vprcs... Los berlineses son conumicativos y or menos do nada enredan conversación en la plataforma de un ómnibus, delante de un escaparate ó andando por las calles en la misma dirección. ¡Qué barbaridad! -exclama de pronto un señor de faz redonda y rubicunda. ¡Ya han levantado aquí un palacio! i Cuando nasé jjor esta calle, hace seis meses, estaba en pie todavía la casa vieja! ¡O h! Berlín... Berlín... Con esto basta para que tre. s o cuatro caballeros comiencen con una conversación que suele concluir en la destilat wn más próxima, delante de un cubo- i; cerveza rubia... Llueve y nos refugiamos cr- el hueco de un portal. Una muchacha que lleva una caja voluminosa da pataditas de impaciencia al ver que la lluvia no cesa de caer persistente y monótona. ¡Yzja. un tiompecito! -nos dice. -Sí, señorita- -la contestamos. ¡De todos los demonios! -Pero usted lleva paraguas, ¿por qué no lo abre? -nos pregunta. ¡Por pereza! -Podía usted acompañarme hasta el taller, que está aquí abajo, apenas diez minutos- -nos proi) onc. -Con mil amores. Y allá vamos acompañando al trottin berlinés, c ne ríe y charla como un pájaro. Al llegar á la puerta del taller, saludo, despedida... y aquí no ha pasado más... La noche avanza y la Fricdrichstrasse orilla como un ascua... De pronto, vemos un vehículo automóvil de forma nueva, rara, desconocida... Va adornado con paños negros... ¡Es una carroza fimebrc! ¡hil colmo del automovilismo I ¡El féretro- automóvil! ¡Alegraos, hombres de sport! Después de haberos pasado la vida atropcllando perros en las carreteras, podréis emi) ren (ler el viaje al otro mundo en un coche de carreras! A las dos de la madrugada, en medio de este vaivén incesante, óyese el sonido estridente de una bocina. Las gentes se detienen... Es el automóvil del kaiser que pasa... Guillermo II sale á refrescar sus pensamientos, dando una vuelta por las calles llenas de luz... Y el emperador atraviesa el pasco saludando á los transeúntes. jMientras emijrcndemos la retirada, mil ideas acuden á nuestra mente. Pero no decían- -pensamos, -no declan nuestros modernos políticos de sesenta para arriba, que en las grandes capitales europeas todo se cerraba á media noche? Yo decían, para jifstificar sus draconianas disposiciones, que los pueblos que trasnochan no trabajan? ¡Pues ved Berlín, el pueblo más trabajador de Europa... ¡Oh, gobernantes hueros y presuntuosos! ¡Cómo explotáis la ignorancia nacional! Pretendéis hacer de los pueblos cementerios porque, viejos y egoístas como sois, os molesta el ruido de la calle y os entristece la alegría ajena... Y sumidos en estos pensamientos, avanzamos despacio por la Friedrichstrassc arriba, resplandeciente de luz. JüSE JUAN CADENAS.