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DvMcci REVISTA ANO XIX ILUSTRADA y NUM. 972 M A D R I D J 8 D E DICIEMBRE DE 1909 DAMC- IKCT pocAS A eces en mi vida me había sciítido tan aburrido como aquella noche. En tierra dcíconüci da, sin amistades ni relaciones de ningún gcnc c, liallábarae jerplejo, apoyados los codos sobre la mesa dei fo. shionabíc Dining- room. donde acababa de hacer mi comida, sin acertar á decidir en qué forma a 3 arí: ¡a velada de aciucl día de mi llegada á aquella abr, rridísima ciudad norteamericana. Maquinalmente me levanté y salí, echando á a. nda: á la ventura. Subí buen trecho de la calle, la principal del pueblo, ya obscura y desierta cuando alienas hacía dos horas que había anochecido, y, sin saber cómo, me sentí atraído, como un insecto nocíívag o, or el inquieto isarpadear de dos lámparas de arco colgadas á la nierta de un edificio de vulgarísimo aspecto. Al acercarme divisé, á la altura de la marquesina, un letrero, formado de minfisculas bombillas incandescentes, que decía: L f T T E E PA! -ACE Era un music- hall. -i Vaya! -pensé. -Vamos á filosofar un rato so) re la unidad de la especie humana deducida de la raiyersalidad de la humana tontería. El pacifismo y ú internacionalismo propagados y difundidos Mr i et orhi por el music- hall, aclimatado en todas las QIR. LB zonas del glolio. ¡Hasta en China! i Hasta en España! Entré eu la sala. La función hal) ía comen. a (lo liacía r a t c En la escena, una artista flaca y huesuda cantaba con mediana entonación el t als tan pojudar de Jusi one cjirl. Cuando terminó de cantar sonaren tímidos aplausos y cerráronse las cortinas, cubriendo la embocadura del escenario. El indicador marcó otro número: el cuarto del rograma. Pedí á la acomodadora un ejemi lar y unos gemelos. El programa anunciaba: The Rainboiu Sisters. (í, as hermanas Arco- Iris. ¡Eamoso hallazgo! ¡Si no podían faltar en ningún music- hall las consabidas hermanas... de cualquier apellido! Cuando no las célebres Gibson Girls, ó las Miller Girls, ó las Gaicty Girls, eran las Sisters Morrisson, las Sisters Wilson, ó estas Rainhozv Sisters de mis pecados, alzando la pierna y haci. endo las mismas piruetas en Londres y en Nueva York, en Roma y en San Petersburgo, en Montmartre y en Coney- Island. ¡Peste con ellas! Con sus rizadas nieícnas de rubio ceniza, su sonrisa angelical, sus miradas candidas, su rubor siempre oportuno y fácil, el vaporoso tonelete volandero, los rosados mallones