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LOS DÍAS PASADOS. uántas cosas en pocos días, ¿eh? Término de las operaciones militares en el Rif, visita del Rey de Portugal á nuestra corte, incendio del teatro de la Zarzuela... El fin de la campaña de ha sido bien acogido, pero... Y en este pero pongan ustedes as admiraciones, interrogaciones, puntos suspensivos y signos ortográficos que tengan ustedes á bien. El cronista no puede, no debe ser comentarista. Consigna el hecho, y como no es su pluma un obj etivo que recoja el gesto indescifrable que en la gente produjo el hecho consignado, hace mutis por el foro. í í Y, j caballeros, que estamos en días de situaci ciii liberal, cuyos hombres tanto clamaron anteriormente contra revias censuras, contra molestias al público y contra restricciones y chanfainas 1 El joven monarca iortugués lo ha pasado bien en M adrid. Ijcllísima es la capital de su reino y bella es la de este nuestro reino en la parte que ha visto, pues hemos tenido buen cuidado de hacerle ver solamente lo presentable. Pero- afecto, respeto, simi) atías ha encontrado 3- esto es lo esencial para lustre y honra de esta villa que tantas veces hace bueno el dicho vulgar de t a m bién la gente del pueblo tiene su corazoncito No podrá decirse ciertamente que para reci- birle Aladrid ardió en fiestas. Pero, en fin, ardió la Zarzuela... Su Majestad Fidelísima tuvo en Madrid un, recibimiento muy afectuoso. Además de juventud, que es siempre simpática, lleva consigo don Manuel la aureola de la orfandad c ne surge de entre las tinieblas de la tragedia. El que no se avenga por sus ideas á ver en él al representante más alto de un pueblo hermano, verá al adolescente testigo del horrendo crimen cjue le desgarra el alma, al niño que tiene que hacerse superior á sus fuerzas y luchar contra la horrible visión de sangre y muerte que le rodea para recoger la enorme carga de un reino sumido en intensa perturbación. 1 exceso de precauciones adoptadas por las autoridades antes y durante la visita regia, serían justificados, no hay para qué dudarlo ni para cfué mermar fortaleza á la paternidad oficial. H a y momentos en la vida de los pueblos en que los dedos se nos antojan huéspedes, y á veces lo son; pero del exceso de precauciones al exceso en las precauciones hay un buen cacho de diferencia. Y ese segundo exceso, con evidentes tendencias á molestar, fué lo que advirtió la gente; no sólo la gente que particularmente va á todas partes aunque no la llamen, sino la que va oficialmente porque la llaman. ¡Señores, que se les cerró el paso á la estación el día de la llegada á los padres de la patria, secretarios del Congreso, que iban por disposición oficial! i Señores, que se les cerró también á altos funcionarios civiles y militares que por igual mandato acudían á la cita! ¡Señores, que se les negó á los repartidores de cosa tan respetable como la correspondencia i) úblicf. ¡Señores, que costó Dios y ayuda dársela á un pobre y pacífico muerto que sin pizca de curiosidad, sin ánimo de manifestarse, ¡puede afirmarse! bajaba por la cuesta de San Vicente conducido en un coche fúnebre camino de un cementerio! Y esas cosas no se hacen si no hay órdenes precisas y terminantes que así lo disponen. -Jfi l! i Pobre teatro de Jovellanos, de tan excelente hoja de servicios para el a r t e! Madrid le ha visto desaparecer con el mismo pesar c Ue ve el término de un objeto uerido, tradicional, que evoca el recuerdo íntimo de nuestras alegrías y nuestras penas. Equivale á perder algo, mu nuestro, algo como la casa solariega testigo de nuestros buenos tiempos y de los de nuestros nadres... ¿Cómo se inició el fuego? Se ignora. Sólo se sabe que en las últimas noches hubo en aquella casa alborotos, disgustos, protestas, contraprotestas... Realmente, la cosa estaba que ardía y la gente que echaba chispas...