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cas que me han llegado al alma... Me parece que han llamado... ¿Será él... Me disgustaría hacerle esperar: buenos plantones se ha llevado el pobrecillo... Pero es muy temprano todavía. Me he puesto á arreglar con mucha anticipación... (A la doncella que entra con la bata rosa. ¿Quién era... Pues podía haberse fijado mejor. Me ¿arece que está bien claro el letrero del piso... ¡Demonio de gente... ¡A h! Ya lo saben ustedes: no recibo á nadie, absolutamente á nadie más que á un señor Carrizosa, que vendrá de un momento á otro. Orden terminante... (Pausa. ¡Pobre Carlos... Anoche he comprendido todo lo que le quería... Al verle me pareció que me daba un vuelco el corazón... Cuando le oí á nií lado, hablándome cerca, muy cerca, empezó á correr el tiempo hacia atrás y me sentí transportada al día de su declaración... Recordé todas nuestras horas felices... aquellas noches de los Jardines escuchando sus protestas de cariño eterno, que me sonaban con más poesía, con más encanto que el rumor de la miisíca que llegaba vagamente hasta nosotros en nuestros silencios, silencios elocuentísimos en que nuestros ojos se decían todo lo que los labios no se atrevían á decir... ¡Qué instantos tan deliciosos... No era posible que aquello muriese. Me engañé. Me dejé llevar, fui débil. Pero mi alma fué siempre suya... (Contemplándose detenidamente en el espejo. Me parece que tampoco yo he variado... (Sonríe satisfecha de su examen. No resulto del todo fea... Quizá un poco más gruesa... Tal vez sea la bata... Éstos colores hacen más gorda... (A la doncella que se presenta- á su llamada. Traiga usted otra bata... Sí; la azul... O sí no, no. Es demasiado suelta... Eso es: la encarnada. (Vase la doncella. Creo que han llamado otra vez... No: ha sido por la puerta interior... (Pausa. i Qué alegría! Ahora soy libre. Puedo verle cuando quiera... todos los días. Con tranquilidad... No. No es posible que él se haya olvidado de mí... Me quiere... Anoche no líodia ocultar su emoción. Yo también estaba emocionada... Y él debió notarlo. Me puse como un pavo... (Entra ladoncella con una bata. ¿Que pregunta el cochero si engancha para el pasco? Pues dígale usted que no; hoy me quedo en casa toda la tarde. (Aparte. Y afín será poco para todo lo que tenemos que charlar. (Pausa empleada en tina nueva y minuciosa contemplación ante el espejo, mircmdose de frente, de costado y de espaldas. Esta bata está mucho mejor... Ahora unas flores en el pelo. Decía que me sentaban divinamente, que hacían resaltar mi belleza de gitana... ¡Muy bien... Ya puede llegar cuando quiera... (Mirando el reloj. Pues ya tarda... No. Éso no me gusta. Verá usted, señor mío, la que le espera... Le pondré aquella cara que llamaba él de hocíquito... (Pausa. Ahora sí que han llamado... (Entreabre la puerta del tocador y x pone á escuchar. Sí. Ya está ahí... j Dios mío, cómo tiemblo... 4 penas puedo andar... III (Gabinete de confianza. Todo muy elegante, muy cuidado. Mariana y Carlos se saludan efusivamente... Los dos están mu -emocionados. Es uno de esos momentos en que teniendo mucho que decirse no se dice uno nada y no se sabe cómo empezar la conversación... -Estás tan guapa como siempre... -Y tú siempre tan galante... ¿Te acuerdas de aquel día? ¿Recuerdas aquella tarde... Y eí ipieza una revista de recuerdos. Después, largo silencio. M pensamiento está en el pasado... A pesar de todos los esfuerzos, ninguno siente el presente... Al cabo de unos momentos de visita, charlan con indiferencia sin intimidad... Ambos discurren m prcíexto para jioner fin á una entrevista que llega JA á ser violenta... El tuteo