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retiróse la mujer, tabicando los loquetes de la casa y sentándose al lado del enfermito á coser para no dormirse. i Qué minutos más largos le parecían aquellos á la guardabarrera, en la soledad tan grande que la rodeaba, en el pavoroso silencio precursor de algo espantoso! El niño le preocupaba más que nada y á veces inclinábase hacia la cuna para mirarle de cerca, sin atreverse á tocarlo por temor de que se despertara. La criatura abrió los ojos y comenzó á quejarse débilmente estremeciendo sus bracitos. La madre, con el instinto de todas las madres, tales muestras observó en aquella carita, que comenzó á inquietarse perdiendo la serenidad. La tormenta se presentó al fin con sus truenos que retumbaban de peña en peña, de barranco en barranco. -i Dios mío, qué noche! -gemía la pobre mujer, -y Ramón por esos caminos, tan lejos; mi niño cada vez peor. ¿Qué va á ser de mí. Virgen Santísima? Con esta noche no volverá á casa. No, no volverá, y yo sola, ¿qué voy á hacer? ¡Infeliz de mí! Si yo pudiera avisar á la casilla de Miguel... ¡pero está tan lejos! ¡tantos kilómetros! Y cómo dejo á estas criaturas solas? j Imposible! ¡en noche tan espantosa... No te dejaré, ¡no, hijo de mi vida- -añadía la desdichada cogiendo á su niño de la cuna y estrechándolo coii ternura entre sus brazos. De pronto, se acordó de su deber y miró al reloj. -El correo pasará pronto y no puedo separarme de aquí. ¡Jesús! ¡Qué atrocidad! -añadió tapándose los oídos al resplandor de un relámpago intensísimo y esperando el trueno; el tableteo de la descarga fué formidable; parecía venirse la casa abajo, y á ese trueno le siguió otro más fuerte y luego otros muchos. La mujer, con el niño en brazos, acudió presurosa á la pequeña alcoba donde estaba la chiquilla. No se había despertado. ¡Se duerme tan bien á los tres años! El tren debía llegar de un momento á otro. Sebas tiana dejó otra vez á su pequeño en la cuna, encendió el farol verde y, echándose un mantón que le cubría la cabeza, entreabrió la puerta por donde se coló hasta el último rincón de la casa una bocanada de, viento húmedo y frío con olor de tierra mojada. Allí se estuvo la mujer sin aventurarse á salir á la vía, poniéndose á escuchar atentamente hacia el lado por donde el tren había de llegar, y cuando oyó su trepidación al acallarse un rtromento la tronada y poco después cHstinguió la pupila roja de la locomotora, avanzó algunos pasos y levantó un brazo con el farol, mientras con la otra mano sujetaba por debajo de- su barbilla el pañolón que se había echado sobre la cabeza. Vio pasar el tren con velocidad vertiginosa, como un monstruo fantástico, con las vidrieras de sus coches cerradas y chorreando; le pareció que de un departamento salían murmullos de guitarreo, cantares de jota y risotadíis de gente alegre. Todo pasó en un ímoíriento. Aquella multitud encajonada había- interrumpido- sólo un instante la soledad aterradora que otra vez sintió la triste mujer, y después que los faroles del furgón de cola se habían sumido en la obscuridad de otro túiael, bajó con desaliento los brazos y metióse en su casilla á devorar el, llanto, abatidla, juntó á la cuna del enfermito. La meningitis hacía visibles progresos y- el niño no otra cosa que exhalar débiles quejidos y menear lai, cabeza. Su madre probó á que- mamase. ¡Nada! Lá, desesperación de aquella mujer crecía por momentósicómo la tempestad de afuera. ¡Tan sol a! Tan lejos de donde pudieran socorrerme- -exclamaba la infeliz. -Sin noder llamar á un médico, i Dios mío. ué desgracia! Pasó con; aquella mortal angustia las horas que mediaban hasta la llegada- del otro tren. Tan pronto tolaaba