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i Si yo no temiese resultar plomizo, describiría aquí al por menor, como cualquier Asmodeo de salones, la fiesta diabólica á que concurría, en aquella frescachona noche de Mayo, nuestra heroína y en la que su dependiente se coló de matute. Parecía la infernal recepción, en punto á elegancias, ni más ni menos que uno de aquellos concurridísimos bailes de beneficencia que se dieron en el Conservatorio de Música y Declamación por los años de mil ochocientos setenta y tantos; sólo que la fiesta de que trato, así por celebrarse en un encinar á la luna de Madrid como por los mantones de las señoras, tenía más carácter de verbena. Se hizo en ella gran consumo de leche amerengada, con mucha canela en polvo; de licores de rosa y perfecto amor; bizcotelas y chocolate, que de todo tenía, hasta cacao, según la fórmula del doctor Grégoire. Se bailó de lo lindo, y muy agarradas las parejas, á tiro de palillo de dientes, y conviene hacer constar que no tocaban los danzantes con los pies en el suelo: dijérase que flotaban en el aire. La fiesta comenzó con una virginia á compás de carga de caballería, en lugar del rigodón de honor, hoy de rúbrica en los bailes grandes de la sociedad más empingorotada. Después hubo muchas polcas íntimas, habaneras y galopes infeniales. Durante todo este holgorio, el Chaira, maravillado é invisible, descansaba al pie de una encina sin perder pormenor, viendo cómo el rey de las tinieblas brincaba con las brujas, lo mismo que un cabrito, tirándoles pellizcos, y con cuánta alegría se atiborraban éstas de lí quídos y sólidos, metiendo mucho ruido. Media hora antes de que comenzase á alborear, Luzbel se llevó los dedos á la boca, como el Mefistófeles de Arrigo Boito, y á su silbido cesó inmedia. DIBUjOS DE MÉNDEZ BRINCA tamente la algazara. Los convidados se r plegaron en un momento, con separación de sexos; primero, las señoras brujas; después, los señores hechiceros. Lucifer se encaramó de un salto sobre el tronco de una encina desmochada que allí se parecía, á modo de tajo de verdugo ó carnicero. Dos servidores íntimos le alzaron los faldones del frac color de pasa, y comenzó el besanalgas, epílogo de aquel solemne aquelarre. El Chaira, de un salto también, volvió á trincarse de la cola de su zapatera, que formaba, entre las brujas, de las últimas. Iban éstas besando con gran dex oción, y el diablo las despedía zalamero, diciendo: ¡A mí, Fulana! ¡A mí, Cetana! (en lugar de A Dios) ¡A ti, señ o r! respondía cada una de las brujas, y luego salía disparada por los aires. Tocó el turno á Vulfina, y fué sonoro su beso como ninguno; pero al mismo tiempo el Chaira, que llevaba empalmada una lezna de marca mayor, rápido como el pensaniiento, la hundió tres veces en la faz posterior del diablo. Volvióse Lucifer solemnemente, arrollando á sus dos caudatarios. ¿Fuiste tú, mi Vulfina, quien besó la última? -dijo, empuñando la perilla y frunciendo el entrecejo. ¡Yo fui, señor! -contestó la bruja alborozada, suponiendo que al diablo le había hecho gracia el besito. -Pues hija, has debido afeitarte antes de venir al baile; te apunta ya el bozo de la vejtz, v ¡has tenido la irreverencia de hacerme cosquillas! -i María Santísima, y qué cutis tiene este tío! gritó el Chaira sin poder contenerse... y la recepción se disolvió como bandada de gorriones sobre la que disparan un trabucazo. EL CONDE DE LAS NAVAS. DE NUESTRO CONCUJiSO DE CUENTOS. LEMA: AEUSUS NON TOLLIT USUM.