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nal desíiiíc, el primer piloto dijo al capitán durante lu con ida; -No hemos pensado en lo que va á ser de Airoso cu este viaje. ¿Pues? -preguntó el capitán. -Aludo- -contestó el piloto sonriendo- -á los odios le nuestro perro. ¿Qué va á hacer al encontrarse n el mismo país cíe sus er. emigos? Es capaz de -abiar. El segundo piloto y el agregado se echaron á reir; 2I capitán se rió también, pero luego dijo en serio -íTabrá que tener mucho cuidado ccn él; será ireciío atarle todo el tiempo que estemos fondeados. -La verdad que es rara su manía- -añadió el primer piloto. -Tal vez tenga razón Pedro, el timonel- -apuntó iendo el agregado. En aquel momento se presento en la cámara iiroso, en seguimiento del pinche que venía con 1 asado. Después de servidos los oficiales, pusieron al) erro su acostumbrado plato. Cuando estaba en lo nejor del saboreo, le interpeló el primer piloto: -Oye, Airoso, supongo que, aunque odias á sus hombres, no te parecerá mal la buena vaca de que es adonde vamos. A. iroso dejó bruscamente de comer, gruñó, ladró y, por último, se puso á aullar largamente. Hubo que echarle de la cámara. -Es chocante- -dijo, sin reírse, el segundo liloto. -Sí- -replicó el capitán -repito que habrá que ener mucho cuidado este viaje. Mientras tanto, el pinche habla ido con el cuento x proa. Los marineros se quedaron asombrados. Pedro, el timonel, haciendo un guiño más pronunciado que de ordinario, dijo: -Con ese perro vamos á ver grandes cosas. Oui iiera verlas antes de ahogarme. Como se ve, dicho sea de paso, este timonel nu ira un optimista por lo que á su profesión se refería. El Airoso, una mañana húmeda y brumosa, chó anclas en la rada de El perro, desde horas mtes de fondear el barco estaba sólidamente atado bajo cubierta. Y, ¡cosa rara! ni mostró sorpresa aníe aquel procedimiento inusitado, ni mucho menos protestó contra él. Pareció aceptarlo con filosófica resignación, y hasta se diría que con conocimiento de causa. Varios días llevaba ya el bergantín en aauel puerto, y el capitán mantenía sus órdenes inflexiblemente. Airoso seguía atado y recluido. Cierto era que, á. modo de compensación, todos los del barco, incluso los pilotos y el mismo capitán, le prodigaban halagos y agasajos. Justo es decir también que el perro se comportaba admirablemente. No tan sólo continuaba aceptando sin protestas su situación, sino que ni mostraba inquietud siquiera por la proximidad de tantos enemigos como debía de oler. -Salvo su mayor parecer, capitán- -dijo el primer piloto, -creo que se podría poner en libertad á Airoso. Ya ve usted lo pacífico que se muestra. -Sí, ¡buen chasco nos ha dado! -corroboró el segundo oficial. -Es verdad, pero más vale pecar por prudentes, puesto que ya no nos quedan sino dos ó tres días do estar aquí- -contestó el capitán. Llegó la víspera de la partida. En el bergantín, ¡xcepío el vigilante, dormían todos. Era una noche brumosa... De pronto estalló un gran alboroto en un vapor do nacionalidad que estaba casi abarloado al bergantín. Oyéronse gritos, imprecaciones, carreras. El vigilante del Airoso corrió á la borda; los demás tripulantes estuvieron en pocos segundos sobre cubierta. En aquel instante sonó una detonación que rasgó los aires y á la que respondió un gran vocerío en todas las embarcaciones surtas en la rada. En seguida se oyó el chapotear de remos. El capitán del bergantín iba también á dar sus órdenes, pero quedó paralizado. A sus pies había caído pesadamente un bulto, como lanzado desde el vapor aquél. Era Airoso... chorrea. ndo sangre, vaciado tm ojo, sin una oreja, moribundo... muerto. ¡Está muerto! -exclamó el i) rimer piloto. El timonel Pedro lanzó una interjección; entre los marineros corrió un murmullo amena. zador. ¡Silencio! -gritó el capitán, irguiéndose, después de haber acariciado a! porro por última vez. ¡Arria el bote -Y con voz cuya em. cción se esforzaba en dominar, añadió: -Ya averiguaré yo todo. Bien enojosa fué la averiguación. El capitán del vapor estaba hecho una lástima á mordiscos; un médico diagnosticaba como graves las heridas. Además, -apenas había tripulante del mismo buque que no estuviese más ó menos mordido... La cosa, harto clara, costó muy buen dinero al bergantín. El cadáver de Airoso, celosamente substraído á sus enemigos, no fué arrojado por la borda hasta que el barco navegó por aguas neutrales. Fl mismo día en que, de vuelta de su viaje, fondeaba el Airoso en el puerto de su matrícula, publicaban los periódicos de la localidad la información siguiente: Desde hace días se encuentra entre nosotros un conciudadano nuestro, José Martino, que es todo un héroe de aventuras. Tal vez recordarán los lectores que, años ha, en la crónica de siniestros marítimos, se registró la desaparición de la, goleta Carmen, de la matrícula vecina. Ahora bien, Martino era uno de los tripulantes y hoy es el único superviviente de la goleta náufraga. Desde que fué salvado milagrosamente por un buque americano hasta la coyuntura que le ha hecho volver á su tierra nativa, ha llevado una existencia accidentadísima, cuyo emocionante relato nos jjropoiiémos ofrecer al público. Por hoy nos limitamos á felicitar á nuestro paisano y á ofrecerle todo nuestro apoyo en la muy justificada acción que se propone entablar. Porque ha de saberse que, según la afirmación de Martino, el naufragio de la goleta Carmen fué debido á ser abordada por un vapor de nacionalidad el cual, para baldón suyo, y cometiendo un delito, bien excepcional, por fortuna, entre la noble gente de mar, siguió su marcha, abandonando inicuamente á los infelices náufragos. Sin perjuicio de insistir en este asunto, confiamos en que esos indignos marinos, y, sobre todo, quien los mandaba, no quedarán impunes. Martino no solamente recuerda con toda exactitud la fecha y el lugar del abordaje, sino que se le quedó harto grabado el nombre del vapor. Llamábase el de la matrícula de El capitán del Airoso, al acabar de leer lo que antecede, lanzó una exclamación y bajó apresuradamente á tierra. Al volver á bordo, comunicó á toda su tripulación la sensacional noticia: Airoso, conocido en la goleta Carmen con el nombre de Lince había sido dos veces víctima, la última, definitivamente, del vapor Explicábanse ahora los inteligentes odios de! perro. -Pero no murió sin vengarse- -comentó el capitán, con una mezcla de satisfacción y de tristeza en el recuerdo. Pedro, el timonel, haciendo unos guiños que parecían muecas, peroraba ante los marineros: -Cuando yo os decía... LuTS DE TERA J.