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y vamos pa casa de corrió, que como c deje, te vas ahora mismo al altar y no (itiieo que te siiscda lo c uc á tu pare, que hubo i uc sácale er biberón de entre los labios pa que diera er s i -Yo me emperró en saber, señora (á la de al lado) (lué sacarán estas mares con deja ue sus hijas babeen asín. Asín están saliendo esos crios! i Ay 1 ¡Yo estoy a t e r r a! Va usté ahora por Seviya, y si no la disen a s t é i cuidiao, que ahí va un homb r e! lo mataste de un pisotón. ¡Josú, Josú y Josú! ¡Vamos, yo me deshago c tirria! E n mis tiempos, cuando un moso juncá se ponía á la vera de una mujé, ya lo tenía too Jecho. -Entonse (la otra) estamos mejó ahora. ¡Señora, vamos al desí! ¡Y a! -Mejó que yo sabe usté lo que suscdía, porque usté, comare, debe haber asistió ar bautiso le Caín y Abel. ¡Señora, á mí osté no me f a r t a! ¡Ay, j o s ú! i Pos no es usté poco recata pa los a ñ o s! -i Spy lo que cjuiero! -Hija, que Dios la conserve á usté la onipotensia... ¡Sabiñuela, medio gorpe y á casa, que jase caló y aquí se derrite la g e n t e! ¡Ñ o mos vayamos á cala! Sí, sí; i para medio golpe estaba SabíñueJa! Con el astil de la guitarra apoyado en la rodilla izquierda y el cuerpo muy junto al de Rosalito, ni se acordaba de la seña Consolación, ni siquiera de que vivía. ¡L o que hacen los perros veinte años! Pero, ¿para qué quería él vivir, sino para hacerse astrónomo y mirar sin dejarlo aquellos luceros que Dios había puesto en aquella cara, y aquellos labios, cjuc parecían los últimos corales que guardara en su seno el mar, y aquellos hombros, sobre los cjue se plegaba graciosamente el pañuelillo bordado, como sí los quisiera abrazar con todos sus pliegues? La señora Consolación abrió la puerta, y, después de pasar, la cerró de golpe. Sola, con las dos puntas del pañuelo de crespón echadas sobre los dos brazos, dirigidos hacia adelante, caminando á pasito menudo y acunando su ágil obesidad, se enjaretó en la obscura calleja bascando por entre los tiestos y las llores de las rejas caras conocidas para detenerse y charlar, pero todo el mundo estaba recogido; los faroles movían su lengüeta de luz como diciéndola: ¡anda! ¡anda I, y los serenos gritaban á lo lejos: ¡A- ve María Purísiina... como si oyeran sus exageraciones y las comentaran así. L a vieja, gnulc que te gruñe, se quitó de entre el pelo el clavel rojo y el clavel blanco, movió los cachivaches de la cómoda, se desnudó y se raclió en la cama, mientras decía: -i Ay, J o s ú! ¡Ouc dcsgrasiá es la mujé que no tic un hombre! íl Ya estaba la señora Consolación en el dulce tránsito de la realidad ai sueño cuantío parecieron hendir la puerta de la calle los golpazos del aldabón. Sentóse la vieja en la caaia; volvieron á sonar los golpes; se tiró al suelo; se echó la falda, moviéndose á tm lado y á otro jmra que se amoldara bien al corpachón; se colocó un pamielito sobre el cuello; cruzó el patio sigilosamente, crcvendo ver un fantasma en atisbo de- trás de cada maceta; hizo girar la llave en la cer r a d u r a de la cancela, y, arrimando la cara al ventanillo de la puerta exterior. i) rcguntó con uz doliente: ¿Quién llama á estas horas? -i Abra usté, seña Consolasión e mi a r m a! -dijo una voz hombruna como quejumbrosa también. ¿P e r o quién es usté, hijo, si se pue sabe? Que aunque no soy donseya, toavía me quean los dengues. -Joseliyo, er de Osuna. -i J o s ú! ¿E s posible? -Jasta ahora sí. ¡Pos ven que te abrase! -i Pero sin a b r í ¡Qué aloca soy! ¡Ties rasón! Sonó el cerrojillo y se abrió la ptierta, pudiendo la matrona distinguir, casi en medio de la estrecha calle, la figura de u n hombre alto y nervudo. Verle y caer sobre él, fué cosa de un abrir y cerrar de ojos. ¿E r e s tú de verdad? ¡Joseliyo, mi buen J o seliyo! i P e r o si estabas en América! j Qué higotaso, hijo, paescs una foca! Entra, entra, que aunque jase un caló cj ue derrite, mejó se está en er patio. P a s a y jecha una candelilla, ue tengo mi velón ahí junto y en seguía podemos los dos vernos las caras. ¡Se está mejó á obscuras i -i Niño! -L o digo porque n o gaste osté. ¿Y pa qué quio yo mi miaja de óleo, criatura bendita, sino pa resibí á los amigos cies ué 5 de sinco años? E n t r a entra siéntate. ¿P e r o qué ties en esa mano que paesc que he tocao merlusa en conserva? -i Frío, seña Consolasión! ¡Lrío en Julio! -Ahí verasté. ¿E s t á s delicao? -Tengo una penilla mu jouda, y la necesito asté como una parra á su agarraeri) -Dime, pues, de qué lao estás jerío. -D e éste. ¿Aonde pones la mano, hijo. ue jasta qnc la lu vava tomando cuerpo mardilo si te puco ver? -L a he puesto aquí, en er corasón. Joseliyo pareció caer medio desmayado sobre la única mecedora (lue allí se veía, y dirigiendo su torva mirada hacia su intcrlocutora, c ¡ue se deshacía en aspavientos, gritó de pronto con voz tonante: ¿Y Rosalito, seña Consolasión? -Y a pensalia yo- -gritó con voz compungida la vieja- (jue en eso habíamos de parar. -P e r r a suerte la mía, seña Consolasión. ¿Q u é es de Rosalito? ¿Vive? ¿E s t á güeña y sana? ¡Malos mengues la lleven! ¡Que tú des en eso, en acordarte de esa mocosa sin sentío! ¡Ojalá no tuviera ni tanto así! ¿Q u é estás disiendo? -N a jablo p, a mis solas. -Pues pa jablá pa tus solas, podías haberme dejao en uno c mis siete sueños. -Tiusté rasón; pero hay cosas... -Mira, Joseliyo, como mare tuya te quise, y lo sabes tú. -Sí, señora. -P u e s como mare luya, te digo: Jo. cüyo,