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ban á su paso. Mientras soñaba épicas luchas, victorias sangrientas, el mando supremo, los infinitos acreedores que poseían documentos contra él no le dejaban reposar un punto. N o le permitían ausentarse de Roma, ni aun para enfrascarse en alguna de las amorosas aventuras r ue, á pc- Y, al fin, un día consiguió cj ue le nombrasen cuestor en Jíspaña... Inferior era el cargo, pero no hay escabel que no pueda elevar, y César se encargaría de aprovechar bien la cuestura, si los acreedores, cogidos á su cuello como alanos, le consentían emprender el viaje. Y con la misma I -m n: sar de los cuarenta años cumplidos, eran todavía pasatiempo favorito del descendiente de Venus y Eneas. Ejercían sobre el estrecha vigilancia y humillante despotismo, y César, que en el fondo de su alma despreciaba la pecunia, porc ue tendía á más altas cumbres, la deseaba con fiebre, puesto que da fuerza y con ella todo se logra. fuerza de voluntad que luego desplegó p a r a acercarse al Imijerio, César se dedisó á desatarse d e los cordeles de la u s u r a su amigo Creso adelantó las cantidades, seguro del valer de ac uel horal) rc en (juicn Sila habia visto muchos M a r i o s y de (jue, l) ajo la piel del calvo libertino, existía u n a armazón de acero... A las órdenes de un pretor, recatando su a r-