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f: t -j o ees la maravillosa orquesta se hizo oir, y á cada repetición crecia el entusiasmo del público hasta el delirio. Y es seg uro ue de haberse dejado llevar del gusto de su auditorio, no cesara de producir notas y más notas hasta el completo agotamiento de la má quina, si el esijíritu misterioso no hubiera decidido al fin darse á conocer, surgiendo de improviso, una vez apartado el bombo, y por encima de él, en la vulgar apariencia de un bípedo implume, corto de talla, lar. go de brazos, de sucia melena y barbas de rastroio, dis crsas en una faz que la alegría del triun to hacía radiante y hasta hermosa. Jamás mortal alguno conoció en tod. a la redondez de la tierra una ovación semejante á la que tuvo en Gnomon el hombre- orquesta. El guerrero victorioso, entrando en su patria abrumado de laureles: el héroe afortunado, levantado sobre el pavés al frente de sus legiones en el campo de batalla; el poeta laureado; el orador prodigioso, arbitro de las pasiones de la muchedumbre: el caudillo ungido por el aura po ular; todo aquel, en fin, que ha disfrutado siquiera por un instante la dicha inmensurable de ser ídolo de un pueblo loco de entusiasmo, nalidecería de envidia al comparar con la suya la opu! ar ¡dad de que, á partir del primer instante, gozó en Gnomon el hombre- orquesta. T: reye fué su auge y dictadura, porque breve fué también la estancia del hombrc- orc ucsta entre los transfigurados moradores de Gnomon, demostrando en esto nuestro héroe en qué supremo grado poseía la rara cualidad de saber ecli sar á tiempo, evitándose el tener que asistir al doloroso espectáculo de las exequias de su popularidad, vcnie a á tierra. l cro en el corto plazo de su reinado espiritual no tu o límites su autoridad ni decayó un pimto el entusiasmo y el puro goce estético de sus admiradores, los cuales, á trueque de agasajarle hasta más no poder, exigíanle á todas horas y ccn cualquier pretexto un derroche de energías musculares, obligándole á tenor en constante movimiento aquella complicada máquina de armonías, cuvos ecos se conservan aún, DiSUjOS DE MEDir. A YEIÍA al cabo de los años, escondidos en lo mas recóndito de la floresta, en el remanso de los arroyos y en las cavidades de las rocas calcáreas, donde tal vez los repiten á coro los laboriosos gusanillos constructores del archipiélago, mientras trabajan con infinita energía en sus cimientos de coral. Llegó por fin el día en que el hombre- orquesta desapareció, llevándose consigo las alegrías, los únicos instantes de verdadera dicha ultratcrrena que jamás disfrutaron los tranquilos é inmutables habitantes de Gnomon, víctimas hasta entonces de la atrofia del sentimiento, tan honda y enérgicamente sacudido y pue- sto en eí colmo de su tensión durante el breve reinado espiritual del hombre- orquesta. Él mismo veneralíle y cachazudo Argos que le trajo, rievóselo consigo, dejando á Gnomon huérfana de arte y de dicha. A la playa acudieron todos á despedirle, mejor dicho, á cerciorarse del desamparo y melancolía en que iba á verse sumida Gnomon desde el punto y hora en que so fué para no volver, el hombre- orquesta. Y desde entonces cada vez que el viejo Argos asoma su ancha y cansada mole por el canalillo tortuoso que conduce al puerto, todos los habitantes de Gnomon escudriñan ansiosos la toldilla, esperando columbrar la mirífica estampa del hombreorf uesta. Ivn la monotonía de esta vida nuestra do forza ilns del destino, perdidos y olvidados en este islote del mar infinito de la duda y del prosai. smo ambiente, no somos seguramente más felices, ni poseemos en ir ay or grado la intuición estética, ni la inervación artística es en nosotros más activa ni más intensa fino lo c ue suponemos en los píos é intensos moradoros de Gnomon. Solamente una vez cada siglo suele aparecer ouJ; i- c nosotros un hombre- orquesta enviado por Dios para justificar sin duda aquello de que somos hechos á su imagen y semejanza. Esperemos, i oh habitantes de Gnomon! al hombre- orquesta del siglo XX. ¿Cuándo vendrá? JOSÉ G. ACUÑA. DE KUESTno CO: CUBSr D 5 CUENTOS. LEMA: TAEDIU. M V I X E