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tales, entre plantas y flores, bellas, sonrientes, agitando blancos pañuelos, saludándonos con efusión, enviándonos besos, un sin fin de figurillas deliciosas, cabezas muy rubias, bocas como la grana, ojos azules... ¿Quién no ha creído vivir alguna vez los cuentos de hadas? ¡Fondo! -grita el comandante. ¡Rompe canasta! El ancla cae con estrépito, el pabellón noruego flamea en el tope maj- or, y nuestros cañones atruenan la bahía. Estamos á fines de Junio, en esa época del verano escandinavo en que el sol desaparece para reaparecer casi en seguida y los días se desmayan. -i Por mí... ¡Con tal de que ellas esperen con nosotros... I Se alejan; oigo una risa tenue y después un chasquido... ¿Ha sido un beso... ¡Huyamos... Me siento e un quiosco rústico... suesa un vals allá lejos, en el salón de baile; enciendo un cigarro, unos pasos menuditos se acercan... ella está delante de mí. Me tiende una mano blanca como la nieve, que yo beso, y no se inmuta- ¿Por qué huye usted? -me dice. -No huyo, tomo el aire. Hay una pequeña pausa. ¿Triste tal vez? -pregunta, y se sienta á mi lado. Hago un gesto de profundo abandono. agoni. -anLes, para adquirir nuevos alientos, sin morir nunca; estamos además en la Villa Eiianca su dueño, Herr... (tampoco diré el nombre) ha tenido la coquetería de bautizarla con un nombre italiano, y la amabilidad de sentarnos á su mesa. Comemos todos; el comandante, los oficiales, seis guardias marinas; en la mesa hay un derroche de plata, de cristal y de flores; frente á mí se sienta la hija del anfitrión, un amor de chiquilla. No la describiré, porque la mujer no puede describirse; gusta ó no gusta, eso es todo; á mí me encantaba la de mi historia; ¿qué más he de decir? La miro y me mira; sonríe, me sonrío; va á hablarme y vuelvo la cabeza, porque repentinamente me siento triste y me considero incapaz de llenar el hueco de una conversación con media docena de lugares comunes. Creo advertir en ella un mohín de disgusto... ¿Será ilusión mía? Acaba la comida y me V 03 al jardín; en el gran salón va á comenzar el baile; los invitados llegan á bandadas. Dos guardias marinas, que no quieren perder el tiempo, pasean del brazo de dos rubias maravillosas, y, muy amartelados, comentan entre ellos: -i Chico, éste es un país imposible! ¡Luz, luz á todas horas! ¿Dónde diablo encontraremos algo de obscuridad? -Tendremos que irnos de Noruega ó esjperar el invierno... -Triste no, melancólico si acaso... -Peor aún; la melancolía es la tristeza de los fuertes, -Muchas gracias por el cumplido... ¡ah! y preciosa la definición. -No se burle usted; me apena la ironía en labios que me son simpáticos... ¡Vieja leyenda de don Juan! Hay en mí un movimiento insoportable. ¿Simpáticos... nada más? -pregunto. -Nada más... y es bastante; pero, ¿por qué estar triste? -i Qué sé yo! En mi país lo estamos siempre junto á una mujer guapa- -digo. -Aquí no hay mujer guapa, y además no está usted en su país. -Pero lo llevo dentro genio y figura... Sonríe. ¡Estos españoles... -replica, y nos miramos fijamente. ¿Y usted á qué ha venido? -pregunto yo en voz baja. -A caza de desertores; están bailando dentro, y es preciso bailar... -i Bah! le sobrarán á usted parejas... ¿Y si no estuviera la que yo buscaba... La miro otra vez, y otra vez se sonríe; el vals suena siempre. ¿Le gusta á usted valsar? -me dice- -Con usted, ¡ya lo creo...