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deramente tenebroso es saber que se tiene que ir á un colegio y no se sabe á cuál. Nuestro padre ó nuestra madre nos cogen un día y nos llevan al centro docente más próximo á nuestra casa, ó al colegio H ó B que les ha sido recomendado. Con pudor infantil llegamos al edificio escolar. El severo despacho del director nos sobrecoge. La ama- bilidad excesiva del maestro nos resulta sospechosa. Aquel caballero se esfuerza en acariciarnos, en tranquilizarnos y en presentarnos su colegio como i.i n lugar de placeres y recreos, en el que el estudio se hace agradablement- í y sin sentir. Con didáctica afectación nos coloca un discurso en el que se contiene el concepto moderno que de la enseñanza ha formado, y á continuación nos invita á visitar el colegio. Nada falta en él durante esta primera visita. Clases ventiladas, sala de estudio, patio de recreo, gimnasio, cátedras de música y dibujo, dormitorios para internos, comedores espaciosos y hasta cocina con hornillas oara calentar la comida de los medio pensionistas. Los colegios en Octubre están preparados para la caza de las familias. Admitido el alumno, bien pronto observa éste que ni el patio de recreo es tal patio, sino un solar rodeado de viejas vallas, ni el gimnasio consta de otros aparatos que dos viejas anillas y seis pesas de las que nadie hace caso, ni los alumnos tocan el desafinado piano, ni allí dibuja nadie sobre los desvencijados tableros de la clase de dibujo. Yo vi muy bien, cuando era chico, esta diferencia ¿ntre el colegio que se enseña y el colegio en marcha. Yo sufrí el terrible dolor de esta entrevista primera en la que el director parecía interesarse de modo especial por mí, para luego no hacerme sino un caso colectivo. Yo pasé mil veces por el gabinete de física, y jamás vi abiertos sus misteriosos armarios. Tan sólo un día sacamos chispas de la máquina eléctrica y ahogamos un pájaro en la máquina neumática. Yo dije en casa que estudiaba piano, y no llegaron á tres los días en que una profesora de solféenos hizo cantar las notas frente al amarillento y abandonado piano. Y o, en fin, aviso á los padres para que no se fíen de estas visitas en las Que los colegios parecen lo que luego no son. Ya sé que hay, aunque pocos, colegios buenos. Pero yo os hablo de los otros, de los que hacen pavorosa la expresión: ¡I r al colegio! de los que huelen á escuela, de los que perjudican más que favorecen el alma y el cuerpo de les futuros sabios que no han de saber nada. La asistencia al colegio es la actual amenaza de toda la juventud. Menos mal que semejante dolor es pasajero. Transcurridos los quince ó veinte primeros días de Octubre el hábito convierte tan penoso deber en acto inadvertido. En Noviembre ya hablan los chicos con gusto de su colegio y de sus compañeros. El orgullo estriba en hablar de un buen colegio y de unos compañeros con apellidos ilustres. -A mi colegio va cl hijo de Fulano ó e! nieto de Mengano. Esta expresión tiene una gran fuerza si Fulano ó Mengano son ministros ó personajes conspicuos en la política, el arte ó la literatura. Tanta importancia se da á este detalle, que sirve mil veces para definir el colegio con más exactitud que el título del mismo. A qué colegio vas tti? -Yo, al que va cl sobrino de Maura. Este diálogo es harto frecuente entre colegiales. También recuerdo yo estos pequeños orgullos infantiles. Yo también envidia 1) a á los colegios mejores que el mío; á esos colegios que poseían uniformes para sus alumnos y hasta coche para repartirlos á domicilio. Yo no gocé de tales lujos. Yo fui el colegial que va por las mañanitas al colegio acompañado de la criada y vuelve del mismo moclo á su casita. Yo fui de los que, en fila, los jueves por la tarde, iba á paseo con otros camaradas desigualmente vestidos, sin uniformes ni zarandajas. Yo soy del tiempo en que el maestro se llamaba D. Facundo ó D. Me quiades y tenía su colegio en un piso segundo de una calle de tercer orden. Por eso me causa terror la frase ¡al colegio! Como se le causará á mis hijos cuando estén en edad de asistir á clase. Y eso que es probable que no tenga que pasar por tan angustioso trance. Porque mis hijos no irán al colegio. Irán al taller, seguramente. Luis DE T A P I A DJBUJ S tí