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tilla, la Cañizares y á todas las otras ilustrísimas damas que cabalgaron en escobones por ios aires, y las dejó tamañitas con la invención de un maravilloso unj üento confeccionado con mugre de confesonario. Un escrúpulo de la diabólica pomada, combinado con la intención, bastaba para ablandar las entrañas de un prestamista de oficio, rebosar en mieles de condescendencia y caridad la lengua más viperina y curar radical é instantáneamente del vicio á jugadores, borrachos y políticos. A muchas otras cosas estupendas, como se verá, alcanzaba el poder del específico, administrado en cualquier forma y pocas veces con buen fin. En lo que falló sicmijre su inmenso valer fué a! tratarse de mudar- ¿qué digo? -de atenuar siquiera la condición de un cursi. Mucho trabajo costaba á la señora Vulfina reunir la primera materia para la confección de su droga. Mañana hubo en la que, desde el alba al mediodía, se confesó la bruja treinta veces en distintas iglesias, capillas y oratorios, á fin de juntar un quinto de adarme de la susodicha substancia. Con su ungüento logró Vulfina desacreditar, entre las de su profesión, la clásica agua verdinegra de los sapos; simple, como es sabido, que prefirieron hasta aquella fecha brujas y hechiceras, como base para la preparación de sus menjurjes. ¿Qué mucho, pues, si por aquel entonces, entre los del gremio de volar y otros excesos, se citaba y consideraba á la hechicera de nuestra Iñstoria como se mienta hoy, tratándose de elixires dentífricos, al doctor Fierre, de la Facultad de Medicina de París... Y con ser así, estaba escrito que el amor rabioso que el Chaira sentía, por su maestra, fuese la perdición de ésta en la gracia ó mala sombra del monarca del Averno. Ya 3 a gula del chaval había estado á punto de dar con la bruja en las cárceles del Santo Tribunal de la Fe ó de la Inquisición, lo que ocurrió de esta manei a: Dicho queda que la señora Vulfina llevaba en Madrid la repiesentación exclusiva de la beata Dolores, de Sevilla, para explotar la producción de huevos frescos, mediante el discretísimo y misterioso empleo ó consumo homeopático de la bebida inventada por la bruja andaluza. La señora Vulfina, muy de tarde en tarde, y por conducto de un velonero lucentino, recibía tma limeta del elixir ponedor, que con mil precauciones guardaba en el fondo de la tinaja del agua, herméticamente cerrada aquella, y sujeta con una cinta al asa de una plancha para que el vidrio no flotase. FJ Chaira atisbo un día á su maestra mojando los labios en el cuello del frasco, y la vio luego zambullirlo. Cosa exquisita debe de ser el licor pensó el zapaterín, sin relacionarlo, i) or supucslo, con la postura de huevos frescos, que no había podido averiguar dónde se ios proporcionaba la bruja en todo tiempo para revenderlos. Un domingo, en ausencia de Vulfina. el Chaira pescó la limeta, á la sazón más que mediada; tomó un buchecito y dio de beber otro, sin soltar el vidrio, al demandadero de las monjas de la Encarnación, que solía venir á casa de la hechicera precisamente á comprar huevos frescos. Apenas cayeron en los estómagos aquellas cuatro gotas del ciixir ponedor, los golosos sintieron como si les hubieran metido por la boca sendos molinillos de chocolatera hasta las tripas. Encomendábase el demandadero á todos los santos de la letanía, y echaba por la boca el Chaira sapos como cocodrilos y culebras de cascabel y cencerro- -tales eran los retortijones, -cuando sobrevino la señora Vulfina. Hecha cargo al instante del suceso, á puntapiés y bofetadas acorraló á los intoxicados en el fondo de la carbonera donde estaba la tinaja; cerró tras sí con llave, y los conjuró á salir inmediatamente del aprieto como pudiesen. No era la bruja cortada por el natrón de las que figuran en cuentos y consejas, no; la zapatera, ni vieja ni amojamada, aunque ya un tanto madura, más parecía obra de torno que de azuela. Tenía colores de salud y de pocos años; mata de pelo negro; dientes sin mellas, menudos y blancos; carmín natural en los labios; chispas de brasero recién encen dido en los ojos, verdes y no muy grandes, y la más graciosamente respingada de las naricillas. La pasión del Chaira no ha de parecer, por tanto, absurda, habida cuenta de aquellas y de otras niá. s ocultas gracias de la zapatera que su oficial adivinaba. Y aún parecía ésta más tentadora aquel domingo, con el ajetreo de acorralar con gran furia en la carbonera al demandadero y al mocito á moquetes y puntillones. Estos, con haber saboreado apenas el licor, se habían excedido. La virtud del elíxir era grande y su consumo tenía que ser homeopático. Vulfina, aterrada, adivinando el abuso y apreciando los síntomas de aquellos cólicos que parecían misereres, creyó que los atrevidos iban á poner 200 huevos por barba, ó dos del tamaño de los de avestruz. I os dcventurados, revolcándose por los rincones con ansias de agonía, dando desesperados alaridos, sudando gotas tamañat como garbanzos de los buenos de Alfarnate, llorando y echando espumarajos por la boca, pusieron a 1 fin. ¡tres pollos cada uno! ¡piando y todo! n Corría aquella noche un remusguillo poco agradable, aunque durante el día, en el Campo del Moro, los mirlos habían saltado de rama en rama silbando granujamente; los milanos de la Casa de Campo se columpiaron en la brisa vespertina á gran altura sobre el Manzanares, y las acacias de la plaza de Oriente nevaron las flores de sus perfumados penachos: signos de que la primavera reinaba en este hermoso rincón del mundo. Daba la una y media cuando Vulfina concluyó de emperejilarse á la luz de un velón, encendidos los cuatro mecheros. Pidió la hechicera opinión á un cspcjillo mezquino, que la dio favorable; abrió con mucho tiento la puerta de la sala baja y salió, al zaguán, que estaba más obscuro que el actual problema de nuestro papel en Marruecos. Sonaron entonces las dos. La bruja sacó de la faltriquera una caja diminuta llena de grajeas del famoso ungüento, y cogiendo una, la flesíiizo en las almas de las manos, frotándolas, y, alzándose luego las faldas y remangándose el mantón, dióse unas friegas en muslos y brazos, del codo al mollero, mientras murmuraba en tono devoto y apasionado ¡Volar invisible hasta mi señor! No bien concluyó de formular este misterioso conjuro, cuando, filtrándose á través del portón, salió la zapatera disparada por los aires con tanta ó más velocidad que el sapientísimo Abaris, príncipe hiperbóreo contemporáneo de David, caminaba montado en una flecha. Sin molestarle el fresco, hendía la atmósfera por encima del río, de los pinares del Pardo y de la carretera de Francia; tan entusiasmada, que no advirtió que cogiéndole la cola iba un paje ó mayordomo de semana. El Chaira no había escarmentado. Celando noche y día á su dueña, consiguió robarle un par de grajeas del ungüento. Los celos tienen á veces casi tanto poder como la fe. YA aprendiz averiguó que su maestra volaba por lo menos una vez á la semana después de media noche. La vio frotarse y formular su conjuro, é hizo lo que ella, repitiendo á modo de glosa: Volar invisible eon esta señora! En pocos minutos Vulfina y el Chaira recorrieron por el aire los 26 kilómetros que por tierra dista de Madrid la venta de Pesadilla, y descendieron majestuosamente en medio de un frondoso encinar.