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el regazo de sus madres. Oid la leyenda. El más viejo la relata para enseñanza de mozas, para advertencia de mozos. N o se oye más ruido que el crepitar de la llama, el viento golpeando en las ventanas desguarnecidas... Escuchad. Ocurrió hace muchos años. N o crecía la cizaña entre el trigo ni los celos entre el a m o r los dolores no amargaban las alegrías. ¡Oh, hace mucho tiempo! Había en el valle una pastora fresca como las a u r a s primaverales, hermosa como alborada de Mayo, y blanca como las ovejas que apacentaba. Su pelo era rubio y ondeaba como la mies madura mecida por el viento; en los cristales de sus ojos se retrataba el cielo. Y vivía también en el valle un pastor gallardo, ie llameantes ojos negros, moreno como la costra l e la tierra, dulce como el zumo de la vid. Y en u n crepúsculo sus rebaños apacentáronse juntos t n la ladera de un alcor florecido. Se vieron y se amaron. Y su amor creció liljre, sano y robusto, como la naturaleza espléndida que los rodeaba; en plena campiña, á toda luz, sin sombras ni recelos. Amor arrullado con gorjeos 5 trinos de los pájaros que en los frondosos árboles anidaban, perfumado por los fragantes aromas de tomillos romeros, vigorizado por los candentes raj- os de un sol que hacía palpitar el germen en la tierra y el corazón en el pecho. ¡Cuánto se a m a r o n! Juntos todo el día, corriendo por el valle, desde el primer albor hasta la claridad postrera. ¡Oh, qué dulces transcurrían las h o r a s! Ni una nube empañó el sereno horizonte de sus amores. P e r o él tuvo que marcharse. Sus amos le enviaban á apacentar los rebaños al otro lado del monte, más allá de las cumbres que contemplaban cuando, embriagados de amor, espaciaban su mirada en el cielo... Más allá... ¡Qué importa! Volvería. Y él prometió fe constante y ella le juró amor eterno. Sus manos se entrelazaron. Y el río que se deslizaba con alegre rumor de risa por el pedregoso cauce, m u r m u r a b a allá en lo hondo del barranco. ¡Siempre m u r m u r a n d o! Y ocurrió cjue otro pastor vino á apacentar al valle un rebaño de ovejas negras como la perfidia. Y vio á la pastora... y encendióse en amores por ella, y le entonaba canciones dulces como el viento que mecía las hojas, tiernas como el pan que guardaba su zurrón. Y las ovejas negras se unieron con las blancas la perfidia manchó la blancura de aquel amor inmaculado. El otro pastor lloraba entre tanto ausencias de a m o r e s pensaba en la pastora rubia, en sus coloquios dulcísimos. Y un día pudo más el deseo c ue aguijaba su corazón mozo. Y abandonó e! hato. Y trepó por los ag rios peñascales y cruzó los bosques rumorosos. Y corría, corría hacia la cumbre, ansioso de ver el rebaño de su pastora, las ovejas blancas. Y corría, corría, dejándose pedazos de piel en- tre las zarzas del camino, hiriéndose el pie descalzo con los guijarros de la cuesta agria y desolada... N a d a le importa. Ya está en la cumbre... P o r fin. ¡Oh! Sí. Allí están las ovejas blancas... p e r o i Pobre p a s t o r! El rebaño tiene una mancha neg r a Negra como los celos que se enroscan á su corazón, como la duda cjue acibara su alma. ¡P o b r e pastor! Llora, llora... Y llorando ve desde la cumbre las miserias del valle, la mancha negra, el rebaño de otro pastor ladrón de sus amores. i Q u é tristes sonaron sus quejas en el silencio de aquella noche serena, tibia y p e r f u m a d a! N o hallaron eco sus dolores en la inmensidad de aquel cielo sembrado de estrellas. Y al día siguiente volvió á la cumbre. L a mancha negra era más g r a n d e lo mismo que sus celos. Y esta vez no lloró. P e r o un mal pensamiento cruzó por su frente, i Oh, sí; se vengaría! Y bajó al valle, y cruzó, con el corazón herido, aquellos lugares de tan dulces recuerdos: la fuente que brotaba al pie de la peña, el árbol en que grabaron sus nombres, la espesura que cobijó sus amores... ¡Todo, t o d o! Llegó hasta donde pacían los rebaños, y á pedradas cjuiso separar las ovejas negras de las blancas, pero no p u d o juntas corrían asustadas, sin separarse, como no se separaban los celos de su amor. Y los traidores le vieron llegar. El era cobarde y h u y ó ella, pálida y temblorosa, no tuvo fuerzas para huir. Y otra vez se encontraron frente á frente; la pastora, hermosa como alborada de M a y o el pastor, dulce como el zumo de la vid. Y no se hablaron. Pero una nube negra- -la mancha del rebaño- -cruzó por los ojos de él. i Oh, la m a t a r í a! Y quiso ahogarla en un abrazo muerte de amor. Abalanzóse á ella, la apretó con furia y juntos cayeron al fondo del barranco. i Qué h o r r o r! L a s tórtolas, compañeras de sus amores, huyeron asustadas; el río corría inurmur a n d o la luz débil del crepúsculo iluminó por vez postrera aquellos dos cuerpos que dormían abrazados, y las ovejas, asomando á sus bordes las cabecitas temerosas, balaron tristemente... Desde entonces, siempre que una pastora es infiel á su pastor, aparece en el vaile el rebaño de la mancha negra, baja desde la cumbre, recorre la llanura, y al llegar al barranco, prorrumpe en balidos quejumbrosos que el eco repite lastimero. El viejo pastor ha terminado y el silencio continúa. N o se oj- en más ruidos que el chispo roteo del leño en el hogar y elsilbido del viento c ue bate las ventanas. ¡Qué leyenda más triste! Los viejos sonríen; los zagalillos, que soñarán con el rebaño, j u r a n no acercarse al Ijarranco... ¡qué miedo i Las pastoras rubias se aprietan unas contra o t r a s ellas no serán infieles. Y los pastores, morenos, ceñudos y serios, unos á otros se miran. ¿Aparecerá para ellos el rebaño de la mancha negra... ENHIQUE D E MESA. DIBUJOS DH A É D Z BfllNOA