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s -7 fl T n T T- Alia mar, lunes i ¡de Sepiicmbte. la tropical ENna zonaocultarse. tiene el sol una manera di de Allá en la costa cantábrica muere el sol tímidamente, sobre un m a r ceniciento y envuelto en brumas ó en n u b e s es a. quél un sol fatigado que se acuesta sin ninguna clase de ostentaciones, un sol modesto que no quiere fiestas de luz en la hora de morir. Pero en el Trópico el sol se reviste de todo su poder, como verdadero rey y señor del cielo, de la tierra y del mar. Aquí es el sol un príncipe sublime que nunca abandona los atributos de su realeza, ni aun en el momento de la muerte. Al contrario, en la hora de la muerte es cuando este sol magnífico y ostentoso quiere vestirse con 3 US adornos mejores. U n crepúsculo en la zona íropical es algo que deja en la memoria una huella- imborrable. N o importa que el horizonte esté cubierto de n u b e s aun parece que las nubes sirven p a r a acrecentar la magnificencia del espectáculo. Cae el. sol hasta el borde del agua, y las nubes se i n c e n d i a n toda la parte de occidente se convierte en u n a llama. Y como las nubes están escalonadas, cada contorno de nube recibe un matiz diferente, un grado de llama distinto, de modo que dentro ele este incendio se amontonan todas las tonalidades del fuego, desde el amarillo tierno hasta el anaranjado. Y es tan vivo el incendio, tan abundante la luz, tan rico el color, que á nuestros pobres ojos, habituados á unos tonos y matices fríos y pobres, esta espléndida fiesta luminosa los deja asustados, anonadados. Viendo estas puestas de sol y esta naturaleza abundante, se comprende todo el sentido de la literatura índica, llena de imágenes, de hipérboles y de exaltación panteística. El incendio de una i) uesta de sol tropical no p u e d e contarse con palabras serenas y comedidas; ante este cielo pródigo, la palabra del hombre tiene que ser necesariamente pródiga en imágenes y en hipérboles. Si no estuviese, como estoy, ensuciado por el roce de esta horrible sociedad de á bordo, yo también, como los poetas di 2 los Vedas ó del Ramayana, me levantaría enfrente del sol, cuando se acuesta regiamente sobre el mar, y lanz v ia. al viento unas cuantas estrofas llenas de lirismo y de hipérbole... Pero más tarde, una vez que en el ocaso no queda rastro del día, cuando la sombra ha rodeado totalmente el círculo del horizonte, entonces los pasajeros van metiéndose en sus camarotes, y sobre cubierta rema la paz. El buque se limpia de toda suciedad humana. L a s pobres gentes, tanto las ricas como las miseraDies gentes, todas se recogen bajo el manto común del sueño. E n esa hora de soledad y silencio es cuando á mi me encanta subir al sobrepuente y mirar las estrellas que bogan infatigables por aquel m a r del cielo infinito. Apenas se advierte más ruido cjue el de las aguas en esa hora suprema de la media noche. L a máquina del barco trepida rítmicamente deja oír un tic tac sordo, lejano, anhelante: perc más bien c ue ruido es un latido interior, que SL le siente al tacto y no al oído, como el golpe dei corazón en nuestro peclio. Sólo el m a r es quier abla en esta hora sagrada de la media noche Infatigable, incomprensible, el m a r está pronunciando eternamente sus amenazas ó sus halagos. Salen hendidas las olas, y al separarse del barco, huyen m u r m u r a- lo si. nidos de una melodía primitiva y simple: es una misma nota que se repite con diferente r n- o y con distinta vehemencia. Y al separarse las olas, su superficie se convierte en un montón de espuma. Estas espumas... ¿Cómo podría 3 0 describir el encanto y el coló; de la espuma en el m a r tropical? E s una espuma fosforeí ente, blanquísima, de un blanco increíble. Los ojos no pueden resistir esa blancura alucinante que fosforece y brilla sobre; un fondo de esmeralda. Y después, cuando la ola se ha sose gado y se aleja, la blanca superficie queda esmaltada con puntos de fuego, con extrañas y fugaces fo. sforescencias que hacen el efecto de luciérnagas animadas. Toda la extensión del Océano es u n a llanura densa, obscura, casi negra. El cielo clarea al resplandor de sus infinitos luceros. U n lucero hermoso, grande como una lámpara, fijo en e! horizonte, derrama sobre el m a r sus reflejos de oro. La vía láctea rompe por medio la bóveda de cristal. H a y un silencio que abruma... lirota de la enorme chimenea una bocanada de humo que se ratmerge en el abismo de la noche obscura. U n niño llora, acaso en cl seno del buque, con una queja remota y tristísima. Acaso también, de entre el rebaño de proa, sale el gemido de u n a malagueña que vierte en la noche su lamento prolongado. JOSÉ M. á SALAVERRIA. lBUJOS DE E S P Í