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mal... Todavía son algo razonables... pero, ¡lo que es las tnamás... Todo les parece poco para sus hijas. Como si los muchachos pudieran ser ya subsecretarios ó directores generales á los veintitantos años... ¿Quién había de decir á la señora de Carriedo que o, que escribía aquellos versos de que tanto se burlaba, sería hoy un literato de nombre, un autor aplaudido, con su brillante posición y sus ingresos muy saneaditos... Pues sí, señora mía: aquí me tiene usted, sin ue ahora i) ucda impedirme que quiera á Mariana, que la hable, ue la vea cuando me parezca... Ya ve usted cómo se equivocaba cuando decía que aquello eran cosas de chiquillos, que ni ella ni yo odíamos darnos cuenta de nuestros sentimientos, uc con el tiem o la agradeceríamos que no ai) adrinasc semejantes desatinos... ¡Pretextos... Nada más que retextos i) ara justificar su oposición á mí, orquc era un i) obrc diablo. (Abrochándose la levita ante un espejo. ¡Ajajá... Me parece que voy irreprochable... Se fijaba ella mucho en todos los detalles... El sombrero... los guantes... el bastón... ¡Ah! Un clavel en el ojal... La encantaban las flores. Los claveles sobre todo... ¡Es natural... Son hermanas... ¡Caracoles... ¡Qué cosas más cursis se me ocurren... ¡Bueno... ¡A la calle... De fijo que me espera con la misma impaciencia que tengo yo por llegar... (Baja los escalones de cuatro cu cuatro, tropiesa cita... Xo lo creas. Para eso no hay edades... ¡No digas tonterías! El amor no envejece nunca: lo llevamos en el alma, y el alma, por ser inmortal, es eternamente joven... Vaya, se me hace tarde... ¡Gracias... Hasta otro rato... II (Cuarto tocador muy coquelonameníe elegante. Se respira ambiente de juventud y belleza. Mi RiAXA. -Sí. Este einado en dos bandcaux lisos me hace la cara más aniñada. Era mi tocado de cuando me pusieron de largo... ¡Cuántas cosas han ocurrido desde entonces... (Pausa. r; Quién había de pensar que el primer cariño de mi vida había de renacer después de seis años de olvit io, que me hicieron creer que estaba muerto para sicni 15 re... Ahora me doy cuenta de aquel qué sé yo que me impedía ser completamente feliz en mi matrimonio era una añoranza inconsciente de la ilusión de mis amores de los diez y siete años... (Pausa. Yo no me i) orté bien con Carlos; no defendí con entusiasmo su felicidad, nuestra felicidad... Pero había que oír las regañinas que me ganaba de mamá... Las dificultades para vernos. Xo sabe él cuántos sobresaltos y cuántas intranquilidades me costaban las poquísimas entrevistas que podía arreglar... Con miss Liz 7.i c, menos mal; con cuatro carantoñas y unos mimos nos dejaba en paz; r, V J h, í i. -i. con 7 íí vecino que sube, llega al portal y hace un chiste á la portera. ¡Eh... ¡Cochero... A la calle de... Que estás alquilado? ¡Ah! Perdona... No me había fijado en la tablilla... (Mirando el reloj. No. Es demasiado temprano... Iré á pie para hacer tiempo y estar alli á hora discreta. Ella me dijo que fuera á tomar el té, y si me apresuro un poco más, llego casi al desayuno. ¡Je j e -Adiós, Pepe... Xo. Xo puedo. Tengo que ir á ver á mi novia. ¿No sabías nada... Pues si es de toda la vida... Dices muy bien; estoy tan alegre como un chico de veinte años que va á su primera ero a (iuclla dichosa alemana era incorruptible ¡Qué antipática... (Pausa. Y está guapo Carlos. Apenas ha cambiado... ü n poquito menos de alegría en la cara, un poco más do escepticismo en la mirada... (Pausa. ¡Cuánto me quería... Y o también estaba enamorada... ¡Buena llorera me costó el rompimiento... Pero aquello no era vivir... (Llama á un timbre, y á poco se presenta una doncella. Tráigame usted una bata... Cualquiera que sea, muy sencilla... Sí; la rosa me parece bien... Qiiiero que vea en mí su novia, la muchacha que oyó de sus labios las primeras palabras de amor, las úiii- i