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suele ser lo corriente; viajábamos para convencernos de que, aun cambiando el marco, seguía siendo el mismo el cuadro de nuestro amor... ¡Pero aquello tenía que concluir... Un día Elisa cayó enferma. ¿Qué mal era el suyo? No he llegado á saberlo todavía; mal horrible, mal odioso, mal cruelmente profanador, que destruyó en breve plazo su hermosura: ¿qué fué de sus mórbidos encantos? ¿qué de los colores que matizaban su faz? ¿qué de la alegría rebosante de sus ojos? Todo desapareció; y hubo flacidez donde había, turgencia, y pálidos jazmines substituyeron á las rosas, y en miradas de doloroso anhelo se trocaron los relámpagos de regocijo... ¿Qué mal era el suyo? Nadie me lo exphcó: las eminencias de Europa entera se encogieron de hombros ante aquella dolencia implacable que íbamos paseando tris- mida en somnolencia, volvía á sentir la cruel punzada del mal, y yo tornaba á practicar la inyección bienhechora... Hasta que una vez Elisa no despertó del sueño producido por mis invecciones. ¡Había muerto... Quise morir también desesperado, frenético; caí enfermo gravemente. Y he aquí que un día, convaleciendo ya de mí dolencia, que fué cruel conmigo no matándome, cayó en mis manos una revista en la que pude leer con espanto lo siguiente: Se ha iniciado entre los médicos extranjeros la costumbre de practicar la Eiithanasia, ó sea la buena muerte; los enfermos crónicos, los incurables, los que sufren males que llevan anejos grandes dolores, deben morir, y ellos y la humanidad saldrán ganando si se suprimen sus tristes vidas por medio de fuertes inyecciones mórficas... ¡Lo comprendí todo en su temente y que seguía siendo la misma en todas partes... ¡como antes era el mismo en todos lados nuestro amor... Y en tanto, el mal progresaba, y aquel cuerpo, que era mío, retorcíase desesperado en los espasmos del sufrir... Hubo un médico que logró calmar los dolores; ¡cómo abracé al infame! Unas inyecciones hipodérmicas bastaban. Pronto aprendí á manejar la jeringuilla de Pravah, y yo mismo hacía la incisión en uno de aquellos brazos, antes torneados, entonces esqueléticos... Mágicamente cesaba el dolor; dulce tranquihdad invadía aquel cuerpo antes transido de congoja; sueño reparador entornaba aquellos ojos, cuyo círculo violáceo crecía al cerrarse, y yo velaba, á los pies del lecho, sin atreverme á respirar siquiera, temeroso de interrumpir la placidez de su descanso... Al cabo despertaba, y, medio su- horrible crudeza! ¿Verdad que fué espantoso, caballero? H: acer que yo, ¡yo mismo! sirviese de verdugo á Elisa... ¿Pudo soñar el Dante una tortura de crueldad más refinada... Aguardé al médico, que seguía asistiéndome; como un tigre hambriento me agazapé detrás de la puerta, y cuando entró, me arrojé á su cuello, gritándole: Muere, infame! ¡A ver si es la tuya también buena muerte... Exaltándose conforme avanzaba en su relato, el loco quiso representar el desenlace á lo vivo; aferrado á mi cuello con sus manos- -movidas, sin duda, por músculos de acero, -me derribó. Creí morir, ahogado por la tenaz crispatura de aquellos garfios... Forcejeando por desasirme, grité cuanto pude. El doctor Arques y un loquero acudían cuando perdí el sentido. AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA. JBUJOS DE MEDINA VERA