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jefe de la eptación más próxima para asuntos del servicio, estaba lejos en a uenos momenics. Por si tenia nue pasar la noche fuera de su albergue, antes ae marcharse habia pre -nído á su mujer la puntual observancia de su co uetido al paso de los trenes. Ella estaba al corrienl. de lo que habia que hacer en cada caso; muchas veces había reemplazado á su marido en las ausencias de éste; sin embargo, ol hombre no quiso marcharse sin prevenirle: -Xo te descuides; mira la hora á menudo; ya sabes, el correo á las once; el expreso á las dos y veinte de la madrugada. morena, pero yo me volveré en cuanto me despache D. Ricardo. Así iba pensando e! guardabarrera vía adelante tan confiado y sin contar con la huéspeda. Y la huéspeda se presentó bien pronto, pero, ¡de qué modo! I uera, la tempestad que se fué cerniendo hasta estallar con una violencia formidable; dentro, la enfermedad del pequeñuelo, que no era un empachillo como la calificara su padre, sino algo más grave, muy grave, que comprometía sti existencia, y el mal, como la tronada, se cernía también sobre la criatura, mf ¿Tanto vas á tardar? -interrumpió la mujer. -Por poco que me detengan pasará la hora del expreso. Sólo para ir ya sabes que se necesitan dos horas larg- as; otras dos á la vuelta, ya son cuatro; eso si vuelvo esta noche; no es la primera vez que he tenido que pasarla fuera de casa. -Bastante lo siento yo, que me quedo sola con estas criaturas. Pero esta noche volverás; ya ves: está el nulo malito... Dile al jefe que te despache pronto. ¿Jj ara qué te querrá? i Dichoso servicio éste 1- -Bueno, mujer, bueno: en cuanto me suelten me tienes de vuelta; pero tú mucho ojo, ¿eh? Sobre todo, no vayas á equivocarte de farol; eí verde, vía libre: el rojo... -Señal de alarma; ya lo sé, Ramón- -interrumi) ió la mujer. -A ver si no te duermes, Sebastiana. -Vete tranquilo. Y marchóse el hombre con su tosco gabán de servicio y su farolillo de mano. Xo había por qué i) rcocuparse. La caseta es verdad nue está lejos de las dos estaciones; que el sitio es muy solitario, ero la Sebastiana no tiene miedo á nada y muchas veces se ha quedado sola con los chicos. VA pequeño, Ramonín, un poco malo está: pero ¡l) ah I cosa sin importancia algún empachillo; es Sebastiana tan madraza! Siempre con el crio tirando de ella que le va á sacar hasta las entrañas. X ubarrones hay. i Hum I Puede, puede que se arme esta noche alguna mari- haciéndola dar cabezadas de hombro á hombro, síntoma de malísimo güero. Cuando Sebastiana quedóse sola, acostó a la niña, deliciosa morenílla de tres años que no podía tenerse en pie de sueño y cansancio, después de corretear el día entero por aquellos ribazos y por el iardincillo microscópico contiguo á la vía. Luego fregó los pocos cachivaches diseminados por el hogar, barrió las migajas del suelo, guardó los restos de la cena en un pequeño armario y ocupóse, en fin, en otros menesteres propios de mujer hacendosa y limpia. a De cnancio en cuando acudía á ver la hora en el reloj de pesas colgado en una pared de la habitación principal v, sobre todo, cada vez que pasaba junto á la cama del niño no se olvida. ba de echar una nnrada á la pobre criatura que, envuelta en sus pañales y arrebujadita entre otras roijas, parecía dormir, cuando lo que tenia era una alarmante postración prociucida por la fiebre. Aún faltaba más de un. a hora l) ara la llegada del correo; la que se acercaba con velocidad de expreso era la tormenta, enviando como heraldo una ráfaga de viento que golpeó con violencia puertas y ventanas. Retumbó un trueno lejano, luego otros más próximos. Sebastiana barruntó tma mala noche y temió por su marido. Asomóse á ver el cariz que presentaba el escaso trozo de ciclo que permitían divisar los elevados montes. Todo estaba cubierto de espesas nubes obscuras, y con zozobra