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LOS DÍAS PASADOS... Actualidad indiscutible de estos días: el teatro de la Princesa ó, si se quiere, de Alaría y Fernando, que son más ¡ue príncij es en su casa y en la escena. Plan derrochado el dinero cu alhajar acjucl teatro que n o logró vida con ninguna empresa artística, y han derrochado generosidad en las dos primeras funciones: el producto íntegro de la primera fué para los pobres de Iadrid. E a segunda les costó dinero porque tuvieron que pagarlo todo y el público asistió gratuitamente. Fué un público que en su mayor parte veía i) or vez primera un teatro tan suntuoso, pisalja también por primera vez las ricas alfombras que el matrimonio artista ha puesto en el foyer y en las escaleras... para que las quememos sin compasión los fumadores, y. contemplaba un espectáculo montado con un aparato y un lujo uc nunca había visto. Y ese auditorio, en el Ue alternaban el mantón alfombrado, el pañuelo de Manila, la tosca americana y el uniforme de soldado, nos dio una soberana lección á los que vamos al teatro á murmurar, á discutir, á p a s a r el rato. á todo menos á rendir devoción á las manifestaciones del arte. Sí, señoras y señores; no lo tomemos á m a l pero no constittiye una frase retórica el decir ue en la noche del domingo aétuaron en el teatro de la Princesa t r e s nobles, tres verdaderos grandes de E s p a ñ a Fernando Díaz de Mendoza, María Guerrero y el público de mantones alfoinbrad s y pañuelos de I Ianila, de toscas americanas y militares uniformes... f 1 legó Diciembre. Estamos en plena fiesta de Santa Bárbara, de la que nadie se acuerda hasta que truena ó cosa parecida; en vísperas de la Concepción, día de días de muchísimas españoles, y en antevísperas de Navidad, cuya proximidad proclaman, las golosinas exhibiéndose en los escaparates de las confiterías y los pavos desfilando en legión por las calles de las entradas en Madrid. Ahorrémonos consideraciones sobre Diciembre, el mes de la nieve, del calor de la familia, etc. y, descendiendo á más vil prosa, convengamos en que es ante todo y sobre todo el mes de la lotería, el mes del gordo. Juegan ustedes, sí; no hay para qué disimular. O c u r r e con esto de jugar á la lotería lO que con el mareo. H a y quienes se resisten á confesar que se marean, como si el mareo dependiese d d s u voluntad, y en cuanto pisan un barco caen hechos un leño, y hay quienes niegan su afición á la lotería y se juegan las pestañas. Este año se juega menos. E n algunos países extranjeros se han hecho unas loterías á la medida p a r a andar por casa y desdeñan la nuestra. E s lo mismo. jjugará el Estado por ellos y... ¡p a t a! Que cargue con el gordo el Tesoro ó que cargue Pericoi- el d é l o s Palotes, ¿qué más da? Siempre seremos, n o buenos hijos del Estado, pero sí excelentes primos... Observaciones de aquella noche... Algunas mujeres entraban en el foyer, y tras de una mirada á las paredes, que parecen adornadas con encajes luminosos, preguntaban á los ujieres: ¿P o r dónde se subcf Llevaban localidad p a r a butaca, pero no concebían asistir á un teatro no siendo en las alturas. Algunos obreros llegaban envueltos en su llanosa. Se desembarazaban en el vestíbulo. Si iban á butacas, se detenían en la puerta, se quitaban la jf: Con Diciembre han venido, como es natural, los grandes fríos; sobre todo, las grandes heladas. Por las noches el cielo se ofrece diáfano, hermoso las estrellas nos brindan mayor fulgor. Da gusto contemplar el firmamento. Y hasta da pulmonía. Si tienen ustedes gusto en ello, miren al cielo, y, sobre todo, á M a r t e que, según dice el sabio L e wéU desde su observatorio de Arizona, ha entrado en notable actividad, sin duda porque sus habitantes han comenzado la reconstrucción de sus grandes canales. Vamos, se conoce cj ue también allí ha entrado u n Gasset en el ministerio de Fomento. capa, hacían de ella un rebujo, y con él debajo del brazo ocupaban su localidad. L na vez sentados, colocaban capa y gorra íobre las rodillas. Desde ese momento hombres y mujeres parecían esfinges. Si algún crío, en los brazos de su madre, empezaba á. berrear impaciente, nn chisss enérgico, aterrador, ahogaba el sollozo en la tierna gargan-