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-i Qué largos son estos entreactos... ¡Es inaguantable! Y á renglón seguido bastonean con furia sobre ú pavimento de madera. Realmente dan pena ciertos matrimonios que van de buena fe al teatro á ver su funcioncita y tienen que interrumpir sus emociones dramáticas de acto á acto durante tres cuartos de hora. El marido empieza por comprar un periódico para matar el tedio. La señora se recuesta sobre el marido para leer al mismo tiempo que él las noticias. Poco á poco la dama se va inclinando sobre su esposo hasta producirle tal peso y molestia, que el señor tiene que decir: -i Ay, hija, que me aplastas... Toma la mitad del Heraldo y lee por tu cuenta. El periódico es rasgado. La mujer lee su mitad, que suele ser la de la plana de anuncios, y una vez terminada la lectura los cónyuges cambian sus medios periódicos 3 siguen leyendo hasta agotar los sucesos. Pero el entreacto sigue. Y los aburridos espectadores recorren mil veces el ¡júblico, leen los carteles colocados sobre el telón anunciador y hasta se entretienen en descifrar desde su asiento el título de la pieza musical que sobre el atril del piano tiene colocada el director del sexteto. Yo observo muchas veces á estos aburridos personajes de los entreactos y me causan tristeza profunda. La sensación que produce siempre el entreacto es de melancolía. No hay más que ver esos jóvenes elegantes que en sus palcos se tienden indolentes durante los descansos. En su actitud perezosa, en su desmayo y aburrimiento, se distingue bien á las claras la deprimente emoción que experimentan. Para gozar de los entreactos hay que ser un chic uillo. Yo recuerdo el placer con que me eciaba esca- leras abajo en busca del fresco vaso de agua, cuando de niño asistía desde los altos á las representaciones de magia. Yo recuerdo el cigarrillo que más tarde me fumaba en el foyer dándomelas de hombrecito. Y recuerdo cuando, ya pollo, iba invitado por alguna familia amiga á la platea lujosa aprovechaba el entreacto para salir á comprar la caja de bombones con que obsequiaba y pagaba á mi amigos la delicada invitación que me hacían á su palco. En casa me ciaban instrucciones y un duro. Yo sabía que los precios de los dulces en los puestos instalados en el interior del teatro eran más caros Ciue en las confiterías de la calle. No bien caía el telón, yo salía corriendo del palco, pedía en la puerta del coliseo una contraseña y me dirigía á escape á la tienda de dulces más próxima. Allí compraba una caja de bombones, procurando que me costase menos de cinco pesetas á fin de que me c uedase alguna utilidad en la pequeña operación. Inmediatamente volvía al teatro y con bastante rubor entregaba el presente en manos de la señora más respetable de las que ocupaban la platea. Aquellos entreactos no se me han olvidado todavía. Ploy la naturaleza y carácter de los entreactos ha cambiado mucho. Las funciones por horas han destruido en muchos teatros el modo de ser de los intermedios. Sólo en las funciones enteras tienen sabor los tales espacios de tiempo. Y en los estrenos sube de punto el interés de los entreactos. El buen burgués abandona su butaca con la última palabra de la escena final del acto y sale á escape en busca del foyer. -Voy á ver cjué dicen esos- -exclama dirigiéndose á su costilla. Esos son los críticos, que ya ciando él llega están reunidos en grupos diversos. En los entreactos de los estre nos el cj ue más alto habla es el C ue tiene más razón, y basta que un señor cualquiera haga un cotmentarlo á gritos para c ue en seJ 1 guida se le forme jA auditorio en re- v m d e d o r -le es- C c uc h e n c o m o 1 oráculo. fwj El público de buena fe, los señores anónimos estiran sus cuellos para pescar alguna frase ó algún juicio de los eminentes, y regresan á sus locahdades finchados y con aire de sabiduría, contestando á su mujer que les pregunta: ¿Qué dicen por ahí fuera? ¡Pchs... Están divididas las opiniones. Durante los entreactos de los estrenos, siempre está- e divididas las opiniones... Y... nada más. El acto siguiente va á dar principio. Luis DE T A P I A