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aS JSssS j gt. Xoó cartcu de dílta Clara S isité no ha muchos días el taller de un primoroso restaurador de antif üedadcs, y le hallé muy disgustado p o r q u e habiendo dcsculiicrto un secreto perfectamente disimulado c n un mueble, se había enconi) trado con un envoltorio que consideró como valioso hallazgo y que no contenía sino los Ijorradores de unas cartas sin valor algu 110. Hube de preguntarle yo si al menos por el asunto tenían im ortancia, y me contestó: -No se haga usted ilusiones de literato; son cartas de una tía á su sobrina sobre cosas vulgares de 1 vida. Léalas usted. Se las re. galo. Acepté el presente y, cuando las leí en casa, las tuve por hallazgo interesante y las juzgv. é dignas de la i) ublicidad. líl conocimiento que revelan de las cosas de la vida hace su oner que su autora tenía los suficientes años para haber atesorado gran experiencia, mientras la claridad de su juicio, su estilo y hasta la seguridad de su escritura indican que nO había llegado 4 la edad en que el cerebro se adormece y el pulso tiembla. Vivirá todavía y se disgustará al ver en letras de molde cartas que se escribieron en la intimidad y para una sola persona? Si así fuere, yo me permito aconsejarla que se tranquilice. Ese mismo carácter íntimo las avalora con la sencillez y naturalidad que tan difíciles son de conservar cuando se escribe con pretensiones literarias y para la galería. Quizá será aún mayor el asombro, que produzca verlas publicadas á la sobrina para quien fueron escritas. Si asi es, yo la ruego que deseche todo escrúpulo egoísta y deje á muclias jóvenes de la edad, que ella tenía cuando le fueron dedicadas, que puedan como ella guiarse por sus consejos, orientarse por sus ideas y de todas suertes reflexionar sobre estos asuntos y formar su juicio con conocimiento de causa. Dicho esto, pasemos sin más preámbulo á la fidelísima transcripción de las cartas que una doña Clara, cuyo apellido se ignora, escribió á su sobrina Consuelo, que son las siguientes: x. í 4 m No liay mal que por bien no venga. -Tu primer baile. -Recuerdos del tiempo joven. -Mis cavilaciones. -Mis apuros y mi gozo en un pozo. -Advertencias. -La sotana de Mario. Ensayos. -El bien parecer. -Mi esperanza y mi deseo. -Una duda. Queridísima Consuelo: Con la alegría que puedes suponer he recibido tu primera carta, después de nuestra triste separación, que tan amargamente lamentas. Yo comparto tu sentimiento al verme ijrivada de tu prescnsia y la de los tuyos, á quienes tanto quiei o y tanto he de echar de menos; pero en lo que se refiere á nuestras charlas intimas sobre las cosas de la vida, y á resolver, á mi manera, ¡as consultas con que tu confianza cariñosa me favorece, he de decirte francamente que no opino como tú que esta separación constituya una grandísima contrariedad, pues creo, por el contrario, que puede ser más eficaz la correspondencia que la conversación. De esta suerte, nuestras conversaciones escritas, sin perder la sinceridad y la sencillez de nuestras charlas, pueden ir fonrando algo así como un libro de consultas, siempre j. ás útil que el vago recuerdo de palabras que, cQ- t, el refrán dice, se las lleva el viento. Tu primera consulta me interesa vivamente, no te lo puedo negar. Veo tu natural complacencia porque vas á asistir á un baile por primera vez, y. me extraña y me- encanta al mismo tiempo que se te haya pasado por la imaginación la idea de consultarme sobre la manera de presentarte y estar en esa fiesta, listo me ha traído á la memoria la vez primera que yo fui á un baile, y como recuerdo pcrfectamentOi mis impresiones de entonces, te las quiero contar. Hazme la justicia do no suponer que, a! hacerlo, o b c d e z co solamente al gusto que las mujeres de alguna edad y los militares retirados tienen en hablar de sus buenos tiempos, porque mi propósito es mucho más desinteresado. Comienzo por confesarte, sobrinita mía, que con tener yo fama desde muy joven de formal y revisora, no sentí entonces tu preocupación ni por un momento. Me preocupé, sí, y me preocupé hondamente, del traje, del peinado, de las joyas con que debía en. galanarmc, y con estos problemas un tanto frivolos alternaren, otros menos gratos. Iba á ir á una casa donde tenía mu -contadas anii. gas; de los muchachos que asistieran á la fiesta apenas conocía á ninguno y la idea de que se dedicaran á hablar y á bailar con sus ami. gas y apenas me atendieran me hacía temer una situación desairada. A estas cosas se redujeron todas mis cavilaciones, un poquito e. goístas, como ves, de las que me consolaba la lisonjera esperanza de que or lo mismo que en aquella sociedad era la nueva, quizá despertara mayor interés en dos bailarines por tenerme de pareja, máxime cuando me. ípresentaría vestida con elegancia y, según autorizadas opiniones, no tenía yo nada de fea. h sto era todo, Consuelito: un poquito de egoísmo y dos poquitos de vanidad. Cuando llegó el deseado momento y penetré con mi madre en el salón, hubiera dado algo bueno por poder pasar más inadvertida. La señora de la casa y sus dos hijas me co. gieron por su cuenta y comenzaron á presentarme á una porción de señoras y caballeros, y no puedes imaginarte los sudores que yo pasé para responder á tantos saludos, contestar á tantas preguntas y agradecer tantos cumplidos. Me cog ia todo aquello de sorpresa y parece mentira lo complicada que me resultó cosa tan sencilla. Bailé el primer rigodón con el chico de la casa, que estuvo conmigo tan amable como correcto, y ya empezaba yo á tranquilizarme y á tomar el terreno, como suele decirse, cuando al sentarme después del rigodón me dijo al oído una de las señoritas á quien me acababan de presentar: Como usted es nueva, voy á darla un consejo: no baile usted con Menéndez porque es atroz. ¿Quién es Menéndez? la pregunté yo alarmada. Aquel del bi. gotito rubio que lleva una camelia roja en el ojal me contestó. ¡Ni que lo hubiera oído el proi) ¡o Menéndez! En cuanto preludiaron el primer vals, vino á sacarme. Deljí de ponerme encendida como una amapola en aquel trance, del que me sacó la señorita que acababa de darme el consejo. ¿Es verdad- -me dijo- -que usted no baila vals? No- -dije yo maquinalmente. -no lo bailo. ¡Qué lástima! -exclamó Menéndez. -Un baile tan precioso. Pues entonces, bailaremos, si usted quiere, el primer rigodón. Yo miré á mi consejera, que se apresuró á decir: Está usted de malas,