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Como todo lo infantil, resulta simpático. Es, además, consolador ver que hay niños que trabajan y que estudian y que algunos pequeñuelos tocan bastante bien el violín a ui donde tantos grandes tocan bas ir- I tante mal el violón. Madrid está ya en toda su vida de cortesana animación. Todo el mundo se divierte lo que puede. Los cazadores andan cariacontecidos este ot: oño. Dicen que no hay caza. A l salir el sol como cantan en la po ular zarzuela, salen r esos raontes de Dios escoi) eta al hombro, decididos á traerse cuanto vuele y cuanto corra or ellos; jiero uc si uicrcs! La casta de las perdices parec- e extinguirse. E s verdad ue ya no se respeta n a d a antes no se caza 1) a con macho para respetar las hembras. Ya, ni aun eso. Ahora ue es la éiooca de los ojeos salen muchos cazadores en busca de la apetecida ave, y resulta (pie los únicos que se divierten son los ojeadorcs, j. Onpie siquiera se pasean. Hay cazador (pie se pasa el día c a n t a n é pie ni Titta I utfo. liso del cante no lo hace i) or divertirse, sino ara liacer acto de presencia y evitar de este modo ue el cazador pic tiene de mano se olvide ele ello y le largue una perdigonada si por casualidad entra una l) erdiz, Tampoco deja vista, cpie con eso este tiem o hagan los cascabeles, le de hii) cr cazadores cortos de de cine las perdices al volar en un ruido semejante al sonar de larguen un tiro á la diligencia barbecho, que volaba una paloma torcaz y se posaba sobre una encina. Sin perderla de vista se acercó despacio, y cuando estuvo á distancia conveniente, se gachó, cogió una piedra, la ar; jó con fuerza á guisa de proyectil y cayeron la palom a y una liebre. E r a que al bajarse liabia cogido en vez de una piedra una hermosa liel) re que estaba encamada en im surco de la tierra. Acaso este cazador sea el mismo que el otoño pasado vio asar cerca un ciervo. Como se le habían agotado los cartuchos de bala, echó mano á un olivo, cargó con una aceituna, disparó é hizo l) lanco; i) ero el animal salió huyendo naturalmente. Este año en la primera cacería ha vuelto á ver el mismo ciervo, ¿Que en qué le ha conocido? i E n c (ue la aceituna había fructificado, y el animal llevaba un olivo sobre las costillas! Cuando no encuentran caza los cazadores Iiallan algo uc les distraiga. A veces hallan también algo (pie les instruye. L n devoto cié San 1 lumlierto, amigo nuestro, encontró, dias pasados, un sabio en forma de guía y escopetero, ié nuestro amigo de caza mayor, Se i) asó lod el día en un sitio lijo, entre jarales, sin ver i? R una pieza ni dis arar un solo tiro. A los demás cazadores les pasó lo mismo. Sin embargo, luego dijeron (jne se habían divertido mucho... i L u e n o! pero nuestrc amigo conversó largamente con su esco etero y guía, un aldeano con más conchas (jue un galápago y más versado en gramática i) arda uc LJnamtmo en filología. Hablaron de lo divino y de lo humano sin dej a r de echar su cuarto á espadan políticas. Y el tosco Iiomljre del caini) o, desi) iies de mostrar su desconfianza por los homijres olííicos de todas las calañas, resumió su juicio en estas palabras rebosantes de profunda filosofía: -Y o creo, señor, que los españoles no somos malos. Somos, como quien dice, huevos buenos; pero no servimos ¡ara tortilla. ÁNGEL M a CASTELL. que pasa por el camino, tomándola por un bando ele los apetecidos volátiles. Con la caza de liebres, que también escasca este año, ocurre cosa semejante. El otro día refería en el Casino un cazador, andaluz por más señas, y andaluz tenía pie ser ara ue le ocurriese semejante peripecia, que cuando en una cacería se retiraba del puesto y había descargado ya la eseopeta, vio, al pasar sobre una tierra en i