Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
que es todas las noches, y cuando desafina, que es todas las noches también, sus admiradores dicen al oído de los noveles: Si viera usted cómo cantaba este niño el año 87... ¿Sí, eh... ¡Era un ángel! Y uno se calla... y hasta tiene una miaja de pena... i porque da mucha pena que los ángeles se vuelvan viejos... Y no lo digo sólo por el caníaor de la Caleta, allá en Málaga... como digo, sobre el tablado estaban las dos ruinas, uno hecho todo líneas, y otro hecho una bola de carne (ue por arriba tenia de remate otra bola á que su i) roi) íetario llamaba cabeza, por llamarle algo que no fuera desagradable... y por abajo remataba en seis pies, cuatro de la silla y dos suyos... ó viceversa. Lo fijo es que eran seis las columnas que sostenían al Niño de la Caleta, sin contar el bastón, de puño de asta de ciervo, que por lo gordo podía pasar igualmente como otra base. Cuando se cansaron, de jipíos el uno y de rasgueos el otro y los dos de las indiferencias del público, el tío Calabritos dejó la guitarra en el suelo y púsose á liar cachazudamente un cigarrillo con tabaco que Lí lICADORí Impresiones que da iin mármol, cuando el mármol es de BenHiurc. J. CUERPOS SIN ALMA 1 a escena en Andalucía; de Andalucía en IMÍdaga, y de Málaga en un tentlucho, mitad colmado y mitad café cantante. Andalucía sin sol, porque ya se hundió en Occidente: Mák. ga sin luz, porque el calendario reza luna y la luna faltó á la cita, como una muier cualquiera... y el tenducho en penumbras, porque el humo de los cigarros nubla la pálida claridad de los mecheros del gas. Cercando las mesas, ni muy nuevas ni muy limpias, grupos de hombres cpie beben manzanilla, i) or pagarla y no por bebería, y algunas mujeres que beben también, no por iDeber, sino i) or coI) rar. VAI los hombres predomina el sombrero ancho, tirado al desgaire sobre la nuca, y en las mujeres resplandece el airoso pañolillo de colores chillones. Ellos sueltan- -y no dicen- -requiebros clásicos; cuando no, fuman, lillas responden con maliciosas contestaciones; cuando no tienen que responder, bostezan. Y de estas entrambas cosas suele formarse el principio de toda juerga: groserías y bostezos... y más vino para ver si ahogan el aburrimiento. Los cuerpos, lacios y desmadejados; las caras, lívidas; y los ojos, brilladores. Caras y ojos de noctámbulos. En el tablado que remata la sala, con pretensiones de escenario y realidades de burdel, están dos hombres á quienes nadie escucha. Son dos ruinas del arte flamenco: el tío Calabritos, un viejo apergaminado, que todo se vuelve líneas rectas y que no hace más bulto que el de la guitarra, y el Niño de la Caleta, un cantador que lleva cincuenta y siete años de niño y c a s i otros tantos de cantador. Ha quit a d o muchos moños en s u s sacó de una cartera colosal, que por el contenido era petaca y por el tamaño podía ser maleta de viaje. El Niño fuese hasta la puerta, mai disimulada con tma vieja cortina de sarga, y desde allí, encarándose con el público, hizo una reverencia que resultó ceremoniosa y de relativa esbeltez, pero viendo que el público no le agradecía ni el que dejase de cantar, con un gesto de resignación descorrió la cortina y hundióse en las sombras de entre bastidores. Por unos instantes resonaron aún ios pasos al crujir de los escalones maltratados por el enorme peso... y luego, ya nada. Como la cortina, cayó el olvido sobre él. Para ocupar su puesto en el constante espectáculo salió á escena una mujer agitanada, con el tipo de la raza morisca que nos recuerda perpetuamente uno de los varios modos que tuvieron los árabes de con (juistarnos. La falda bermeja, el pañuelo de talle y los menudos zapatos de charol, dándole aire de señorío á la vulgar figura que empezaba en unas medias negras, seguía por los colorines del traje y daba fin en tma espesa mata de pelo negro que sombreaba