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v t- i. í- O K m ni T i r ii EL HOMBRE, LA MOSCA Y LA ARAÑA I A brevedad propia de las fábulas impidió á Sa maniego decirnos en la de El calvo y la mosca que el calvo era un hombre de fortuna. Tanto, que vivía espléndidamente de sus rentas y se dedicaba á la filosofía por gusto, única manera, en verdad, de ejercer tan noble sacerdocio, profesión, ejercicio ó lo que sea. Este hombre estaba una tarde de Agosto en cierta magnífica posesión donde pasaba los veranos, leyendo á Marco x urelio con la tranquilidad ciue puede permitirse quien cultiva el estoicismo, alejado de las luchas humanas. Hacía bastante calor, pero él se había refugiado en uno de los sótanos de la finca, impenetrable á las excesivas caricias de Febo. Justo es decir también que huía de las moscas, las cuales inspirábanle verdadero terror después de su trágica aventura. P e r o aquella tarde, burlando todas sus previsiones, se coló uno de esos inmundos animalejos en el sótano y se paseó á su placer por la cara, por las manos, por el cuello y por la calva del amigo, el cual tardó en enterarse de la presencia de su enemigo, aunque éste le picaba de firme... ¡T a n abstraído estaba en su lectura! Cuando lo notó, su) runer inipulso fué ca. stigarle; mas el recuerdo del cachete aquél desarmó sus ímpetus, dejándole acobardado y con verdadera pesadumbre. A pesar del influjo balsámico de Marco Aurelio, sentíase poseído de indignación, lleno de ira, estallando de coraje... ¡Que una cosa es admirar y creer las suaves enseñanzas que al amor nos invitan y otra el practicarlas, sobre todo cuando las vemos injuriadas y escarnecidas! N o se lanzó, pues, á castigar á la mosca temeroso de volver á herirse en la redonda calva. Así lo comprendió la mosca, que sabía el suceso de que fué protagonista su antecesora, y con la audacia que da la impunidad siguió molestándole, dedicándole también algunas cuchufletas para aumentar el agravio. El hombre imi) etraba de los cielos el digno castigo á semejante injuria. E n esto, al dar un vuelo para atacar nuevamente á su víctima, la xnosca ciuedó presa en las redes de una araña establecida en uno de los rincones. ¡E r a n de oír sus voces, sus gritos, sus lamentos! El hombre creyó que los cielos habían escuchado su plegaria y no pudo ocultar su alegría, para que así la mosca viera aumentado su sufrimiento... Esto es siempre natural, y, en ocasiones, justo. Y cuando vio á la araña lanzarse sobre su presa, el hombre se creyó en el caso de darle gracias, aunque juzgaba providencial su intervención, pues entonces sentía la vanidad propia de la especie que supone á todos los seres del mundo dedicados á su servicio. ¿P o r qué me das las gracias? -dijo la araña, suspendiendo un instante su tarea. ¡P o r lo que acabas de hacer para librarme de esa miserable! -contestó el hombre. Mas bien pronto quedó perplejo, al escuchar á la araña estas palabras -N o seas majadero. Yo no he hecho nada por ti, ni me importas la punta de una antena. H e cazado esa mosca para alimentarme y porque tal es mí misión. Si no me gustaran las moscas, ya podrían picarte cuantas hay en la tierra, que yo no me molestaría para impedirlo... P o r mí lo he hecho, sin pensar siquiera que á ti pudiera convenirte... El anciano aprovechó la lección. Y pensó que tal era el fundamento de todas las acciones de la vida. P e r o no quiso decirlo para ahorrarse disgustos. Se limitó á fundar la escuela de la moral utilitaria, que hoy goza de grandes prestigios. AKTCMO PALOMERO. DIBUJO DE TEGlDOrí