al niño en sus brazos, tan pronto; lo dejaba en la cuna; ya se ponía á rezar, ya abría una ventana DIBUJOS DE MJ rDEZ BR 1, GA como para pedir socorro. La tempestad seguía rugiendo, la lluvia era torrencial. Alcanzaba á su colmo ei martirio de aquella madre sin ventura cuando se fijó en la esfera del reloj estremeciéndose. Faltaban pocos minutos para que el expreso pasara. Recordó las palabras de su marido, y una idea rápida cruzó por su mente, nublada como el cielo. El farol verde, vía libre; el rojo, señal de alarma. Sí, ella tenia alarma porque se le moría su hijo, y para una madre su hijo lo es todo. En el expreso iría gente buena, caritativa, gente al fin, fuera como fuese; tal vez algún médico. La vía no podía ser libre teniendo ella tanta alarma. -Yo necesito el auxilio de esa gente y lo tendré. Y mientras resueltamente decía estas palabras, sin razonar, sin pararse á pensar en lo que iba á hacer, nerviosa, febril, desencajada, iba preparando precipitadamente el farol rojo, y con él encendido lanzóse á la vía desafiando animosa á todos los horrores de la tempestad y de la noche, levantando el brazo todo lo que podía para que se viera bien aquella luz rojiza que hacía brillar los carriles con siniestros resplandores. Ramón, su marido, entre tanto, regresaba á la caseta, cumplida ya su comisión, y á pesar de la tempestad, más bien por eso mismo, pues no consideró prudente que su mujer pasara toda la noche sola. Alumbrándose con su farol de mano iba por el andén de la vía caminando con precaucioijes al pasar por los puentes y sacando por la barandilla el farol para ver hasta donde llegaba la corriente impetuosa de la riada que bajaba por el barranco. Su temor era que la vía estuviese cortada por algún punto. Cuando al salir del último túnel, uiio de los iimaédiatos á su caseta, vio de pronto brillar la luz roja del farol de Sebastiana, paróse sorprendido; sintió un sacudimiento. -Alg- o grave- ocurre- -pensó; -la vía estará cortada y Sebastiana avisa al expreso que no tardará. Echó á correr cuanto podía por aquel terreno resbaladizo y llegó anhelante hasta donde estaba su njujer, que ya también lo había visto y comenzado á gritar: Ramón, pronto, pronto; nuestro hijo... ¿Qué? ¡Está muy malo, muy malito J- -Pero, ¿y ese farol? ¿Qué pasa en la vía? En la vía, nada; á nuestro hijo, á nuestro hijo, sí- -sollozaba la guardabarrera abrazada á su marido. -Entonces, ¿por qué el farol rojo? -Para pedir socorro para nuestro hijo que se nos muere. ¡Desdichada. ¿Qtté haces? -gritó el hombre, atendiendo á su deber antes que al vuelco de su corazón de padre. ¡Detienes el tren por eso! ¿Tú sabes la responsabilidad... ¿Te has vuelto loca? La suerte que viene con retraso, pero ya está ahí. ¿Lo o y e s Esconde ese farol en las entrañas de la tierra- -y arrebatándoselo, lanzóse como un ¡rayo á la caseta, encendió el farol verde, echó una mirada indefi. nible á la cuna donde agonizaba su hijo y salió á la vía a tiempo que el expreso se presentaba á toda marcha y cruzaba por delante de la caseta. Pasó y desapareció el tren que llevaba aquella gente caritativa de Sebastiaxra, aquel médico que tanto deseaba la pobre mujer. Pasó sin detenerse, siii prestarles auxilio. Tyvo yía libre y por ella se deslizó hacia Otras tiejfás pobladas, mientras ellos se quedaban con la soledad y negrura de la noóic tn descampado, con la negrura dé la pena en el corazón. -El tren ya pasó- -dijo á su mujer el guardabarrera. -Vamos ahora á nuestro hijo. Pero era ya tarde. El pequeñuelo también había pasado por esta miserable vida terrena, como el exrireso. i A toda marcha! MANUEL L A S S A Y Ñ U Ñ O DE KltESTnO COrXUr. EO D- i CUENTCS, L E M Á TCDA MARCHA