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ron, como se comprenderá, simples ideas de admiración las que inspiró á los maiicebos. Muchos hubo que, juzgándose con títulos sutícientes para solicitar sti mano, expresáronle sus deseos de tomarla por compañera, encareciéndole aquellas virtudes de que se creían poseedores para inclinarla en favor de sus pretcnsiones; cjuién le ponderaba lo abundante de sus riquezas, señal de tina vida cómoda y regalada; quién su honradez intachable y su laboriosidad, base de la doméstica dicha; pero ninguno halló en las contestaciones de Leonarda una muestra de asentimiento ó de agrado por donde concebir la más leve esperanza, en vista d e d o cual no parescía sino que estaba x rivada de u n corazón C ue le hiciese sentir las emocicnes dulces del a m o r claro está que pues había visto quince veces florescer los almendros del campo, no podía ocurrir cosa tan estupenda. A la verdad, cuando per la noche se ascondía en busca del descanso, i iara reparar las fuerzas perdidas en las tareas de la casa, no se pintaba en su semblante la indiferencia que á la vista de las gentes mostraba durante el día. Entonces desplegaba los labios p a r a soltar un tierno suspiro, enjugaba en sus párpados alguna lágrima furtiva ó sonreía á vina imagen c uc en el espacio forjaba su mente. Acabaron por retratarse en el rostro las impresiones de su alma, dando así qué decir á los que la observaban, y algún despechado amante, con ruines ideas de venganza acaso, hizo correr la voz de que cierta noche de luna, un apuesto doncel había escalado pisar los umbrales de la casa de Martín Padilla á un gallardo mancebo, de cuyo cinto pendía una espada y cuya indumentaria acusaba á la legua un soldado de Su Majestad. Andrés Carrasco fué (le allí á poco reconoscido como futuro dueño de Lconarda, y ya fraguaban los otr s. mozos desdeñados algún plan que diese al traste con sus pro yectos de matrimonio, cuando un suceso inesperado vino á trastornar el curso de los acontecimientos. iíncendiéronse turbulencias en Irlandés, y A n drés Carrasco partió á la guerra. Grande era el amor cjue Lconarda le profesaba y así lo dio ella á entender cuando llegó el momento dui o de la despedida. Mudósele la color y acometic) le un violento desmayo qtie juzgaban de resultados funestos, cuando Andrés la hizo t o r n a r á la vida con el calor de su pecho, repitiéndose los enamorados mil promesas de fidelidad. P a r a mi santiguada cj; ue no eran m u y firmes las de L c o n a r d a cierto que no desapareció la palidez de sus mejillas y que su taciturnidad y nialcncolia hacían presagiar algo no muy lisonjero; mas á la postre fué cambiando de parescer y no le c uedó del soldado ausente sino un efímero recuerdo. N o ocurrió otro tanto con el joven. Caminaba sumamente triste adonde le condujera su deber, y aunque hubo de visitar en su viaje muchos y variados países en circunstancias críticas, ncj fui; bastante aquella sucesión continua de impresiones para atenuar un momento la que Lconarda había U i 1 f W ífíW -V -í vV U, la reja de Lconarda, y, apartando las moradas campanillas que servían como de orla á su cara de nieve, saboreó la miel de sus labios, según testimonio del céfiro nocturno. Fuese ó no verdad, C ue á mí no toca averiguallo, es lo cierto que el padre de Lconarda recibió de allí á poco la visita de ciertos labradores de un pueblo inmediato y como consecuencia del feliz suceso de aquella, vióse desde entonces rondar los contornos v aun producido en su alma de u n modo indeleble. Y al cabo de una ausencia de seis años, cuando tornó á contemplar el cielo bajo el cual sonriera por primera vez á la vida, palpitó su pecho de placer y apresuróse á llegar hasta el hogar paterno on ánimo de abrazar á su familia y de rccebir nuevas de Lconarda. Aconsejáronle sus padres qtie, pues había la ingrata pagado con el más cruel de los olvidos una constancia ravana en heroísmo, curase