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Y alsaraos, valsamos locamente, frenéticamente, y empezarlos además á bogar por la plácida región de los ensueños. En el comedor me da una copa de Champan- ne, se sirve otra, la choca con la mía. ¡Por lo que usted desee! -me dice. Lástima que los dos no deseemos una misma cosa... 1- -respondo. ¡Quién sabe! -murmura. Regreso á bordo coni letamcntc enloquecido, y en mi estrecha litera sueño con una mujer rubia que se enamora y unos ojos azules que me ronríen... La fragata Gloria se ha vestido de gala y su aU cazar se ha cubierto de flores; damos un té á bordo, se baila en la toldilla; ella está junto á mí, conmigo recorre el barco y contempla la arboladura, menos esbelta que su cuerpo; hacemos alto ca mi camarote, y en él examina prolijamente nn hermoso retrato de mujer. ¿Es española esta rubia? -me pregunta. -Completamente española, v hermana m! -ñor más señas. Sus ojos reflejan una expresión de incredulidad. ¿Puedo creerlo... -dice. ¿No es nada más que hermana... -Nada más, ¿le parece á usted ooco? -renUco con sorna. -Más vale así- -y respira con fuerza; después con timidez. ¿Soltero... -añade. ¡Oh, si, soltero! ¿Por mucho tiempo? -Por el que usted quiera; cuando usted se lo proponga me caso. Me mira vacilante. -Con franqueza, ¿no tiene usted novia? Hago un gesto de olímpico desdén, y digo impertinente: -No, no me quiere nadie; ¡ya ve usted qué locura! ¿Usted desea que le quieran... Pausa muy larga, y lentamente: -Por el amor de una noruega rubia que los dos conocemos, daría yo diez años de vida, tal vez la vida entera. ¡Loco... I Y me sonríe nuevamente, y, al clavarme su- ojos, creo notar que una lágrima empana sus pupilas de cielo. Subimos á cubierta y bailamos. A la tarde siguiente la fragata sale del puerto, rodeada de botes que la des idcn: en el gran balcón de Villa Blanca agitan un pañuelo; contesto con el mío; entro de guardia, y la vida pacífica de á bordo comienza su rutina: los marineros agrupados en el combés se divierten, las guitarras suenan, una voz juvenil canta un aire andaluz: De las penas mías es la más cruel, el saber que me quiere y la quiero, y... no puede ser. ¿Por qué no podrá ser, Dios mío? me pregunto. Con los gemelos en la cara veo la costa que huye desdibujándose; no tenemos delante más que el mar inmenso... Una carta á los i: cos días en Holanda, otra más tarde en Bélgica, una después en Inglaterra, tres más, ya prudentemente espaciadas, y nada á la postre he ahí todo lo que conservo de ella. Miento: conservo también un billete lacónico recibido á los dos años, un billete que dice: Me caso el 10 del mes entrante, y se lo comunico á usted, porque de fijo le interesa; quiero enviar por mí misma la ¡felis nueva i La feliz nueva... Me dio un vuelco el corazón, palidecí, renegué de mi suerte, renegué de ella, la llamé traidora, pero ¿con qué derecho? Creo firmemente que estaba loco. Veinticinco años más tarde vuelvo al Norte de Europa en viaje de instrucción, y emboco el fjord de... como antaño, sino que esta vez navego á bordo de un crucero llamado A tila, y esc crucero lo mando yo porque soy capitán de fragata. El fjord no ha cambiado ni la Villa Blanca tampoco, vista desde el mar por lo menos; yo sí he cambiado mucho; tengo cincuenta y cuatro años el pelo blanco, un reúma que amarga mis horas, y muchos trozos de vida triste, yerma y solitaria, que pesan sobre mí como losa de mármol. Los periódicos locales hablan de nuestra llegada y publican mi nombre; recibo una carta con el membrete Villa Blanca Si el comandante no me ha olvidado aún, yo, que le recuerdo siempre, volveré á recibirle con muJ i o gusto. Y, efectivamente, me reciben como á persona largo tiempo esperada. Ella está junto á mí, pero ella ya no es ella; está guapa aún, es su ocaso un ocaso esplendente; pero no, no es ella; el pelo rubio tira á gris, y se ha acabado el brillo de sus ojos azules... Nuestra entrevista es fría; reina un silencio embarazoso que el recuerdo de los días pasados rompe al fin. -i Cuántos años! -me dice. ¡Cuántos años... -i Oh, sí, muchos! Vacilante, con un temblor nervioso que no acierto á comprender: ¿Casado... -me pregunta. Y yo, orgulloso; -No, soltero, siempre soltero; que no todos sabemos olvidar... ¿Lo dice usted por mí? -añade. ¿Por quién, si no? Me parece que en usted no pesaron mucho ciertas promesas de los días felices. Y ella, asombrada, con tristeza infinita: ¿Pero de veras lo creyó usted? ¿De veras creyó usted que me casaba? Me quedé anonadado; j oh, mentira adorable, fraguada para fundir el hielo de mi pereza, qué tarde aprendí á descifrarte! Volví á ser el conquistador de siempre y á adoptar posturas de Don Juan de opereta. ¡Entonces... -murmuro radiante, 3 le cojo una mano. Ella la retira lentamente, casi con dolor, casi con pena... Me mira de arriba á abajo, se mira ella después en un espejo, y -No, no, amigo mío- -dice; -nuestro sueño pudo ser á su tiempo una adorable realidad; hoy sería grotesco... La luna biselada refleja mi imagen; me miro estremecido, me veo tal y como soy, i qué cs anto... -Verdad, señora- -digo; -pudo ser una hermosa realidad, pero hoy resulta bufa... La beso la mano, salgo, la envío las flores más hermosas que encuentro, llego á bordo, doy la orden de zarpar y nos vamos. Un pañuelo se agita en el balcón de Villa Blanca ¿por qué recordé yo, al mirarlo, las campanas de mi país doblando á muerte... Un jefe mío, á quien yo veneraba, me entregó antes de morir este manuscrito; las manos de marfil de una amiga cariñosa y buena lo envolvieron en sudario de seda, lo ataron con una cinta rosa, color de ilusiones, y el correo lo llevó después hasta Villa Blanca donde unos ojos azules habrán llorado sobre él lágrimas de tristeza. Y yo lo copio hoy tratando de despertar en vosotros un impulso del alma, tratando de que no sea vuestra vida como esta historia de muchas vidas, á cuyas puertas se asomó la felicidad y no pudo ent ar por hallarlas cerradas... MANUEL DE MENDIVIL. E NUESTRO C 0 NCUR 5 v DE CUENTOS. VE. Ma: P. PUR SI W U O Y E I