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KIv CAIsZriNJLIÍXK p r rente á la anchurosa chimejiea en que arden los socos troncos de roble prestando calor y luz al humíüdc hogar campesino, hállanse sentados los mozos y las mozas y los viejos y las viejas uc al terminar sus trabajos se reúnen cotiuianamcnte i) ara pasar las veladas en las crudas noches invernales. Oyese silbar el viento á lo lejos y la nieve cae en s ruesos copos, azotando las ventanas y tapizando la tierra con su manto blanquísimo. De repente interrumpe el silencio ue reina fuera de la casita el ruido de tres golpes dados oti la uerta. ¿Quien va... -grita el dueño de la casa. -Un ijobre camin. ante ue solicita descanso- -susurra una voz débil y quejumbrosa. -Adelante, adelante- -dice cl patrón, -en noches como ésta, mi casa está siempre abierta á todo cl ue necesite calor. Y la puerta se al) re, dejando i) asc) a un hombre ue penetra rá idamentc en la estancia, euljierto de nieve y tiritando bajo una gruesa capa. Vuelven á rechinar dolorosamentc 1 s goznes de la pucrtccilla, ue queda cerrada otra vez. Las mujeres han interrumpido su labor y los hombres suspenden el juego para mirar a! recién llegado, que toma asiento cerca de la chimenea, y desembozándose deja ver su figura. Jil caminante delie cíe tener unos veinte años, aun uc aparenta algunos más, sin duda or las fatigas y sinsabores de su vida errante. Su cabello es negro, sus ojos grandes, su nariz aguileña, su piel tiene un color cetrino, sus manos son blancas y bien cuidadas. Adonde te diriges, zagal? -le preguntan las mujeres. -No lo sé; mi rumbo no está marcado. Yo voy de una á otra aldea, de un pueblo á otro, de ciuda. d en ciudad... ¿Y dc) nde te alojas en todos esos sitios? -Scgi m. Unas veces habito en humildes chozas, otras en casas señoriales, y ocasiones hay en uc los poderosos me dan un rincéMi en sus ijalacios para ipie pueda descansar. ¿Cómo te llamas... -j Qué falta os hace saberlo! Casi ni yo mismo lo sé. En todas i) artcs me llaman de igual manera, el caminante, y á fuerza de oir re etir esta pala) ra, la he adoi) tado como mi vcrdadiero nombre. -i Vas á estar nuicho tiem 0 aqui... ¡Oh, no! lín seguida uc descanse roseguirc mi interrumpida marcha. Continuaré atravesándolos campos eul) iertos por la nieve, vadeando los rios, salvando las malezas. Mi sino es caminar s ¡cm re adelaiUe; jiero (piicro dejaros grato recuerdo... ¿Oueréis ue (js cuente una conseja... I ¡SÍ, sí... -Pues haced corro. Y c! caminante les refiere con voz reposada y grave la historia de una ¡rincesa encantada y los e! igros C ue corrió un pastor para darle libertad, y las fastuosas l) odas cpie se verificaron entre cl i) astorcillo Y la hija del rey. ¡Otra... -clama el auditorio entusiasmado. Y torna el caminante á referir consejas de pastores ue se amallan, de reinas enfermas y iirincipes que las devolvieron la salud casándose luego con ellas, hasta que al fin calla, agotados todos los asuntos, de los que es base principal el amor, y se dispone á marcharse, l e vas tan pronto, zagal... -Sí... b s jireciso... ¿No tienes miedo á los lobos que hamlirientos acometen á las personas... -A mí, no. Me conocen, me respetan... Y cl caminante se marcha otra vez, perdiéndose en las íicgruras de la noche. Vuelven las mujeres á continuar su interrumpida labor los hombres cogen otra vez los naipes; pero todos están tristes. I arcce ue con la ráfaga de aire frío (lue penetró en la habitación al abrir el zagal la puerta para marcharse, ha entrado otra de tristeza y amargura. Los viejos suspiran recordando tiempos pasados; las viejas lloran añorando lo perdido para siempre; los mozos tiemblan sin saber la causa y las mozas tórnanse pensativas y tristes... Es (pie cl caminante que va de una á otra aldea 3 de ciudad en ciudad, es el amor ue pasa. JÓSE RAMOS MARTÍN. I- S- I1 i -ü i 1 J- r K fá Las mujeres hilan al lado de la lumbre con los rostros iluminados ytor cl resplandor de las llamas, y los hombres, sentados alrededor do uní: tosca, mesa de pino, juegan al mus con una baraja de muo- rientos naipes. Dentro de la pobre casa todo es paz y sosieg- o. Las dulces voces de las mozas se mezclan con las exclamaciones de los jugadores que comentan animosamente los lances de la artida. A lo le os suena el aullido del hambriento lobo ue se enfurece al no hallar alimento para sus hijuelos, y las horas van casando lentas, trau uilas...