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7 YEXSE chirridos de g a r r u c h a s de los cubos desciende al fondo de aljibes y cisternas el agua sonora. E n los pretiles de los floridos acirates del patio, los mozos disponen su tocado matutino. Barreños vidriados sirven de jofaina; el agua a b u n d a no se echa de menos el jabón. El atavío es fácil, sencillo, breve. Los mozos se japotean sin duelo. Sobre espaldas y cuellos curtidos cae, desjiiiés del k. vatorio, el agasajo de la camisa limpia. Toca á misa una campana cascabelera. El resi) landor diurno no amortigua todavía en el cielo el brillo del coro de estrellas. x l segundo- to (iue de la alegre campana no falta 3 a crsona; entran prim e r o mujeres enlutadas; después mozas garridas que lucen velos toallas de Almagro, y, filtimamentc, en tropel, los zagalones no entrados en quinta y los mozos casaderos. N o acude el señorío á hora tan t e m p r a n a el señorío que viste á las jóvenes de seda y las hace asistir íi misa con hiperbólicos sombrerillos. L a iglesia es antigua y amplia. Está el suelo embaldosado; no existe rastro de alfombra. Acomódansc las viejas en antiguos bancos de nogal. De un alto rosetón que da á Oriente, á través de empolvados vidrios de colores, baja al altar maj- or la tímida claridad del día. Reza la misa un sacerdote que tiene blancos los cabellos, arrugadas las manos. M u r m u ran las palabras latinas los labios del oficiante, y el lenguaje de los pasados siglos difunde por el templo el santo misterio henchido de unción de sus vocablos venerables. Al elevar el sacerdote la hostia dóblanse las frentes, suena solemnísimo repique, y el monaguillo, penetrado de su gran papel, maneja con peregrina habilidad la campanilla, que en ac uel instante no cambiaría por un cetro. E n el rayo de sol naciente, que ilumina la bóveda, flotan miríadas de livianos corpúsculos. Acabada la misa salen los hombres y lían torpemente, ayudándose con navajas, apretados cigarrillos. Atisban los mozos á las jóvenes r e c a t a d a s palpitan promesas en el aire aromatizado y fresco y muchos corazones, solitarios al entrar en misa, encuentran al salir al compañero de su vida. Alguna octogenaria aparece en la puerta del templo palpando la p a r e d el sol del membrillo no tiene poder para caldear los pies ateridos de la encorvada mujer ni para iluminar sus turbios ojos. Decrépitos ancianos avanzan apoyados en el hombro de sus netezuelos. Estos vejetes claudicantes, beneméritos de la vida, aconsejan que se madrugue para ir á la misa de alba. VIRGILIO C O L C H E R O