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El conocimiento de estos antecedentes es al lector de imprescindible necesidad para formar juicio respecto de un suceso que vamos á referir, contado por Ibérico Gelmírez en cierto aguaducho de Recoletos una tranquila y apacible noche de verano. Habíamos hablado de muertes repentinas, de catalépticos, de personas enterradas en vida, y Gclniírcz, que fácilmente enjaretaba anécdotas apropiadas al tema de la conversación, exclamó, dando en el velador una palmada que hizo zarandear la cerveza contenida en los vasos: -i A propósito! Una vez presencié yo en mi tierra un caso muy raro de que se habló mucho por entonces. -Venfja el caso raro- -añadnnos todos, saboreando de antemano el cuento que nos preparaba Gelmírez. -Os advierto- -dijo- -que esto que voy á contar es tan cierto como... Ahí está Pacorro, mi administrador, que se hallaba presente; es decir, está en Córdoba, pero se le puede poner una carta... Pues sucedió que al hacer la cimentación de vuia casa que iba yo á construir en Fuente Ovejuna... La construí en aquel año... Donde vive Pepito Lanchares... allí está la casa... Una mañana, los trabajadores descubrieron soterrado un arcón de hierro que por su forma y adornos representaba ser del siglo xv. Quiéti más, quién menos, todos creímos que aquel arcón encerraba dinero, y excuso deciros la satisfacción que nos andaba retozando por todo el cuerpo, y los deseos vehementes que se ap olparon á nuestro pensamiento por descubrir lo que el arcón encerrr. ba en sus entrañas. Dispuso el maestro de obras la colocación del hallazgo en la parte llana y superior del solar, y mandó que, con cuidado y sin ai) resuramicnto, se hiciera saltar la tapa, por si había en el interior objetos que pudieran sufrir deterioro. Mientras se verificaba esta operación, corrió la voz por el pueblo, y en menos ¡uc se dice, nos vimos rodeados de un gentío inmenso que acudía presuroso, atraído por la novedad del suceso, pues en Fuente Ovejuna, en Ma lrid y en cualquier parte del universo excita la curiosidad, ya que no otra cosa, el hallazgo de un tesoro. La ansiedad se descubría 5 n el semblante de todos; los ojos de los circunstantes estal) an fijos en el arcón; los martillos roducían ruido extraño al chocar con los formones; nadie se movía, nadie hal) lal) a. i or fin la tapa cedió, dos hombres la levantaron, y en el fondo del arcón apareció la figura de un caballero de buena edad, de noble aspecto y de rostro enjuto, aun ue no cadavérico. Hallábase vestido con traje de la época de los Reyes Caté) licos: borceguíes de piel, calzas plomizas, jubón de chamelote de seda negra con la cruz de Calatrava en el pecho, loba ó gabán granate, la cara afeitada y la cabellera negra y abundosa, lü sol estaba en su cénit iluminanclo de lleno acjuella aparición novelesca que contemplábamos absortos é impresionados; de iironto comenzaron á colorearse sus mejillas, cobró animación su semblante, y ante la estupefacción de todos los ue allí nos hallábamos, abrió los ojos. ¿En cuál parte del mimdo amanezco á. la vida del Señor- -exclamó con débil voz el resucitado, -ca ni moros, ni cristianos, ni extranjeros de reinos allende vi nunca de esta guisa? -En líspaña, aunque esté mal el decirlo- -contestó Pacorro con su dejo andaluz, -y en un i) ueblo (pie le ¡laman b uente Ovejuna, á trece leguas de Cordobita la llana. ¡Fuente Ovejuna! -repitió el caballero dirigiéndonos una mirada de terror. ¿I. í qué demandades al Comendador de Calatrava? ¿Tornaredes á me ferir e maltratar de consuno? ¿No os mueve á piedad el arrepentimiento que fice cuatido finqué mal ferido á vuestras plantas? -No tenga usted cuidado- -replicó Pacorro sonriendo, -que somos gente de paz, y aquí no se le va á causar daño ninguno. Al hacer el vaciado para una casa que vamos á construir, si no se arre ientc