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envío de flores, recaditos de atención, todo lo que constituye el castizo repertorio del arte de hacer el oso á la moda cadetil, todo lo aooté sin resultado ¡iguno. Digo mal: había la sonrisa, única moneda con que! agaba mis afanes y demostraciones. ¡Sonrisa desesperante, enigmática, de ídolo budista, que me trastornaba, me volvía loco y me precipitaba, ciego y rabioso, en los mayores extravíos de la imaginación 1 Pensé las mayores tonterías, planeé los más disparatados medios para salvar el Rubicón de aquella sonrisa incitante, puesta detrás del cristal de su pasividad, que elevaba entre ella y yo una infranqueable barrera, condenándome al suplicio de Tántalo, leí que sólo por un acto de audacia lograría librarme. Y en esta zozobra pasaron los días... Ño muchos, sin embargo. Porque una noche, es ¡ando en mi cama bien despierto, la luz apagada y a imaginación metida de hoz y coz en la habitación de al fado, sentí unos golpecitos ligeros en los cristales de mi ventana. Me incorporé sobresaltado y escuché, sospechando fuese una alucinación. Al cabo de un ra. to los golpes se reprodujeron más fuertes y apremiantes. Salté del lecho, y sin reforzar el somero itavío de mi pichama, me lancé al balcón. Chist! -susurró una voz que procedía sin duda e. una forma blanca, vaporosa, que apenas pude lítrever en el balcón vecino. ¿Quién es? ¿Es usted, Dolly? -Sí, yo soy; bable usted bajito, por Dios. Neceíío de usted... ¿Tiene usted miedo? N o hay reactivo más enérgico para un español, sobre todo en tierra extraña, que semejante pregunta. Antes de responderle, el fantasma adorable prosiguió: -Salte usted de su balcón al mío, con mucho cuidado para no caerse... sin hacer locuras ni llamar la atención. Aledí la distancia entre los dos balcones, más bien para calcular el esfuerzo que para apreciar la dificultad y el riesgo del lance acrobático que se me preponía. Pero ¿quién dijo miedo? El caso es que íalté, no sé cómo, por arte de la fortuna que tan próJiga se muestra con los audaces, salvando milagro: amente el espacio de metro y medio que había de Icón á balcón, á la altura de un séptimo piso. ¡Pero a noche... la ocasión... I Mi tentador fantasma me acogió en sus brazos, rimiéndome contra su pecho con efusión material, pasándome la mano por la frente para enjugar el sudor frío que la bañaba. Entramos en la habitación, completamente obscura, después que hubo cerrado sigilosamente la ventana, y me condujo, sin soltarme, con su mano tibia, tapándome la boca, hasta una chaise- longue, en la que hizo sitio para ambos, apartando las ropas en desorden que la cubrían. La emoción me tenía paralizado. Quise hablar, pero la aterciopelada mordaza que oprimía mis labios me lo impidió en absoluto. Por un instante me dejé tener, inerte y cataléptico, como un niño dormido en el regazo de su madre. Quise hablar á pesar de todo. -i Chist! chist! por Dios- -murmuró á mi oído. ¿Por qué? -pregunté en el mismo tono, un tanto alarmado y un poco más amoscado por tan r i r a manía silenciosa. -i Más bajo, por Dios, que nos puede oír I- Quién? ¡Ay, Dios mío! ¿Quién ha de ser? ¡Mi marido! Su marido! ¿Luego usted es... -Sí, señor, soy casada; pero hace tiempo que no vivo con mi marido, que me persigue para obligarme á la fuerza á reunirme con él. Ha llegado esta noche, y como no le he dejado entrar, se ha quedado á la puerta del cuarto celándome y esperando que llegue el día para abordarme y obligarme á seguirle. Acerqúese usted con cuidado y oirá su respiración. Quizá duerme. Probablemente tiene en el cuerpo dos ó tres pint? -de whiskey. Me acerqué á la puerta tomando toda clase de DIBUJOS DE MÉNDEZ C il. GA precauciones para no hacer ruido, y sentí, en efecto, el lento é isócrono murmullo respiratorio de un hombre dormido profundamente á ras del suelo, y percibí por la rendija el vaho apestoso del alcohol rezumante. Volví al lado de ella. ¡Pobrecilla! ¿Y qué es lo que usted quiere que yo haga? Quiere usted que le despierte y le eche del hotel á puntapiés? Sentí en la obscuridad su enloquecedora sonrisa, brillante como fugaz meteoro. -Ko estamos en España, sino en América. Ese hombre es mi marido después de todo; yo puedo condenarle la puerta de mi cuarto; pero no puedo evitar que mañana me obligue á seguirle, mientras la ley no nos separe- -Én resumen, Dolly, ¿cuál es su plan? -Para eso le he hecho venir, contando con su hidalguía española. Como mi marido debe estar atrozmente intoxicado, mañana cuando se despierte ó le despierten los criados del hotel á la puerta de esta habitación, se acordará de lo que se propuso, y llamará. Entonces abre usted la puerta, y sin dejarle entrar, le advierte usted que se ha equivocado de cuarto, porque éste es el de usted. El se deshará en excusas... ¿Y usted? -Yo quitaré de la vista todos los objetos que pueda echar de ver cuando abra la puerta para que no los reconozca. Mientras usted le habla, yo me esconderé en el ropero, 3 como usted no lo dejará entrar, no tendrá más reme: lio que irse, y entonces saldré yo v volaré... ¿Sola? Etubo un rato de silencio. -Soy casada- -murmuró. ¡Hay obstácu o l gal! ¿Y si ese obstáculo desapareciera? -Entonces... Unos golpes feroces, brutales, resonaron en la puerta. Haciendo un esfuerzo de energía y disponiéndome á todo evento, grité: ¿Quién está ahí? ¡Abrid en nombre de la le? ¡Somos perdidos I- -exclamó Dolly, corriendo á ocultarse en el ropero. Se abrió la puerta violentamente antes de que yo intentara el menor ademán, v cor ella penetraron en tropel seis ú ocho personas entre las que reconocí las otras cuatro dancinq- girls. jJescollaba al frente la gigantesca fio- ura de un constable con el casco encajado hasta las narices y el cltih en la mano, dispuesto á machacar el cráneo del primero que se resistiese á su autoridad. Tras él penetró un antropoide barrigudo, sin duda el coroner del distrito, y por último, el presunto marido con las cuatro sisters consabidas y dos dependientes del hotel, uno de los cuales había abierto la puerta con llave maestra y dado luz á la habitación. El coroner hizo avanzar al marido, y mostrándome con el dedo, le preguntó: ¿Es éste el individuo que le ha robado el cariño de su mujer? -Éste es- -contestó el interpelado con el mayor aplomo. ¿Testigos? -inquirió la autoridad volviéndose á los empleados y á las sisters. -Todos lo somos- -dijeron á coro. -Todos hemos visto la persecución del señor español hasta lograr que miss Dolly... Mi indignación estalló. ¡Conque una encerrona! eh? Una comedia bien tramada y dispuesta á beneficio de este simpático corito de sisters y del bausán que hace de marido, y todo para sacar la indemnización correspondiente? Busqué con la vista á Dolly y la miré cara á cara. Su sonrisa, aquella singular y arrebatadora sonrisa, brillaba más que nunca en sus labios entreabiei- tos, incitantes... ¡Aquella sonrisa me salió por un par de miles de dollars! JOSÉ G. ACUÑA. o a NUESTRO co, cu. s Dt c u e N j c s L E M A L E T L L ALONE