resulta casi forzado... Hay que sostener algún vestigio de una confianza que se está muy lejos de senur... B B U J C S D 3 Mfi D Z D I A U ¿Tomaremos aquí el té... -Donde tú quieras... (Los preparativos sirven de justificación largo silencio. á un -Te dejo. No quiero hacerte perder tu paseo... También á mí se me va haciendo tarde... -Como quieras... Y no olvides que tendré mucho gusto en volver á verte por aquí... -A tus pies, IMariana. (La besa cortcsmente La mano sin que el contacto de sus labios con aquella aterciopelada piel le recuerde el estremecimiento delicioso que le hubiera hecho sentir seis años antes. IV- ¡Eugenia... Diga usted al cochero que enganche... Sí. Prepáreme usted un traje cualquiera para paseo... Aún llegaré á tiempo... ¡Ah! Si alguna vez vuelve el Sr. Carrizosa á esta hora, que no estoy... No tengo gana de perder otra vez mi paseo. (Pausa. i Dios mío... ¡Cómo cambian los tiempos... No. Somos nosotros los que cambiamos. Yo no soy ya su Nela: él no es tampoco Carlitos... Aquellos murieron. Eran sus veintitrés años y mis diez y siete primaveras... Con ellos se enterraron nuestras ilusiones, nuestros entusiasmos... Necesitamos otras ilusiones y otros entusiasmos... Aquello fué el ideal y el ideal cesa al vivirlo... (Entra la doncella y anuncia una visita. ¿La señora de Moscoso... Sí. Que pase en seguida... ¡Hola, querida! Vienes llovida del cielo... Empezaba á ponerme cursi. ¡Figúrate! ¡Melancolías... Eso ya no se lleva... Estoy de duelo: recibo pésame por la muerte de mis diez y siete primaveras... No se te ocurra nvmca volver la vista al pasado... ¡Adelante... Allí está la vida... en el camino que queda por recorrer... Detrás sólo van quedando cadáveres... ¿Que si estoy loca... No, hija... Lo estaba hace un momento: me dio la manía por pensar que podían volver los tiempos que fueron... Ven á mi tocador. Te contaré mientras me visto V- ¡Cuántas tonterías decimos los poetas... I ¿Quién sería el mentecato que escribió que On revient toujours aux anciens amours... Muy bonito en teoría, como recuerdo de lo que fué, lo que queda de la impresión pasada... i Imposible revivirlos! Hay que darles calor ¡jara que no perezcan ateridos... que nos acompañen en nuestra vida para que se desarrollen con nuestra alma... -Adiós, Pepe... ¿Mi novia... No, hijo... Yo no tengo novia... ¡Cosas de muchachos... Aquello murió. Es decir, murieron mis veintitrés años y he querido resucitar mis ilusiones de entonces. El presente no se improvisa. Es consecuencia de la vida que se ha vivido... Sí. Es verdad: el amor no envejece, lo llevamos en el alma, pero envejecemos nosotros, y el alma, inmortal, abandona á la materia, que muere... ¿Que me encuentras mu fiínebre... No tiene nada de particular. Vengo de entierro: he enterrado mi juventud. No es posible resucitar un cadáver... Los muertos sólo pueden vivir en la memoria... No, hombre; no tanto. Murió aquel, lo dejamos morir... Al e. vtinguirse un ideal, nace otro... Es la esperanza, que no se extingue nunca... El mañana, al caer en el pasado, hace surgir otro día que viene del porvenn infinito, inacabable, que ha de pasar también á las entrañas insaciables de lo que fué... ¡Pasar... Esa es la vida... Un impuho que nos lanza hacia el morir... A las penas y a h grias, risas y llantos que dejamos atrás- suced; n otras risas y otros llantos, otras penas y o ras alegrías... Imposible detenerse. Más imposible aún desandar lo andado... Su cariño no me acompañó en mi camino, quedó rezagado... Es locura pensar en retroceder para recogerlo... Ha muerto mi pasado: viviré el porvenir... ÍNGEL CANGA- ARGUELLES. DE UESfhO CO. NCUítSO r E CUüNJ OS. L E H A FOliWAIÍD