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de armar dibujando esculturales morbideces, y con el gancho siempre tendido para pescar algún toff, algún boyardo, algún rasta ó simplemente un primo, van estas famosas hermanitas por el mundo adelante, desempeñando concienzudamente su paradójico papel de ingenuas diablesas, todo descaro en la escena y todo pudor y recato en la calle. Sonó un timbre y descorriéronse los pesados, cortinajes á tiempo que la orquesta preludiaba lo; primeros compases de un bostón. D d fondo del escenario fueron surgiendo, una tras otra, hasta cinco gi aderezadas á estilo japonés un tanto fantástico, marcando el paso de baile con ligeros moviniientos de salto, rematadas con el indispensable ¡alsa pilili. Cuando estuvieron junto á las candilejas, desplegadas en ala y Cantando un aire plagiado de Geisha, pude contempLadas á mi sabor, merced al auxilio de los gemelos. Eran las cinco casi de la misma estatura, esbeltas, gráciles, de menudas facciones de figurín, bucles de oro, ojos aterciopelados que el lápiz y el difumino, empleados con arte, hacían aparecer más rasgados y profundos. Chantaban con bastante afinación y sin exagerar los gestos, mostrando cierta seriedad y recato, poco adecuados al ambiente de aquel salón, harto p ular y bullicioso. Su danza tetiía reminiscencias faraónicas, más propias de almeas egipcias que de bayaderas indostánicas. i Lástiipa que en vez del ritmo extraño y solemne de la música árabe, acompañada del chasquido monótono de los cequíes sacudidos como sonajas al compás de la danza, martirizase nuestros oídos el agudo sonsonete de los violines, figles y clarinetes de la desmedrada orquesta, ensañándose en la interpretación anárquica de un aire canallesco del Bozi ery! Desde el primer instante mis ojos se fijaron en la ciue parecía ser el centro y clave de aquel arciD iris, la que en el bouguef se mostraba como la flor más alta y erguida, y en la estrella hacía la punta del radio vertical y á cuyos lados los cuatro radios 6 brazos, terminados por las otras cuatro girls, parecían rendirle pleitesía y homenaje. Era un poco más alta que las demás, de un rubio más obscuro, leonado, facciones más pronunciadas, con rasgos atávicos de tipo hebreo, la mirada dura y persistente, el prognatismo inferior algo acentuado y con un brillo tál en los ojos y un encanto tan extraordinario en la sonrisa, que se sentía itno prisionero de aquella boca, hecha para pronunciar inapelables sentencias de por vida. Poco duró mi éxtasis, porque acabado el número, volvió á caer la cortina entre la indiferencia del respetable público, en el cual el trabajo de las Rainbozv Si sters no produjo el m. enor entusiasmo. Siguió la representación y yo volví á mi anterior estado de murria j fastid io, por lo que toipé la decisión de marcharme de nuevo á la calle á biltrotear sin rumbo ni objeto, hasta que, cansado y lleno de acedía y jaqueca, me fui á la cama á sepultar en el sueño la vaciedad doliente de mi tedio. la siguiente mañana de un día luminoso y primaveral, me levanté muy otro. La sal de la vida está, precisamente en estos saltos bruscos del ánimo, que en nosotros, los gacidos en climas septentrionales, reflejan el mudable aspecto de nuestro cielo, tan pronto cargado de brumas como radiante de sol. Abrí la ventana y ¡oh fortuna! en el balcón inmediato vi de pronto, como una rapidísima visión. la gentil figura de la Rainbovj Girl de mi especial contemplación la noche anterior, ataviada cfn el indispensable kimono matinal, por cuvas manga. s amplísimas asomaba la carnación espléndida de sus brazos desnudos. Debí haber puesto una cara tan estúpida de sorpresa que, advertida ella de mi presencia por el ruido de ra. i ventana ál abrirla, me miró y se sonrió con aquella rnisma sonrisa de que guardaba en mi memoria incieleble recuerdo. Pero antes de que pudiera reponerme de la sorpresa del liallazgo v aun rnás de la impresión candente de la sonrisa, desapareció la ¡irl en la intimidad de su habitación, veciiia de la mía. De un brinco me planté en el hall y allí averigüé cuanto es posible averiguar dentro de la circunspección hotelera, las elementales noticias que haber pudiera sobre mi encantadora vecina. Las cinco Rainboii Sisters habían llegado al hotel dos días antes que yo, procedentes de San Francisco de California. Tenían un contrato con el ilíonager del Little Palace por quince representaciones, ampliables á treinta si el éxito correspondía á la habilidad de las dancing girls. Pagaban bien, eran muchachas tranquilas, carecían de amistades masculinas y no se ausentaban de noche del hotel. La más alta se llamaba Dolly. Era cuanto necesitaba saber. Desde aquel momento comencé mi asedio con arreglo á la táctica española, un poco ridículo y tm algo más atrevido é inconveniente, pero en muchos casos i S v C: r jí- de seguro efecto para la vanidad femenina, Adem. ás, ¿chases d Éspagne! Ser español y tenorio, can la debida discreción y oportunidad, son cualidades que saben apreciar muy bien las misses anglosajonas de tmo y otro continente. Miradas tiernas, encuentros, al parecer, casuales para dar lugar á un saludo ó á una cortesía, insinuaciones expresivas con ojos y ademanes fog osos,