el amo, nos encontramos el arcón en que está usted metido, y cuando le abrimos, pensando que tenía dentro, es un suponer, media fanega de peluconas ó el cadáver de un difunto, con perdón, aparece usted ahí vestido de ópera y hablando un caló que no se acostumbra á oir en la tierra de María Santísima. Si usted no es muñeco de resorte, que cosas más extraordinarias he visto yo en Sevilla, tómese la molestia de explicarnos esto C uc i) arece cosa de brujería. líl caballero hizo ademán como si deseara incorporarse entre varios le ayudamos, y sentado denír del arcón, después de mirarnos fijamente durante unos segundos, dijo: -Agora que Dios se ha servido volverme á la vida, os referiré en cómo por mi cobdicía, c soberbia. e otros pecados que sería luengo de narrar, yo, ller nán Gómez de Guzmán, Comendador de Calatrava atraje sobre mí la malquerencia de la villa toda (k Fuente Ovejuna, e por ende armó el ueblo un bu Ilicio, entrando en mi i) osada con palos e piedras, dándome la muerte, al parecer, á veiiUitrés días an dados del año de nuestro Salvador lc 1476, reinandí en Castilla e Aragón los reyes doña Isabel c don Fernando. -Cierto- -dije yo tomando la palal) ra, -esa es un; tradición muy conocida que ha servido de asunt; para romances, cuentos y con. icdias; pero lo que usted no sabe, señor mío, es (pie después del atentado vino acpií un juez pesquisidor á fin de castigar á los que habían á usted cansado la muerte, vamos al decir, y que, al preguntar á unos y á otros, nobles y plebeyos, chicos y grandes, hombres y mujeres, niños y ancianos, sujetándolos á tormento, cpiién fuera el matador de licrnán Gómez de Guzmán, todos respondían: í uente Ovejuna: es decir, si una mano le había herido, la voluntad unánime de todo el pueblo asumía la responsabilidad de aquella venganza. -Que ansí subcedicse no me maravilla- -exclamó el Comendador, or la ineiuina ue contra mí tcniades de antaño. -Agua pasa no corre molino- -dijo uno de los trabajadores; -hoy ya naide le mienta á usted ni pa bueno ni pa malo. Mi amo... usted que entiende de cuentas, por la fecha que dice este hombre, ¿cuántos años han pasao? -Pues más de cuatro siglos- -contesté -cuatrocientos años y t) ico. -i Cuatro cientos de años! -murmuró el Comendador. -Ahf) ra bien- -repliqué yo dirigiéndome al aparecido; -una vez iustificada su personalidad histó rica, lo que todos tenemos vivos deseos de saber e: cómo, coiuradiciendo las reglas infalibles, á nucstn juicio, de la naturaleza, usted ha podido permanece con vida, en una ó en otra forma, durante tantt tiempo, constituyendo un caso raro de longevidad cuyo estudio hemos de recomendar á la Sociedad L. spañola de Higiene para que forme sus conclusiones y aforismos. -Satisfaré la curiosidad ne os aqueja el ánimo, asaz natural ante caso tan ijeregrino. Sepadcs que en el propincuo reino de (jranada moraba entonce, pues barrunto que habrá t) asado ya de esta vida, ui. físico moro llamado Aben Zaide, pie había corrid. c muchas tierras estudiando con honies sabidores, veces las humanidades, veces las ciencias de los animales e de las hierbas, veces la astronomía e nigromancia, con tal provecho e discurso e tal fama e nombradia, que maguer no era cristiano, ni nueve siquier, acudían en su busca los ricos- homes e los villanos á que les sanase sus enfermedades e dolencias. Este físico, tras muchas vegilias e insomnios, leyendo libros doctos, cociendo á la lumbre medecinas, venenos e triacas, e consultando los astros, hobo de componer en poridad un bálsamo miraculoso que, tomado por la boca, dejaba el cuerpo con la apariencia de la muerte, e suspendía la vida natural por días e por años, todos los que se quisieran, mientra estoviese en scpoltura cerrada, ca sí rcscebía el dicho cuerpo aire e luz de sol, luego tornaba á respirar c vivir como si tal hobiese acontecido. Aben Zaide,