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dorosa sed de gloria con ia capa de funcionario activo y diestro, pisó César la tierra ibérica no sin emoción extraña. No era lo que hoy llamamos un sentimental, pero se abrían en su corazón simas hondas de afán infinito, que le acercaban á los tormentosos románticos modernos. El vacío de su espíritu, estragado por el abuso dc los goces, sólo con algo extraordinario podía llenarse. Nun ca lo comprendió tan claramente el ¡uc había de pasar el Rubicón, como al visitar el templo de líerakles ó Hércules, numen de la ciudad de Ga les y encarnación de la energía, el heroísmo y la celsitud de ánimo. Brillaban en el templo, por donde quiera, los metales y las piedras preciosas, y, sobre todo, el santuario ó celia del numen estaba literalmente cuajado de esmeraldas orientales, toi) acios de Marbella, adularías de Arabia, cimofanias del Üral, ágatas de Sierra Morena, aguamarinas de Ijohemia, berilos de Irlanda, amatistas de Carta, gena, granates- asterias de la India, calcedonias zafirinas de los montes de Toledo, zafiros de Golconda robados en templos de Júpiter, de cuyos grandes sacerdotes er, an distintivo, corindos rojos, más estimados que el diamante, crisoprasios germánicos, marcasitas del Guadarrama, crisolitas que habían decorado el racional de los sumos Pontífices hebreos, perídotos de Aragón, sangrientos rubíes de Visapur, ópalos de E x t r e inadura, turmalinas de Galecia, circones de Ceylán, jacintos lusitanos, rarísimos girasoles de Hungría y enormes y misteriosos ojos de gato egipcios. De las ciudades sarpicadas, de los largos pcriplos, los navegantes habían traído al semidiós preciosidades linicas, y César miró absorto aquella riqueza deslumbrante- -él, inteligente Conocedor de las dactiliotecas que or entonces cmpezabím á reunir los millonarios de Roma. ¡Qué tesoro el del ínclito H e r a k l e s! P e r o de pronto sus ojos se detuvieron en algo jue no era pedrería... U n busto de alabastro, ofrecido como ex voto, le fascinó. Representaba á Alejandro Magno en el esplendor de su juventud y de su divinal hermosura. Ante la i. magen del cfebo que había conquistado la India, César, turi) ado, enrojecido de bochorno, sufrió una impre. ión que no supo ocultar y cpie la Plistoria nos ha transmitido... Lágrimas de dolor y vergüenza ítsomaron á sus lagrimales, porque aquel bello muchacho había sometido al orbe, y él. César, obscuro epicúreo, ya semiviejo, esta. ba allí moriiiéndose los puños de rabia, sin haber realizado snás que hazañas de cubículo y triclinio. Cuando- üvantó la frente le transfiguraba la esperanza: ó perdería la inútil vida, ó, voto á los Dioses- -á (luienes se sentía superior, -que dejaría nombre eterno... Q u e tuviese medios... i Se vería de lo cjue era c a p a z! Y envolviendo en profunda ojeada el santuario del numen, calculó lo que representaba en moneda tanta joya, i El vigor hercúleo! El vigor era eso- -oro, oro... Salió del templo cabizbajo, abstraído- -y ca. miiiando lentamente y m u r m u r a n d o como si dialogase consigo mismo, fué á sentarse en un peñasco á orillas del mar. Las olas irritadas salpicaban de espuma el arrecife, y á lo lejos, negras nubes se hacinaban presagiando tormenta. El aire des- ordenaba los escasos cabellos de César, y gotas de agua amai ga salpicaban su frente, refrescando el ardor del volcán cpie bajo ella hervía. Su meditación desenfrenada devoraba el porvenir, y el cuestor entrampado y señalado con el dedo en Roma, sentía la tierra de Iberia como un pedestal que le erguía y le sip- tentaba. I cco á oco se alzaría aquella tierra hasta convertirse en obelisco, en columna desmesurada, desde cuya cima dominase él al uni ¿rso... Y las armas para triunfar estaban en el espléndido Heracletm. en el fabuloso santuario donde todas las navegaciones habían depositado, como la ola en la playa, despojos de las tres partes del mundo... U n a voz cascacla interpeló al soñador. Ante él estaba una mujer muy vieja, casi decrépita. Sobre su faz curtida, color de cuero antiguo, greñas grises descendían á manera de alas de murciélago cubiertas de polvo. P o r los desgarrones de la rota túnica teñida de azafrán, se veían desnudeces aterradoras. -Extranjero- -dijo la bruja, ¿ciuieres saber tu destino? Soy de tierra de presagios y sé vaticinar. César sonrió desdeñosamente. ¡Al destino se le m a n d a! Encogiéndose de hombros, sacó u n a moneda de plata y la ofreció á la agorera. ¿Cuántos años tienes, madre? -preguntó con curiosidad. -Ciento tres... Las aguas puras, las montañas verdes de mi oaís crian gente ue vive como los robles... Soy de Galecia, de un valle de la comarca ártabra. Allí Roma no ha conseguido señorío. ¿Cómo has venido á Gades? -E n busca de mis hijos, cjue murieron en el suplicio... Desde entonces tengo visiones y me dan monedas para que profetice. -P u e s profetiza. L a bruja examinó la mano fina, un poco m a r chita ya, de azules venas- -y silenciosamente la volvió, la palpó con la suya descarnada, seca, glacial. -Serás poderoso. Nadie lo será tanto como tú. P o r ti correrá en Iberia mucha sangre. ¡N u n ca serás vencido! El futuro dictador se estremeció. ¿H a b r í a personas que leyesen en el misterio de lo venidero? -P e r o teme á Plerakles. Pías entrado impíamente en su templo. ¡N o le ofendas! Porcjue H e rakles da y quita vigor á los varones, y cuando seas tan poderoso, ¿qué desearás? ¿Qué te faltará? i El heredero! ¡El sucesor! P o r tener á mis hijos, ó al menos á los hijos de mis hijos, diera yo ahora mi cuerpo para ser clavado en la cruz de los malhechores. Si no reverencias á Herakles, el heredero te será negado. Y si lo consigues, te morderá como víbora y renegará de tu memoria ¡A líérenles gaditano no se le ofende en b a l d e De nuevo César hizo un gesto de menosprecio. Creía en sí mismo más que en el numen. P a r a p o seer el vigor de Plércules, justamente, se a p r o piaría su tesoro... Y la Historia nos dice que, en efecto, despojó el santuario y que no tuvo sucesor legítimo alguno, y ciue el puñal de Marco Bruto, á quien creían hijo hurtado de Julio César, fué el que le cerró el camino del Imperio. LA CONDESA DE PARDO B A Z í N DIBUJOS DE MÉNDkZ BlUNGA