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trágicamente el marfileño s: inbhate, ck. nde los ojos inmóviles nagaban la perpetua sonrisa de los labios, componían una totalidad de mujer bravia. Apenas entrada, sin responder siquiera al cortés saludo dé las palmadas que la acogieron afectuosa, sentóse en la silla, juntó los pies separando las rodillas, apoyó las manos en los robustos y claramente dibujáclos muslos, y así estúvose qtjieta un largo rato mientras el tío Calabritos templaba pausado la guitarra. -Es la Pinreles, la Finreliíos... ¿sabe usted? Una bailaora de muchísimo cartel. Mucho cartel tendría, pero la gente no la miraba; y explicando aquélla indiferencia el impovisado cicercné, añadió: -Es una hembra que ya ha pasado... No había nada que replicar. Hembra... y pasada... í Qué bien hacen, antes de pasar, en ser crueles v falsas y aves de rapiña... ¡Es el des: uite, anticipado, dé nuestro egoísmo futuro. -Pero ahora va usted á ver canela. ¡Mire, mire! Y- la canela salía ya. Es la Pinrelitos! La hija de la de aníes. Mire, mire... La hija era. El traje parecía arrancado de la madre los movimientos parecían copia y remedo suyo, y sin darse cuenta uno mismo de la atávica labor de imaginación, pensaba inconscientemente en que así, de aquel modo, como era la hija, debió ser la raadre veinte años atrás. Y sin querer, por espontáneo impulso, daban ganas do gritarle á plena boca: ¡Tú, Pinrelitos, tú que no has pasado aún, no te olvides de ser falsa y cruel y a c de rapiña... Pero la voz no salió y el consejo quedóse en proyecto. Uno de tantos que en propósitos se quedan cuando los hombres piensan en las mujeres. La Pinrelitos II, mientras, permanecía extática. De pronto, como si infernal acometida, brindada por el ágil guitarrista, sacudiera la carne de sus nervios y los nervios de su carne, lanzóse súbita de la silla al tablado, arqueando el flexible cuerpo, que cimbreaba provocativo, con la una mano tapándose la cara y con la otra, llevada á la cintura por la espalda, repiqueteando el rápido compás. Los encajes de la sobrefalda, arremolinados en descompuesto y artístico vaivén, se enlazaban y se deshacían vertiginosos, mostrando ó dejando ocultas, en intermitencias caprichosas, las ebúrneas piernas, columnas prometedoras de espléndidas mansiones. Por la í. ala pasó un viento de lujuria, y al terminar la bailadora su orímer paso, estallaron las palmadas y los oles y los bravos. Comprendió ella lo que pedían y segunda vez se lanzó á complacer á la fiera, extremando ahora los movimientos lascivos y las sonrisas intencionadas. Y la fiera rugió de nuevo con la inmortal lascivia, y en el tercer empuje se lanzó la bailadora á servires manjar de más consistencia v ade m a n e s de más clara explicación. Cuando terminó, fatigada del enorme esfuerzo del baile y como luz que se apaga de un soplo, fluyeron de sus ojos l a s provocado- ras miradas y de sus labios las incitaures sonrisas, saludando grave y seria á todos aejuellos hombres que bramaban do sádico entusiasmo. Y era cosa de curiosidad contemplar á un tiempo el delirio del efecto y la indiferencia de la causa. Auníjue en otro orden de ideas muy lejano, semejaba aquel desdén ante aquel frenesí, el mismo efecto de las imágenes benditas cuando presencian indiferentes cómo se revuelven á sus pies la miseria y el dolor de los mortales desesperados y vanamente imploradores. La Pinrelitos bajó del tablado. Una docena de copas, con la ambarina manzanilla, vinieron á ofrecerse en galante tributo de otros tantos admiradores; de todas bebió un sorbo para no desairar á ninguno y ellos apuraron el resto. Después, desoyendo requiebros y ofertas apresuradas, fuese á un rincón en donde estaba una mujer anciana, cogió de sus manos tm envoltorio de ropas y cintas, y sacó de él, como escondido tesoro, una muñeca viva... -Es la Pinrelitos número tres... Lleva sangre de bailadora; cuando le llegue su turno, bailará. Y como la Pinreles I se acercara al grupo, reunida pudimos ver la dinastía de las Pinreles, gloria de la Caleta, prez de Málaga y flor de la Andalucía. Tres cuerpos de bailadora, con destino de lúbricos deseos que inspiran y no sienten... Tres cuerpos sin alma. Que es lo mejor que les puede faltar á quienes viven de vivir por su cuerpo nada más. Jl. ALMAS SIN C U E R P O Arrancados del infecto cuchitril, un grupo de hombres aspiraba con delicia el aire fresco y puro de la madrugada, caminando en silencio hacia el muelle en donde proyectaban embarcar. De repente el grupo se detuvo porque un hombre se había detenido, y una voz, áspera v sonora y precisa, voz de vencedor, había pronunciado firmemente unas extrañas palabras. -Si tuviera á mano con qué hacerlo, ahora mismo modelaba eso. -K E S O -El qué... -La bailadora. -Baila inuy mal; ya té llevaremos á cosa mejor. -Es que no la haría bailando. Quieta... -Tampoco. ¿Y entonces...