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Todos estos lienceros parecen andaluces y que de Andalucía vienen. Su conversación es sugestiva y su mercancía atrayente, sobre todo para las mujeres. No hay señora que no sienta impulsos de hacer desenvolver al liencero su maravilloso paquete. Siempre, entre su variado surtido, hay un encajito muy mono y muy barato, para hacer un pañito 6 un camino de mesa. ¡Con qué placer se enseñan unas señoras á otras la ganga adquirida! La llegada del liencero revuelve toda la casa. Las criadas salen á la puerta y miran con envidia aquel fárrago de telas blancas, encajes finos y puntillas preciosas. Alguna cocinera, próxima á casarse, se decide á emplear el producto de sus sisas en sábanas de hilo para su naciente equipo. El gitano vendedor alaba su mercancía y sabe muj bien el efecto mágico que su comercio produce en el ánimo femenino. Si la compradora se muestra esquiva, él se bate en retirada y se va contentando con vender objetos de menos valor. Pero, por último, aunque no sea más que tm par de paños de cocina. algo coloca en el sitio donde estableció su ambulante feria. ¡Y qué lindos suelen ser aquellos ordinarios tejidos listados que, para delantales y paños de servicio, llevan en sus paquetes esos magos propagandistas de lejanos y desconocidos telares... ma á todas las puertas y con vez ccnvencida de quees inútil el pregón, vocea ásperamente- ¿Quieren buenos jamones, Liiorizos de ü x tremadura... Simpálica es la figura del liencero. No lo son tanto la del tío de los bollos y la del choricero. Amique en el pequeño poblado veraniego existen confiterías, los domingos suele recorrer los hoteles de la colonia un sucio mastelero vestido con una blusa que fué seguramente blanca en sus primitivos días. Dentro de una cesta, sobre una gran caja de madera, el modesto industrial ofrece cajitas de cartón llenas de bizcochos borrachos, de lenguas de gato ó de empiñoiiados. En todas las pastas que ofrece se nota cierta antigüedad de fecha. Hasta las cajas do cartón parecen usadas ya y muestran manchas de grasa no reciente. Las económicas señoras de su casa hacen provisión de estos bollitos, y á fe que nada van ganando con ello los niños de la familia que son los obsequiados con tales mendrugos rancios. A mí me es antipático el sucio pastelero y es una de las visitas estivales para la que no estoy en casa. Y sí repugnancia me produce ésta, no deja de causarme tristeza la del tío de los jamones. A este enjuto extremeño nadie le compra. Se aso- Y efectivamente, la contestación es siempre negativa y siempre la misma. Parece que estos vendedores de chocina venden por obligación ó i) orc! ue hicieron un voto de ir de pueblo en pueblo recibieadQ d e s a i r e s al ofrecimiento de su untuosa mercancía. ¡Pobre tío de los jamones! Le t e n g o tanta compasión como ira tengo al tío Felipe, tío de mi mujer. ¡liste sí que es tío! ¡Y ésta sí que es visita desagradable! Cuando al tío Felipe se le ocurre venir á pasar el día, pasamos el día todos los de casa. Pero ¡qué día! Preciso es e s t a r pendiente del forastero. Los hábitos y costumbres q u e hemos creado durante el veraneo, y que son do nuestro agrado, es necesario suspenderlos. Cuando llega el tío de mi mujer, ni puedo pasear por la mañana, ni dormir mi siesta, ni jugar mi tresillo en el Casino, ni hacer otra cosa que enseñar á D. Felipe las curiosidades de la localidad y acompañarle á 1 a estación misma á la que bajé á esperarle horas antes. i Una verdadera delicia! De todas las visitas estivales ésta es la peor. Yo no sé qué desearle á tan cariñoso pariente. ¡Ah sí... Que le coloque un femó de iricot para el venidero invierno el inglés de Algeciras! Con eso me considero suficientemente vengado. Lujs DE T P I A DJBUJOS DE SANCHA.