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agora de ál cjue del recuerdo de aquellos amores. Fuera pedir tal cosa al malaventurado Andrés pretender que el sol variase su curso, de Occidente á Oriente; y como sus padres, por no aumentar la congoja cj ue le embargara, no habían querido detallar punto por punto la infidelidad de la doncella, resolvió ir él mcsmo á convencerse de lo cierto de su desgracia, y tina noche tenebrosa, elegida de propósito para recatar su persona en la escuridad de las sombras, tomó el camino de la aldea de Leonarda. Cuando regresó á la suya, rayando el día, manifestó á sus padres la firme resolución que había tomado de retirarse á hacer la austera vida del claustro, como lo puso por obra desapareciendo de aquellos lugares. Dije, si no me engaña la memoria, que presto se consoló Leonarda de la ausencia de su prometido. Prueba infalible de que no miento es lo que sigue: Ciertos señores que poseían una casa de placer no lejos de la aldea, organizaron una partida de caza, invitando á ella á varios caballeros de la corte. Uno destos se extravió en la espesura, corriendo el riesgo de pasar la noche al aire libre; mas acertó á encontrarse con Martín Padilla, que regresaba á su morada conduciendo un hato, y le ofreció hospitalidad. Y como la casa del pastor estuviese más cerca de aquel punto que la de placer y las ofertas de Martín fueron hechas de muy buena voluntad, aceptó D. Lope, que este nombre tenía el caballero, y al cabo de pocos momentos encontrábase frente á frente con I eonarda. Cautivaron á él las prendas de la doncella y no menos complacida quedó ésta de la apostura del mancebo. Y sucedió que habiendo pasado un buen rato en sabrosa plática, admirado el caballero de las discretas razones con cjue Leonarda se expresaba más aún que de la desusada fermosura de que Dios la había dotado, sintió abrirse en el fondo de su pecho un volcán impetuoso de amor, el cual tomó tales proporciones de voracidad, que D. Lope por apagarlo pidió al pastor la mano de su hija antes de partirse. Xo podía I lartín imaginar que un señor de tan principal condición pusiese los ojos en la humilde Leonarda guiado por fines que no fuesen bastardos; y con palabras comedidas y respetuosas agradesció la merced y manifestó su negativa, apoyándose en la promesa que con Andrés había empeñada. Xo se desalentó don Lope y repitió la expresión de sus deseos tomando por medianera á la mcsma Leonarda, para lo cual trató de ganar su voluntad valiéndose de ofrecimientos que á la doncella sin duda convencieron, puesto que Martín cambió al poco de paresccr. Xo sé c ué brincos y gargantillas acabaron de domeñar su A- oluntad, y por el tiempo en c ue Andrés emprendía el regreso comenzaron á concertar planes para las bodas, i I Ial hayas tú, venenosa ambición, c ue así truecas los ensueños pk icidos de una virgen en intranquilas pesadillas, dañando su pecho y torciendo sus más nobles inclinaciones! Siempre vivió Leonarda con modestia y jamás apetesció esplendideces ni regalos; pero cuando el demonio del orgullo le hizo imaginar el realce ijuc á sus naturales gracias darían primorosas valonas de rizada lechuguilla, saboyanas de chamelote y chapines altos de guadamacil, maldijo del modesto añascóte que hasta entonces trujo, y renegó del jubón de rasilla que ceñía en su talle á diario, trasladando sus pensamientos al tiempo en que paseara en birrotón por las rúas de la corte. DIBJIOS DE ME, D ¿L B J Í N G A Una noche jlaticaba de amores con D. Lope cuando acertó á pasar junto á ellos un embozado, el cual dejó sentir un largo suspiro denotando experimentar una amarga congoja. En el eco creyó Leonarda reconocer el acento del engañado Andrés, y turbóse de tal manera que D. Lope hubo de advertir la alteración cjue aquel transeúnte causaba en la señora de sus pensamientos, y en adivinando los dclla corrió al encuentro del embozado y tras cortas frases que nadie ha podido averiguar, oyó Leonarda el violento chociuc de dos espadas seguido de un grito de angustia. Tras los momentos en que, presa de un anhelo febril, apoyaba sus sienes ardorosas en los hierros de la fenestra, una sombra se deslizó ante ella, depositando en su oído esta queja: ¡Ingrata! De aquel lance misterioso cupo á D. Lope la peor parte; mal fcrido estuvo en cama luchando con la muerte, pero la robustez de su juventud logró triunfar y al cabo de un año visitaba á Leonarda, conviniendo en que las bodas se celebrarían de allí á pocos meses. Xo acierto á encarecer á vuesas mercedes la generosa liberalidad de que en ellas hizo alarde D. Lope, pues sería tarea en extremo vana y no quedara complídamente satisfecha vuestra curiosidad. Bastaráme decir cjue de las repletas arcas del novio salían á miles los ducados para que la cerimonia resultara fastuosa. Apercibiéronse músicos, juglares y danzantes que recrearan con sus habilidades á los desposados y se organizó una fiesta de toros, tras la cual se romperían cañas con destreza. Llegó por fin el día en que se iba á confirmar la dicha de D. Lope y la desgracia de Andrés. En un convento de la corte se celebraría el acto solemne, y para ello ya Leonarda 3 su familia se aposentaron en el palacio de los padres de don Lope, siendo acogidos con generales muestras de contento. Aderezada la novia espléndidamente, era de ver cómo ca. usaba la envidia de cuantas la vían y la admiración de cuantos la contemplaban, y entre gentes poseídas de tales sentimientos cruzó del palacio á la capilla donde se iban á celebrar los desposorios. Estaba invadida de gente que manifestó su sorpresa con un sordo clamoreo cuando dos filas de pajes, vistiendo sendas ropillas ajironadas, abrían paso á los novios entre la muchedumbre. Sahó al encuentro dcllos, para ofrecerles agtxa bendita, un fraile de luengas barbas negras que clavó una mirada penetrante en los ojos de Leonarda, estremeciéndola visiblemente. No le cupo duda á la novia que el religioso cjue tenía ante su vista era el mesmo Andrés; y cayendo á sus plantas, presa de una grande congoja y sobresalto, demandó perdón con entrecortadas razones y perdió el conocimiento. Acudió á sostenerla don Lope, sin cuya presteza hubiera dado en el suelo con su cuerpo, y trató en vano de reanimarla. Era un cadáver. Conosció D. Lope que en aquel extraño suceso tomaba parce la mano de ía Providencia, y enterado de cjuién era el fraile cpie, pálido de dolor, tenía ante sí con los brazos cruzados, acudió á él no menos entristecido y le tendió los suyos pidiéndole hospitalidad en acjuel convento, donde dicen que acabó sus días en olor de sajntidad. Así terminaba mi agüelo la historia de- Leonarda y Andrés, y en Dios y en mi ánima que siento no ha berla referido con mayor donaire. JOSÉ B A L L F S T E R NICOLÁS. O Í U G T K 0 C 0 C U K S 0 QJ. C U E i l O G L E M A L A D 3 NNA F. MÓ 81 LB