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Con el águila iban dos ángeles, muchachos de buenas caras, con cabelleras muy rubias y con sus alas doradas El labrador, viendo los ángeles y el águila, pensó que haciendo unas alas como las de a (uellos podría volar, y una vez construidas mandó á un hijo suyo que se las atara á los brazos, colocán- Wí v y 4 v f -íU r V í! dose sobre una alta peña para desde allí lanzarse al espacio. Así refiere el poeta la tentativa: Empezó á mover los brazos y con las alas trabaja para levantar el vuelo, y viendo que no bastaba dijo al hijo, que entre tanto que sus fuerzas le ayudaban y estuviese algo más diestro en el volar que llegara y le diera un rempujón, obedece el hijo y calla con el deseo de ver el fin de invención tan alta. El labrador cayó por su fortuna en un arro yuelo, donde, aunque estropeado, quedó con vida y no escarmentado, pues no bien experimentó alguna mejoría, al cabo de mes y medio, dijo á los que le curaban que le pareció sin duda cuando cayó ciue volaba. Y que volara sin duda si no llevara una falta V preguntado riué era aquello que le faltaba, les respondió que la cola, que á no faltarle volara; pero que él se acordaría para otra vez de llevarla. III Como el labrador de la loa, diversos personajes reales en diversas épocas habían fracasado en su intento, sin que los lastimosos ejemplos hicieran desistir de nuevas tentativas. Desde Oliverio de íi Ialmesbury en el siglo YV hasta el marqués de J- ocqucville en el siglo x v i i i habían sido varios los que habían pagado con la vida su temerario intento de volar, y, sin embargo, en ese últin: o siglo se extendió de tal modo aquel deseo Cjue hasta se publicaron obras como el linsayo sobre el arte de volar, de G é r a r d el Arte de volar á la manera de los pájaros, de Merweín, y las Investigaciones sobre el arte de volar, de l ourgeois, las tres publicadas en 1784. Frente á aquellos fracasos ponían los aficionados al vuelo las felices pruebas de Eeonardod j Vincí y los afortunados ensayos de J u a n b a u tista Dante, pues aunc ue éste tuvo la desgracia de romperse una pierna por haberse inutilizado, una de las alas artificiales con cjue voló en función solemne dada ante el pueblo de I erusa, ya éste lo había aclamado, viéndole durante largo rato ir p o r los aires de un lado para otro, como pájaro enorme, moviendo y guiando á voluntad acjuellas alas or él hábilmente fabricadas y diestramente dispuestas. E n líspaña un mozuelo aragonés, Pedro Abarca de líolea, que con el tiempo había de ser famoso personaje y poderoso ministro conde de Aranda, cayó en la tentación de volar, tan generalizada en el siglo xviii y pocas veces será más propia la frase de caer en la tentación Subiéndose á la torre de A r a n d a de J a r q u e con dos grandes araguas que habían de hacer oficios de alas, se lanzé al aire desde ac uella gran altura, dando en el tejado del convento de capuchinos y cpiebrándosc una pierna. O t r o aragonés celebérrimo, el insigne Goj- a, dejó en sus Proberbios testimonio de aciuella afición en el agua fuerte que á la cabeza de este artículo reproducimos, y que, contando más de un siglo, parece hoy nota gráfica de la más perfecta actualidad. FELIPE PÉREZ K GONZALFZ.