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bondadoso corazón característico de la g- ente de mar, y sin tener ara nada en cuenta la calidad del náufrago, recogiéronle solícitamente los tripulantes del Airoso y se apresuraron á atenderle cual requería su precario aspecto. Apeló el salvado á los más expresivos procedimientos para demostrar su contento; y después, como para indicar que le eran mostraba u. ia marcadísima hostilidad hacia los marinos de -no quiero denunciar la nacionalidad por estímulos de una discreción plausible. El caso era que Airoso, en cuanto veía ú olfateaba á un marino de la nación aludida, daba muestras del mayor enojo, de una ira desbordada, y, mas de una vez, estuvo á punto de acarrear un serio dis- 4 r familiares la mar y sus barcos, recorrió con paso firme todo el buc ue, examinándolo concienzudamente, y acabó por dirigirse á la cocina, en donde se echó junto al fogón, A los tri ulantes del bergantín les satisfizo mucho semejante proceder, y su satisfacción subió de punto cuando se fueron confirmando los instintos marineros y la decidida vocación por la vida de la mar de Airoso- -nombre que le pusieron, tras detenida deliberación, á falta de poder preguntarle por el primitivo. No solamente, por ejemplo, conocía Airoso tos nejores lugares del barco, con arreglo al tiempo que reinase, sino que mostraba un profundo desdén por la tierra y sus moradores. Si se apresuraba á desembarcar, en cuanto arribaba el bergantín á puerto era para hacer en tierra, con el mayor descaro, lo que, obligado por la necesidad, hacía á bordo durante la navegación con exquisito recato. Y nada de amistades con los perros terrestres. Cuando uno de éstos se le acercaba, ó bien le enseñaba los dientes, en actitud amenazadora, ó bien le volvía los lomos y alzaba la pata con soberano desprecio. Pero, con serlo mucho, no eran éstas las particularidades más salientes de Airoso. Otra tenía, no relacionada á primera vista con las expuestas, y cuyo carácter era verdaderamente chocante y hasta misterioso. Aquel perro, de natural benévolo y particularmente afectuoso para con la gente de mar. j ¡í i- gusto (con sus intemperantes maniíestacionesj á los hombres del bergantín. En vano le reprendían y castigaban en tales ocasiones. Llegó un día en que, á la terminación del almuerzo, ofrecido por los oficiales del velero á los de un vapor, el capitán de aquél declaró su propósito de abandonar a! perro en tierra. Fué que Airoso, no solamente recibió á los invitados con feroces ladridos, sino que se abalanzó á uno de ellos y le dejó el pantalón en condiciones de substitución urgente. Necesitóse el colectivo y ferviente ruego de la tri 3 ulación al capitán para que fuese perdonado Airoso. Sin embargo, uno de los timoneles- -viejo lobo de mar que conocía hasta las mañas de los peces más insignificantes como él afirmaba, -siempre que ocurrían casos parecidos al relatado, decía, guiñando un ojo, á quien quisiera oírle: -No está mal, no está mal. Ese perro sabe más de lo que nos figuramos. Apuesto el agua que he de tragarme cuando me aho. gue, á que tiene algún motivo especialisnio para hacer lo que hace. Claro es que nadie recogía la original apuesta del timonel, pero sus palabras eran siempre comentadas favorablemente. Un día la casa armadora del bergantín le despachó, bien abarrotado, para un puerto die la nación odiada por Airoso. Era la primera vez que el barco iba á navegar por aquellas aguas. El mismo día de hacerse á la mar para su ocasio-